MAJO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

¿Qué te cuentas Palomo? Anda, acércate aquí, dame dos besos y dime cómo te va...» Así me recibía Majo Grimaldo, la subdirectora de LP, cuando yo asomaba el hocico por la redacción. Acompañaba la palabra con un giro de muñeca que indicaba a las claras que no podías escaparte y que debías ofrecerle el parte. Y cuando Majo, ávida de cualquier información, te colocaba un mote, ese «Palomo», es que te apreciaba de verdad. Y cuando te preguntaba por tu existencia, es que se interesaba en serio porque el bienquedismo no iba con ella.

María José Grimaldo era directa. No existían las dobleces con ella. Directa y muy rápida. Dominaba la redacción y la barría desde sus ojos profundos. Nerviosa en los gestos sujetaba casi siempre un boli como si fuese la batuta que le permitía afinar el cotarro empleando una mezcla de eficacia y energía. Parecía blindada a las intrigas, a los chanchullos de los políticos, a las presiones que soportaba por su cargo, a las adversidades. Derramaba tanta fuerza que parecía inmortal. «¿Cómo vas de novias, Palomo?» Generaba tanta confianza que podía preguntar desde el socarrón desparpajo y sin ofender sobre las miserias personales o las desventuras del corazón. Le narraba mi último folletín íntimo y entonces se tronchaba. «No tienes remedio, Palomo, pero qué bien te lo pasas...» Nunca juzgaba. Jamás reprochaba. Sabía escuchar, virtud que no abunda. Pero, más allá de las cuitas del devenir cotidiano, Majo era una de esas escasas personas que yo consultaba cuando debía de escoger un determinado camino en esta profesión farandulera. Acudía hasta su vera cuando las dudas de la encrucijada me asaltaban. Me atendía atentamente en esos casos, procesaba la información apenas dos segundos y luego emitía su certero diagnóstico como un hachazo preñado de sensatez. La voy a añorar mucho...

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos