La burbuja de la selectividad

Beatriz De Zúñiga
BEATRIZ DE ZÚÑIGA

Ya pasó. Los estudiantes que se enfrentaron la semana pasada a las pruebas de selectividad en la Comunitat ya están de vacaciones. Adiós a las miles de noticias sobre la importancia de la cita, odiosas comparaciones autonómicas y presiones varias sobre los chavales. Fin de la angustia. El controvertido examen de Matemáticas ni pasará a la historia ni se recordará mañana. Se archivará, como siempre, en el vasto cajón de las polémicas estudiantiles. Y, tras saber el ranking de las mejores notas, no oirán hablar de la EvAU, EBAU -o cómo se abrevie ahora- hasta la nueva jornada en 2020. Porque de la cercana segunda vuelta en julio apenas se dirá. Ni cambio de modelo, ni controles estatales. Durante los últimos años hemos creado una burbuja que ya parece imparable, instaurando la falsa convicción de que la maldita convocatoria decidirá la totalidad del futuro de nuestros jóvenes. Aunque la realidad es que mucho antes de esta fecha la suerte ya estaba más que echada, pues las pruebas de acceso a la Universidad no son más que la guinda de una larga instrucción. Que, en realidad, sólo acaba de empezar. Una técnica de blanda criba para evitar que toda nota tenga un precio. Pero no, ni estudiar una carrera es imprescindible, ni la posteridad de la humanidad dependerá de ello. Dejemos de machacarles y oprimirles. A ellos y a nosotros mismos. Conozco a decenas de personas que jamás pisaron las aulas de la facultad y que, además de ser cruciales en mi formación, han hecho, como todos, su humilde aportación a esta sociedad. Amigos, familia y compañeros de este oficio... Gentes que quizá no registren ni un premio extraordinario, ni una matrícula de honor, pero que han dejado enormes honores a su alrededor. Y, sobre todos ellos, mi madre. Como tantos de su época, por microeconomía del hogar, sólo uno de los hermanos pudo estudiar. Y fue el hombre. Mis dos carreras no me han concedido su enorme cultura, ni su sapiencia. Las aulas no llenaron, per se, mis estanterías de tantos libros como su morada alberga, aunque sí de manuales de estilo y códigos civiles. Ni me inculcaron la incansable defensa de nuestros derechos sociales. Ella, y sólo ella, me enseñó lo que es la vida y el tesón por la constante formación.