EL APLAUSO DE LOS CORDEROS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Es conocida la anécdota de Stalin -el genocida comunista cuya 'desinteresada' ayuda al Gobierno de la II república española es convenientemente silenciada por el pensamiento único, el mismo que airea siempre que puede la aportación del otro gran asesino de la historia, Hitler, al Ejército de Franco-, quien al entrar en un teatro de la URSS para asistir a una representación fue recibido con una cerrada y prolongada ovación de todos los presentes, que puestos en pie se rompían las manos de tanto aplaudir. Y cuando parecía que la demostración de afecto se iba a acabar, que las palmas decaían en intensidad, inmediatamente aparecía un 'espontáneo' que volvía a levantar el entusiasmo aplaudidor del respetable. Y así, durante minutos y minutos interminables, que a ver quién era el primero que se atrevía a parar... Tampoco hay que irse tan lejos ni tan atrás en el tiempo para recordar escenas si no idénticas (es casi imposible) sí algo similares, salvando lógicamente las distancias entre un sátrapa sanguinario y responsable de la muerte y el encarcelamiento de millones de seres humanos y un dirigente elegido democráticamente en la España del siglo XXI. Durante el mandato de Francisco Camps como presidente de la Generalitat, los parlamentarios del PP iniciaron una práctica digna de estudio psicológico: cada vez que su líder llegaba a Les Corts y entraba en el hemiciclo lo recibían con una ovación como al torero que reaparece tras una grave cogida y sale a la plaza para hacer el paseíllo. Pero por chirriante y hasta desternillante que resultara dicha actitud, ha creado escuela. El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, también fue aclamado el lunes por los suyos al acceder a la sala donde se iba a celebrar el comité federal del partido. Aún no había hablado, no era el reconocimiento a una intervención brillante o a una exposición detallada de una táctica irrebatible sino que simplemente se le ovacionaba por llegar, por estar, por aparecer de repente, por ser. Y entre los más entusiastas, algunos de los que meses atrás conspiraban contra él porque lo consideraban un elemento tóxico que iba a acabar con unas siglas con más de cien años de historia. A Rivera también le aplauden sus fieles para hacer ver que son más que los críticos (que se han ido), y a Casado (que se ha rodeado de afines y ha apartado a los díscolos), y a Iglesias (que directamente ha depurado a los disidentes)... La ovación cerrada hacia el faro que alumbra sus vidas se ha convertido ya en norma habitual en la política española, otro síntoma de decadencia, de debilidad de la clase dirigente, de ausencia de una auténtica cultura del liderazgo político, que es algo más que adorar al número 1 por la sencilla razón de que es el número 1.