EL DEPORTE TAMBIÉN SE MUEVE POR ODIO

Más de 38 millones de mexicanos vieron el combate de 'Canelo' Álvarez deseando que perdiera su compatriota

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Saúl 'Canelo' Álvarez es un mexicano de Guadalajara que, en realidad, parece que haya nacido en las Highlands, en el corazón de Escocia. El pelirrojo derrotó la semana pasada al estadounidense Daniel Jacobs en doce asaltos y se apoderó del tercer cinturón. Un triunfo que le confirma como el mejor peso medio del momento y como uno de los mejores libra por libra.

El combate, disputado en el T-Mobile Arena de Las Vegas, la ciudad de las grandes veladas, lo vieron 38,2 millones de mexicanos. Una audiencia que supera, incluso, la de la final de la liga de fútbol del país, que se quedó en 37,6 millones de espectadores.

La conclusión rápida, sin conocer el fondo del meollo, es que Canelo, el mejor boxeador de un país, México, con más de 200 campeones del mundo, la patria de Julio César Chávez, Juan Manuel Márquez, Erik Morales o Marco Antonio Barrera, es el gran ídolo de los aficionados.

Pero es todo lo contrario. México odia a su luchador. Y la inmensa mayoría de esos espectadores estaban deseando que Jacobs pusiera a dormir a Canelo. El púgil, con un balance de 52-1-2, no es muy bueno empatizando y hay varios motivos para entenderlo.

Al mexicano medio le gustan los boxeadores que han salido de la pobreza y que, cargados de humildad, se parten la cara encima del ring. Pero a Canelo Álvarez le gusta más imitar a Floyd 'Money' Mayweather y subir a Instagram fotos en un avión vestido con un traje estampado con cabezas de oso panda. O aparecer en el cumpleaños de su hija -tiene tres de tres madres diferentes- a lomos en un purasangre mientras la niña, poco más que un bebé, ha llegado en una carroza. O anunciar que para el cumpleaños de su último hijo, Saúl Adiel, ha alquilado un circo.

Calderilla para un boxeador que firmó un contrato con DAZN por 365 millones de dólares a cambio de comprometerse a disputar once peleas en el plazo de cinco años. Es evidente que tiene tirón, como demostró en su combate ante Austin Trout en el Alamodome de San Antonio (Texas), donde reunió a 39.000 personas. En la última contienda, ante Jacobs, se embolsó 36 millones.

Y encima, en marzo del año pasado dio positivo por clembuterol. Canelo, que se aficionó a este deporte al ver boxear a su hermano Rigoberto, se defendió con la excusa más burda y antigua de la historia del dopaje, el filete de carne contaminada. Aquello le hizo perder la licencia durante seis meses. Una burla de sanción: en septiembre ya se había coronado campeón del mundo al derrotar al kazajo Gennady Golovkin.

Más irracional parece el odio que brota del fútbol. Yo lo mido por los grupos de WhatsApp y la penúltima 'alarma' saltó cuando el Valencia cayó en el Emirates ante el Arsenal. Comenzaron a volar los puñales contra Marcelino. Y yo, sin la pasión del valencianista, con la ignorancia, lo admito, del desertor del fútbol, me preguntaba qué más tenía que hacer el entrenador asturiano para ganarse la gratitud de la hinchada.

No es fácil contentar el fino paladar del seguidor del Valencia. Van pasando entrenadores y ninguno cae en gracia. Y pasan los años y la historia se repite como si fuera un ciclo vital.

No es esto una rareza valenciana. En Barcelona amenazan con llevar a la hoguera a Ernesto Valverde. Y sí, lo han zarandeado dos años seguidos en Europa, pero el entrenador ha llevado al Barça al título de Liga, a la final de la Copa del Rey y a las semifinales de la Champions. Si Luis Suárez, Coutinho o Jordi Alba hubieran marcado en cualquiera de sus mano a mano con el portero, el Liverpool sería historia. Pero estoy de acuerdo en que lo que cuenta es lo que ha sucedido.

Estos días, coincidiendo con la retirada de David Ferrer, le han hecho varias entrevistas. El alicantino habló del Barça, que es su equipo, pese a que estuvo años fingiendo ser del Valencia. Aquello fue una medida prudente después de conocer la experiencia de su compañero y amigo Juan Carlos Ferrero, el mejor deportista valenciano de la historia, a quien la gente insultaba por la calle por reconocer abiertamente que era del Real Madrid. Y en este mundo que está siendo devorado por el plástico, en un país donde ya ni pestañeamos ante algunos casos de corrupción, no transigimos que un tenista de Villena, como otros miles de valencianos, sea aficionado del equipo más odiado de España. ¿O ese es el Barcelona?