LA CARTA DE LA MAMÁ DE GUIDO PELLA

Damos por hecho que todo es glamour en el deporte de élite, pero hay mucho sacrificio y mucha soledad

LA CARTA DE LA MAMÁ DE GUIDO PELLA
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Querida Charo: me conmoviste. Nos conmoviste. Porque tu carta dio la vuelta al mundo en la saca del mejor cartero que existe: la capacidad de emocionar.

Charo es Charo Fernández, la madre de Guido Pella, un tenista argentino más o menos del montón. Hasta que dio la sorpresa y alcanzó los cuartos de final de Wimbledon, donde topó con el castellonense Roberto Bautista. El tenista de Bahía Blanca llegó a la catedral del tenis tras jugar solo un par de partidos sobre hierba. Los dos acabaron igual, con una derrota.

Pero en Wimbledon logró unas cuantas. Sonadas. Vibrantes. Y entonces, al ver a su hijo en los titulares y en las televisiones, se puso a escribir una carta y la lanzó en el buzón de las redes sociales. Su mensaje caló hondo y después de leerlo nos tocó decir lo que escribió alguien en Twitter: «No estoy llorando, es que se me metió algo en el ojo».

Porque Charo escribió con la tinta del corazón. «No son games, set, es mucho más que un partido. Es la vida, la que pasa dentro de un club, en un aeropuerto, en la soledad de una habitación de hoteles en lugares recónditos. No es Wimbledon, son los torneos que ya no recuerdo su nombre, las horas interminables arriba de un auto o esperando el colectivo más barato. No es la marca que hoy lo viste, son las veces que lavamos la misma remera y la secamos con un secador de pelo y, muchas veces húmeda, servía para jugar el próximo partido».

O el recuerdo de la decisión más dura que tomaron en la familia Pella cuando era un chaval. «Las lágrimas que brotan del alma cuando recordamos esos tiempos donde te dejamos solo. (...) Las mismas lágrimas de ese día en la terminal del ómnibus que con solo 14 años te fuiste a vivir solo, a enfrentar un mundo al que no te habíamos preparado porque tampoco nosotros conocíamos. Un mundo donde no había una mamá que te despertara y te vistiera dentro de la cama porque tenías frío...».

Y la celebración por llegar tan alto y que ella tiene clara la dedicatoria. «Para tu hermana, Cata, que sigue luchando contra todo y contra ella misma para poder seguir; por Sol, que fue nuestro mayor costo de oportunidad; por papá, que sigue trabajando más que el primer día y sufre en silencio entre cuatro paredes de una oficina mientras le voy pasando, game a game, tu resultado... Y por mí, que sigo llorando a ese nenito que hace 14 años se fue en el colectivo más barato (...) a perseguir su sueño, que hoy se hace realidad».

Una maravilla.

Porque el tenis no son solo esos chicos bronceados ganando premios envidiables mientras unos niños les recogen las pelotas y les llevan la toalla. El tenis es una familia empeñada por una inversión a ciegas. El tenis es un niño que deja su casa para entrenarse como un poseso. El tenis son viajes en solitario. El tenis son más derrotas, muchas más derrotas, que victorias. El tenis son ganas de romper la raqueta. El tenis es caer y levantarse. Caer y levantarse. Caer y levantarse.

La historia de su frustración puede tener un punto de partida: el 22 de julio de 2018, el día que perdió su tercera final consecutiva. El inicio de una racha penosa. Muchas primeras rondas. Viajar, perder, recoger y volar. Viajar, perder, recoger y volar. Hasta noviembre, cuando decide jugar un challenger y logra cerrar la temporada con un triunfo en Montevideo.

Este año empezó otra vez torcido: una retirada por lumbalgia en Doha. Y en el Córdoba Open, otra final perdida. La cuarta. 0-4. Ese día entró en el vestuario y rompió a llorar. Ese día llamó a su madre -en cuanto oye el «Hola, Má», ya sabe el resultado-, como después de cada partido, y le dijo, desconsolado, que nunca iba a ganar nada. Y su madre, Charo, le replicó: «Hijo, te vas a acordar de mí cuando seas campeón. Y va a ser pronto». O el consuelo paterno: «Si vos estás ahí, sos como ellos; no sos menos».

El 3 de marzo salió el sol. Pella conquistó el ATP 250 de Sao Paulo. Su primer título. Una victoria tan pequeña la sintió como un tesoro. «No le puedo pedir más al tenis». Luego vino una temporada en tierra batida notable. Y ahora esto. Al final la felicidad para los Pella, que tuvieron que cargar con el dolor de soltar de la mano a un niño, que tuvieron que cargar con el estigma social por ser los padres que permitieron que su hijo dejara la escuela.

Querida Charo: Enhorabuena.