Etarras viejos

Estos homenajes que tanto nos preocupan hoy solo son ejemplos de reanimación cardiopulmonar a un moribundo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Cuando veo las fotos del homenaje que rindieron sus paisanos al etarra Ugarte pienso en las personas que ocupan las viviendas de las calles por donde pasaba rodeado de banderas, antorchas y vítores. Imagino que algunas de ellas compartirán el aberrante aplauso a quien secuestró a Ortega Lara y lo dejó abandonado en su zulo para morir lentamente, pero supongo que no todas estarán tan ciegas. Quiero pensar que no. Las imagino mirando tras las cortinas, sin intención de salir de casa ese día o sencillamente desde el portal adonde se asoman para que nadie las incluya en una lista negra. Supongo que mi recreación mental tiene mucho que ver la novela de Aramburu, 'Patria', y su magnífica forma de describir la asfixia del entorno hacia las personas no nacionalistas o, al menos, capaces de rechazar la violencia venga de donde venga. Lo mismo sucedió con Baldo en Hernani o con otros etarras al salir de la cárcel y volver a su casa. Es lo que tiene el paso del tiempo, que los etarras envejecen y salen de la cárcel. No han cambiado en nada, ni ellos ni su entorno; solo han perdido la vida, con la diferencia de que ellos la han echado a perder voluntariamente mientras que a otros les ha sido arrebatada solo por pensar de un modo distinto.

El problema es que mucha gente ha vivido y vive del terrorismo. Bien lo sabía Garzón cuando era el juez ejemplar que perseguía a ETA poniendo el acento en cortar los recursos económicos. Los etarras han envejecido y no han hecho nada de provecho porque su curriculum se reduce a pertenecer a ETA. Ése es el verdadero drama de estos jubilados imposibles. O les sostiene su entorno, como hacía la banda mientras eran jóvenes, o tienen difícil la reinserción a una sociedad en la que nunca estuvieron integrados.

La polémica llegó con los homenajes pero el humo nos impide ver la realidad de unos expresos que solo conocen las bombas y la cárcel y que lo contarán a sus nietos. Las batallas del abuelo, en este caso, son crímenes de los que sentirse orgullosos. El verdadero cambio solo se dará cuando una generación, que no haya vivido la «opresión» del Estado, empiece a mirar a los abuelos etarras como aquellos que cuentan historias del pasado. En ese momento, que quizás no sea cuando los críos de ahora lleguen a mayores sino mucho después, ETA morirá de verdad y para siempre. Estos homenajes que tanto nos preocupan hoy solo son ejemplos de reanimación cardiopulmonar a un moribundo que ya no puede coger oxígeno por sí mismo. Es cierto que resulta durísimo e incoherente en una sociedad que, como decía Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite, nunca rendiría honores a los yihadistas de las Ramblas. Es desgarrador, pero muestra la victoria del Estado de Derecho y explica el ascenso de la ultraderecha. Nadie echa la culpa al mundo abertzale de ello como sí hacen contra el PP por el auge del independentismo catalán, pero ya es hora de reconocerlo.