EL CENTENARIO, BIEN. ¿Y EL FUTURO?

Nunca he escuchado una disculpa del Valencia a los ciudadanos por afear la ciudad durante diez años con el 'nuevo' Mestalla

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Echémosle imaginación. Pongamos, por ejemplo, que el 19 de marzo El Pilar decide no quemar su falla. Al estar en aquella plaza medio escondida, quizá hasta quedara como algo pintoresco. Un reclamo insuperable para turistas. Un homenaje perenne a las Fallas. Pero pongamos que al año siguiente, en vista del éxito, Na Jordana decide hacer lo mismo. Y Convento Jerusalén. Y las dos comisiones que cortan Matías Perelló. O la Ferroviaria, al lado de la estación de Renfe. De pintorescas pasarían a molestas. Y en unos días algún desalmado, algún vecino harto de tanta falla, les pegaría fuego.

Ahora pensemos que la cruz de mayo de Maestro Gozalbo-Conde Altea, tan bonita todos los años, se quedara para siempre. Y que al año siguiente, imitando a la anterior, hiciera lo mismo, renovando las flores periódicamente, la de la Falla Goya-Brasil.

O que el rastro, ese que expande su quincalla añeja por el aparcamiento de Mestalla, decidiera dejar para todos los días su mercadillo de dudosa procedencia.

A Peter Lim, supongo, le daría igual que quemaran o no las Fallas. Como si plantan una cruz de mayo en cada plaza. Pero igual lo del rastro, pegadito al campo, ya le molestaba más. Y seguro que mandaría a Anil Murthy a pedir explicaciones al Ayuntamiento.

A Murthy, por cierto, con no mucho arraigo a la ciudad, quizá tampoco le importara demasiado que se rompiera el ciclo ancestral de las fallas. Creación, plantà y cremà el día de San José. A él, quizá, le valdría con que le dejaran despejadas la avenida de Aragón y la calle Polo y Peyrolón.

Por eso, quizá, ni uno ni otro entiendan que pueda haber gente, mucha gente, valencianos del Valencia y valencianos que no son del Valencia, y, a lo mejor, valencianos que hasta odian el fútbol, fíjate tú, que han llegado al hartazgo más absoluto por tener que ver una mole de hormigón polvorienta en una de las entradas de la ciudad. Quizá ni siquiera hayan hecho el ejercicio de que hay gente, valencianos del Valencia y valencianos que no son del Valencia, que cada día -y cada día es cada día- se despiertan, suben la persiana de su habitación y lo primero que ven desde hace años, desde hace diez largos años, es ese espantoso esqueleto de estadio que, en realidad, no es más que la fantasía marchita de un presidente iluminado.

Llevamos días, desde el Centenario del club, mirando hacia atrás. Que si el bar Torino, que si el gol de Forment, que si el cabezazo de Tendillo al Madrid, que si las galopadas, melena al viento, del Matador Kempes después de que, desde el vestuario, mandara a Españeta a comprarle un paquete de tabaco, que si el sombrero de Mendieta en Sevilla...

¿Pero alguien se ha dedicado a mirar también hacia el futuro?

¿Alguien ha tomado la decisión, firme y tajante, de qué hacer con ese desecho monstruoso que, con toda la guasa de los valencianos, llamamos Nuevo Mestalla?

No.

Porque a los que mandan les da igual ese trasto. No es su ciudad y no consideran un escarnio afear una ciudad que no es la suya. Si lo hubieran hecho en sus ciudades, quizá ahí...

Yo, que tengo mucho de iluso, mucho de romántico desfasado, sigo esperando que llegue un día un mandamás del Valencia y pida perdón. Alguien, Lim o quien sea, que coja un día y, públicamente, pida disculpas a los ciudadanos, en nombre de la entidad, por endosarles ese zurullo apestoso de cemento armado.

Y mirar al futuro. O, mejor, mirar al presente. A sus hijos, que serán los que mantendrán este mundo dentro de un par de décadas. Y que vean con qué se entretienen. Solo un rato. A esos chavales barbilampiños con los ojos plantados en las pantallas gigantes de la televisión, aislados del mundo por esos cascos pegados a las orejas y un microfonillo con el que, tiro va, tiro viene, hablan con los amigos.

¿Son esos los que tienen que llenar Mestalla?

Si hasta los Juegos Olímpicos, el Santo Grial del deporte, no saben ya qué hacer para frenar la caída de las audiencias y el lúgubre panorama que se presenta por delante. ¿A alguien le extrañaría que los Juegos fuera electrónicos dentro de cien años?

A mí no.

Para mí sería dramático, pero quizá sería lo más consecuente con una sociedad más interesada en el Fornite que en el fútbol o el tiro con arco.

Pero, bueno, yo ya no estaré. ¿Y el nuevo-viejo Mestalla?