La Albufera da mucho más de sí

FERRAN BELDA

Estará ambientada en la Albufera y abordará el «poliamor» sin prejuicios ni culpas en un ejercicio de «funambulismo de emociones» hasta allá. Pero 'El embarcadero' no es la serie que yo habría rodado allí en estos momentos. Tampoco rodaría una puesta al día de 'Cañas y barro', aunque me seduzca la idea de especular con un Tonet que no habría tenido que ir a servir a la patria, gracias a que José Mª Aznar abolió la mili como sólo él, Casado y Bonilla hacen las cosas: sin complejos. Un Tonet que por tanto tendría ya su arrozal, se encontraría felizmente casado con Neleta y estaría celebrando ahora que el Consell se ha comprometido a complementar el dinero que la UE concede a los arroceros por no quemar la paja con unas ayudas para sacarla del campo. Pero ponerse a «transgredir la moral judeocristiana» donde Neleta se la pegaba a Canyamel, como pretende Atresmedia, cuando el día a día, la actualidad administrativa, económica y nocturna del torturado ecosistema albufereño se presta para una combinación argumental bastante más atractiva que la anunciada en la sinopsis de 'El embarcadero', se me antoja, en principio, un desaprovechamiento de la materia prima y del lugar en el que se encuentra. Sólo el caudal de disposiciones oficiales anacrónicas que confluyen sobre este turbio lago, superior en ocasiones a las aguas que le aportan los barrancos de su cuenca, bastaría para componer un serial mucho más sugerente. Hay semanas, como estas últimas, en que El Saler parece Macondo. Puro realismo mágico. Todo lo que entra o sale del parque natural resulta irreal. Y así le luce el pelo a la dehesa. La noticia de que el Síndico de Agravios ha instando a Medio Ambiente a pronunciarse sobre una solicitud de implantación de la lubina en este biotopo no tiene nada que envidiar a una propuesta municipal de los tiempos del desarrollismo. Una moción que planteaba la conveniencia de incrementar la productividad del suelo público existente en la zona construyendo una granja de cocodrilos para hincharse a vender pieles. Nada que no encajase en ese maravilloso y por ende televisivo mundo que es la Devesa. Como la decisión del Ayuntamiento de Valencia de impedir la reapertura del Hotel Sidi Saler. Una reacción que no guarda la menor relación con el medio ambiente. Porque si lo que el consistorio persiguiera fuera quitar cemento y rehabilitar el sistema dunar de la restinga no contemplaría convertirlo en residencia. O habría concluido el derribo del polideportivo. Y no lo ha hecho. Empezó a demolerlo en 2013. Y todavía está en ello. Así que menos lobos. Y menos luces. Por lo menos si son del tamaño de las 66 farolas de 120 cm. de altura que el edil Campillo pretende instalar en la espesura del bosque, ya que van a ser más de quita y pon que los aspersores que viene prometiendo la concejala Menguzzato desde hace años. Y no harán falta cizallas ni tirachinas para cargárselas.

 

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