La matanza de El Paso: ¿qué se puede hacer?

Existe un resurgimiento global del terrorismo de carácter identitario que recurre a la violencia para defender a la comunidad propia de agravios reales o inventados

La matanza de El Paso: ¿qué se puede hacer?
ROMÁN ORTIZ

La matanza cometida por Patrick Crusios en un centro comercial de El Paso (Estados Unidos) el pasado sábado es un triste ejemplo de algunas de las formas que está asumiendo el terrorismo en los últimos tiempos y también de cómo los tópicos no son suficientes para explicar por qué estos dramas se repiten. Para empezar, vale la pena subrayar que lamentablemente este tipo de incidentes no son privilegio de la sociedad norteamericana. Basta con recordar que la matanza cometida en Noruega por Anders Breivik en 2011 (77 muertos) o, mucho más recientemente, el ataque contra una mezquita en Nueva Zelanda cometido por Brenton Tarrant el pasado año (51 muertos).

No cabe duda de que la polarización política en EE UU, alimentada en buena medida por la dura retórica del presidente Trump, en nada ayuda a serenar los ánimos en la sociedad norteamericana. En este contexto, el agrio debate migratorio discurre sin solución ante la falta de consenso entre demócratas y republicanos para introducir reformas legislativas. Semejante parálisis ocurre mientras la situación de la frontera se degrada como resultado de una oleada de inmigración ilegal que afecta especialmente a estados como Texas o Nuevo México. Pero este particular telón de fondo no sirve para explicar el ataque de El Paso. La verdadera clave detrás de tragedia es un resurgimiento global del terrorismo de carácter identitario. El recurso a la violencia para defender la comunidad propia de agravios reales o inventados. Es esa lógica la que está detrás tanto del asesinato del político alemán Walter Lübcke a manos de un militante neonazi el pasado junio como de los crimines cometidos por el Estado Islámico en nombre de una supuesta defensa de los verdaderos creyentes.

Por lo demás, el ataque sigue un patrón semejante al de otros casos de los que se han venido en llamar 'lobos solitarios'; terroristas que actúan de forma individual sin una conexión orgánica con los grupos o movimientos a los que dicen seguir, sean estos Al-Qaeda o algún oscuro entramado de extrema derecha racista. Los individuos se radicalizan 'on line', a través de documentos y foros disponibles en la red, a veces sin llegar a mantener contacto directo con las organizaciones de las que se declaran partidarios, y luego trazan un plan que muchas veces recurre a objetos de uso común para provocar una matanza. Para recordar este 'modus operandi' basta con dar un vistazo a los miles de obstáculos sembrados a todo lo largo de las calles europeas para proteger a los viandantes de atropellos masivos como el cometido en Berlín en diciembre de 2016 por un seguidor del Estado Islámico.

¿Qué se puede hacer? Hay mucho que ya se está haciendo. Los servicios de Policía norteamericanos y europeos rastrean señales de radicalización a todo lo largo de la red y tratan de anticiparse para detener a los sospechosos antes de que den el último y fatal paso en un ataque. Más en particular, en Estados Unidos, tanto el FBI como las policías estatales y locales están desarrollando un esfuerzo para dotarse de procedimientos tácticos para enfrentar ataques de este tipo, lo que se conocen como «active shooter incidents» (incidentes con un tirador activo). La idea en estos casos es tratar de neutralizar al individuo que está disparando antes de que tenga tiempo de cometer una matanza. Además, los lugares públicos o privados en los que se producen aglomeraciones están desarrollando sus propios protocolos para facilitar la evacuación o protección de los presentes en caso de una crisis de este tipo.

La cuestión pendiente es el control de armas. Sin duda, la facilidad con que los ciudadanos puedan adquirir fusiles que es posible transformar en armas automáticas con sencillas modificaciones hace más sencilla la tarea de los que quieren cometer una masacre. Sin embargo, las restricciones en esta materia chocan en EE UU con dos barreras legales. Por un lado, el derecho a poseer armas esta recogido en la segunda enmienda de la Constitución e introducir cambios radicales en la materia se enfrenta a las dificultades propias de un cambio en la ley fundamental. Por otra parte, son los estados quienes tienen la potestad de regular ese derecho y establecer restricciones sobre el mismo, lo que conduce ha una gran variedad de situaciones en lo relativo a la compra, posesión y porte de armas.

Dadas estas circunstancias, no parece probable que Estados Unidos apueste por un modelo de control de armas como el europeo. Pero también es cierto que, a medida que los incidentes y las víctimas se acumulan, crecen los partidarios de fortalecer las barreras para adquirir un arma.

Más allá de las medidas específicas, lo cierto es que no es la primera vez que EE UU se enfrenta a un reto de seguridad encarnado por grupos racistas o supremacistas. Durante los años 60, la reacción de organizaciones como el Ku Klux Klan al movimiento por los derechos civiles de la población afroamericana dio lugar a una oleada de violencia en los estados del Sur. Décadas después, el crecimiento de milicias y grupos supremacistas desembocó en el atentado de 1992 contra el Oklahoma Center (168 muertos). En ambas ocasiones, la respuesta del FBI fue demoledora para los radicales desmantelando las redes conectadas a organizaciones racistas y extremistas. Esta vez sucederá lo mismo.