EL CONFESIONARIO DE PIPO ARNAU

El cierre de su histórica tienda de deportes es otra pérdida irreparable para una ciudad cada vez más impersonal

EL CONFESIONARIO DE PIPO ARNAU
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

No hay nada en el mundo que me guste más que unas zapatillas. Un trauma infantil tiene la culpa. Como le digo en broma a mi amigo Tarín, «si llevas un buen par de zapas, todo se hace más a gusto». Desde entonces, en cuanto mi capacidad económica me lo permitió, soy de gatillo fácil ante una deportivas despampanantes.

Pero las primeras, las de la infancia, fueron más bien modestas. Muchas salieron de Deportes Arnau. Mi madre me llevaba hasta la calle Alicante y allí, en un cuchitril, elegíamos un par económico y discretito. Pero recuerdo, entre brumas, que me gustaba estar allí, el olor de las gomas, todo el repertorio expuesto...

Luego vino el primer par de botas para jugar al basket.

Y mis primeras zapas específicas para correr. Unas Nike. No me gustaron y nunca más repetí.

Después me volví muy pijo y empecé a ponerle los cuernos con tiendas especializadas para corredores. Pero creo que todas las Navidades regresaba para cargar la saca de los Reyes Magos.

Cuando me hice periodista y empecé a escribir de baloncesto, conocí de verdad a Pipo Arnau. Y pasabas por su tienda, que ya no era un zulo, y entrabas a saludar. Aquello era un regalo. Nada más abrir la puerta, salía a recibirte y a decirte que eras el tío que mejor escribía de basket. Lo hacía con todos. Como a todos, acercándose a sus dependientes como si fuera a hacerles una confidencia, les susurraba: «Hazle un 10%».

Pero lo mejor era la propina. Allí dentro, si te interesaba el baloncesto, te enterabas de muchas noticias, cotilleos, maldades...

Pipo ha bajado la persiana. Se cae un comercio con 57 años de existencia. La pérdida de una tienda histórica de mi ciudad me duele, y siempre lo digo, como si se muriera un lince de Doñana o un oso de los Pirineos. Son los últimos y sabes que algún día ya no quedara ninguno. Una pena.

Pipo es un personaje de la ciudad, una de esas personas que conoce a todo el mundo y, como encima va andando desde que le prohibieron el deporte, se va encontrando con unos y con otros cada dos pasos. A mí, cada vez que me ve, me hace una radiografía rápida mientras me estrecha la mano. Luego, emite su diagnóstico. «¿Qué? Has dejado de correr, ¿no?», suelta con una media sonrisa maliciosa. Otras es más generoso. «Veo que has vuelto a hacer deporte. Bien, bien».

Pero también estaban los que iban a verle a la tienda. O los que, como yo, cuando pasaban por la calle Alicante -en realidad, la calle de Deportes Arnau-, entraban a decir hola y salían del confesionario una hora más tarde.

Los hermanos Egea son amigos suyos desde niños. Desde que Pipo y el mayor jugaban a baloncesto en el Valencia CF. Javi Egea iba a verlos detrás de Mestalla. Luego se hicieron íntimos. Por eso conoce bien la historia de la tienda. Que antes era de otros dueños, un matrimonio que hace 60 años tenía ahí cuatro zapatillas y cuatro pantalones de deportes. En la planta baja de al lado, trabajaba el padre de Pipo, que tenía un extraño negocio donde vendía hules y ataúdes...

Cuando el vecino se murió, el padre de Pipo y sus dos hijos se quedaron la tienda de deportes. Primero en el cuchitril de Alicante, 5. Después en Alicante, 13. En el almacén, cuentan, tiene una colección de fotografías que es el mejor álbum deportivo de la ciudad.

El negocio arraigó en Valencia y por allí fueron pasando los dependientes. Dos resistieron hasta el final. Las Paquis. Paqui la negra y Paqui la blanca. Como su amigo El Pantera, el alma del rugby valenciano, al que lloró a lágrima viva el día que murió de un cáncer.

Carlos Egea se troncha recordando la visita a la tienda un 4 de enero. Le preguntó si abría al día siguiente y Pipo le dijo que sí. Sus empleados se giraron de golpe. No les había avisado. Pero el bueno de Pipo les dijo que se fuesen tranquilos, que ya se apañaría él. La suerte que tuvo es que tiene grandes amigos y al día siguiente se plantaron allí Charly, su novia, su hermano Javi, Javi Doménech... Entre todos, trabajando a destajo, salvaron el día. Al final de la jornada, Pipo apagó las luces y, agradecido, se los llevó a todos a cenar.

Hace ya cuatro o cinco años me lo encontré en Reino de Valencia y, después de la radiografía, me explicó que ahora los chavales iban, se probaban las zapas que les gustaban y se marchaban, prometiendo volver al día siguiente. No regresaban. Se las compraban por internet. Mataron al oso.