EL DÍA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA DE LA NFL

Tom Brady, que el domingo jugará su novena Super Bowl con los Patriots, siempre había sido un segundón

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Los Jets y los Patriots jugaban un partido de la NFL el 23 de septiembre de 2001. Era una noche calurosa y húmeda en el viejo Foxboro Stadium. Quedaban cinco minutos cuando el linebacker Mo Lewis arrolló al quarterback de los New England Patriots, Drew Bledsoe. Poco después se fue al banquillo -sufrió una hemorragia interna que pudo costarle la vida- y entró su sustituto: un joven de 24 años, desconocido, que el año anterior había sido elegido en la sexta ronda del draft, en el puesto 199.

Aquel chico rubio con la sonrisa perfecta no volvió a ceder la titularidad. Su nombre, Tom Brady, se asocia ahora al de una de las grandes leyendas del deporte mundial. No pasaron ni cinco meses hasta que Brady lideró el triunfo de los Patriots en la Super Bowl, conquistando de paso su primer MVP.

Aquella final se disputó el 3 de febrero de 2002 en Nueva Orleans y el rival de los Patriots fueron Los Angeles Rams. Han tenido que pasar 17 años para que estas dos franquicias vuelvan a verse en una Super Bowl, como sucederá el 3 de febrero -el domingo que viene- en Atlanta.

De aquel partido solo han sobrevivido el incombustible Brady, que ya tiene 41 años, y Bill Belichick, el entrenador. Un poco de justicia poética porque, aunque ahora parece impensable, los aficionados no terminaban de entender que Brady fuera el titular en vez de Bledsoe, que era el jugador mejor pagado de la NFL.

Mucho ha llovido desde entonces -casi la mitad de los estadios actuales no existían- y ahora nadie discute que Brady es el mejor quarterback de la historia a una semana de disputar su novena Super Bowl -sale a una cada dos años- y perseguir su sexto título Vince Lombardi.

Los Patriots estarán de nuevo en el evento del año más visto en Estados Unidos gracias a que el viejo Brady volvió a tomar las riendas en el partido previo, frente a los Chiefs, un día gélido en el Arrowhead Stadium de Kansas City, para decantar el choque en el tiempo extra.

Nunca me han simpatizado estos chicos tan perfectos, esculturales, guapos, ricos y emparejados con bellas mujeres, en su caso con la despampanante, y también millonaria, Gisele Bündchen. Siempre han sido los perdedores al final de las películas buenas, las que ensalzan a los rebeldes y morenos que nunca lo tuvieron tan fácil.

Aunque he de decir que lo de Tom Brady no está mal. Suerte para el fútbol americano que su padre -«el original Tom Brady», como le gusta recordar- dejó el seminario para convertirse en consultor inmobiliario, enamorarse y ser padre de tres chicas y un chico que, al contrario que ellas, nunca fue el mejor en nada.

El lampiño Tom era suplente en el colegio y en la universidad, en los Wolverines de Michigan, donde el psicólogo le soltó a aquel chico apesadumbrado: «Tommy, si fuera fácil no sería especial».

El día del draft siguió el sorteo ilusionado, junto a su padre, pero cuando iban ya por la quinta ronda, desmoralizado, se marchó a dar una vuelta por la calle. Ya en los Patriots volvió a su sitio, al banquillo. Hasta que aquella calurosa noche de 2001 un 'tren' arrolló a Bledsoe, que solo duró un par de temporadas más en la NFL y que ahora, con 44 años, observa la carrera del asombroso Brady mientras dirige una bodega en su ciudad natal.

La afición por el fútbol americano se la despertó papá Brady, que llevaba a la familia a ver a los 49ers siempre que podía. Un día, en 1981, sentado en su butaca de Candlestick Park, el pequeño Tom se quedó boquiabierto cuando el legendario Joe Montana y Dwight Clark protagonizaron 'The Catch', una jugada antológica que aún se recuerda.

Tom Brady es hoy una leyenda andante -gracias en parte a Alex Guerrero, el gurú de la dieta alcalina que cuida de su salud- en un país que se entusiasma con el fútbol americano. Una certeza que corroboró el 'Green Bay Press-Gazette', que hizo un reportaje en 2015 examinando 500 obituarios del periódico. Ahí encontró que 300 de estos eran sobre personas descritas como fanáticos de los Packers, el equipo local de Green Bay, una ciudad en la que tres cuartas partes de su población -104.000 habitantes- cabe en Lambeu Field, un estadio que siempre está repleto. Una mujer de 84 años le comunicó al periodista que ella ya había decidido cómo ser enterrada, con su camiseta de Brett Favre, histórico quaterback de los Packers, autografiada en la manga derecha.