El debate de la huerta

MIQUEL NADAL

En mi principio, Peris y Valero y el resto de calles y avenidas que circundaban la ciudad eran el camino de Tránsitos, en el que se iniciaban una serie de caminos que llevaban a la huerta: la Carrera Sant Lluís, la Carrera En Corts, la Carrera de Malilla, la Carrera del Riu. En perpendicular surgían edificios y talleres edificados entre sendas y acequias, campos de huerta, barracas y alquerías que fueron el paisaje sentimental de mi infancia. Uno de los campos expropiados para trazar la pista de Silla fue de mi abuela materna, y después, sucesivamente, sobre aquellas imágenes en blanco y negro en la playa de Pinedo, vimos construir sobre la huerta la depuradora, el nuevo cauce del Turia, Mercavalencia, la Avenida de la Plata que era el lugar en el que celebrábamos la Pascua. Los campos que atravesábamos para ir al Instituto hoy son campos de rugby y césped artificial, y desde la ermita del Fiscal que tanto le gustaba a mi padre y desde la que se veía la iglesia de La Punta, hoy la ciudad aparece recortada con la silueta del Palau de les Arts. Las sendas en las que nos caímos con la bicicleta hoy son rotondas, parte de la Ronda Sud, y el paisaje de Castellar, L'Oliveral, el Forn d'Alcedo o la carretera que llevaba a El Tremolar es una sucesión de fábricas abandonadas, chatarra, contenedores apilados, concesionarios de coches y centros comerciales. Ahora mismo, en las cercanías de la nueva Fe, se urbanizan campos que albergaron campos de cebolla, y en los que cogimos higos y moras. Cada viernes, en la Pista de Silla, sufro el debate melancólico que compara el paisaje de la memoria que fue maltratado de forma consecutiva, y la necesidad de un carril adicional que oxigene el atasco. Por eso mismo, en el debate sobre la ampliación de la V21 me viene a la cabeza la hipocresía y la doble moral de un debate que solo surge con ocasión de las carreteras, pero que mira hacia otro lado cuando lo que se construye es una Universidad, que destruye los campos de la misma manera y con el mismo cemento que una carretera. Pero también enarbolo una especie de patriotismo sentimental de l'Horta Sud, pues parece que solo l'Horta Nord mereciera atención, cuando la misma ciudad y los mismos activistas apenas dicen nada sobre el resto de espacios. La misma ciudad que maltrató aquel mundo de alquerías y barracas del sur de la ciudad, y que hoy mismo urbaniza lo que fue la huerta de la Carrera de Malilla, la que llevaba al Forn d'Alcedo, y la convierte en una entrada a la ciudad de una fealdad infinita, solo derrama lágrimas y lamentos por unos metros en el Norte. Si hay que protegerla, que sea toda, en San Isidro o en la Torre, no solo una parte. Y protegerla es hacer que entre todos sea digna y productiva la vida de su gente.