EL AFICIONADO CIEGO DEL VALENCIA

No dejó de ir a Mestalla ni cuando perdió la vista. Su hijo le explicaba lo que pasaba, aunque a veces se confundía...

EL AFICIONADO CIEGO DEL VALENCIA
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Tengo a las hordas de mis amigos valencianistas alterados. Y no les falta motivo. Mañana celebran el centenario del club, que está bien y tal, pero sobre todo brindan porque llegan a los cien años con el equipo sumando victorias, el frente abierto de la Europa League y, sobre todo, con la ilusión desorbitante de otra Copa del Rey. En Sevilla, encima, con los recuerdos etílicos de la gran farra que se pegaron con la última a costa de Mendieta, el Piojo y compañía.

El club ha compartido esta semana un vídeo precioso para informar de que en la Tribuna de Mestalla va a haber, a partir de ahora, una escultura de un aficionado en homenaje a todos sus sufridos seguidores de estos cien años. La estatua no es una figura humana al azar sino que es la de hombre ciego con gafas oscuras y un bastón mirando hacia el campo. Está escogida de Vicente Navarro Aparicio, a quien ni la pérdida de la vista le alejó de Mestalla. Primero, en el sector 16. Entonces tenía un ojo con el que no veía desde que nació, pero con el otro le sobraba para disfrutar del fútbol. Pero tiempo después le salió una catarata en el otro. Le operaron, pero a los dos meses sufrió un desprendimiento de retina con una hemorragia y se quedó ciego para siempre. Ni por esas renunció a Mestalla.

Lo único que hizo fue cambiar sus localidades para estar más cerca del campo. Así que él y su hijo se movieron a los asientos 162 y 164 de la fila 15 de Tribuna Central. Allí, el mayor de sus tres hijos, otro Vicente Navarro, le narraba las jugadas para que pudiera ir siguiendo el partido. Y cuando escuchaba al gentío gritar, ahí no hacía falta el chaval ni nada. Daba un salto y comenzaba a cantar el gol.

En aquella parcela del graderío, en el centro de la tribuna, estaban siempre rodeados de valencianistas. Todos amigos que no paraban de preguntarle la hora para que Vicente padre le diera a un botón del reloj que le decía la hora a él y a los de alrededor. Tan confiado estaba ahí que un día, en un partido contra el Real Madrid, ocuparon los asientos de dos filas más atrás unos hinchas del equipo rival. Mediado el partido, Vicente escuchó que la gente gritaba gol y él saltó, raudo, a celebrarlo. Su hijo lo paró en seco. «Sentat pare, que són del Real Madrid». A lo que el padre soltó: «Quant de refill de puta que hi ha per ací».

Vicente Navarro Aparicio trabajaba como capataz de la factoría Campsa en Valencia. Cuando perdió la vista empezó a vender cupones de la ONCE. Era tan popular en el Marítimo que tenía todas las tiras colocadas y cuando salía solo tenía que ir a repartirlas. No tardó en gastar fama de repartir buena suerte. A su hijo Vicent lo premió dos veces con 100.000 pesetas y otra vez repartió por el barrio 250 millones.

Además de valencianista fue fallero. Un día le dijeron en la falla Maestro Valls-Mariano Albesa que necesitaban ayuda de la gente y él levantó la mano y exclamó: «Yo soy el número, contad conmigo». Lo nombraron presidente, cargo que mantuvo durante diez años. Hasta que se quedó ciego.

También lideró la agrupación de fallas del Marítimo, fue su tesorero y fantaseó con la unión de varias de ellas para hacer una falla de Especial que plantara cara a los ricachones del centro.

Vicente nació en 1928 y murió el 12 de diciembre de 2016, siendo el socio número 18. Dejó una mujer harta del fútbol -el día que nació su hermano Lluís, en el 68, padre e hijo se fueron a ver al Valencia y luego, por si no fuera suficiente, al Mestalleta- y tres hijos, aunque solo Vicent, como su padre y como su abuelo, mantuvo la afición al Valencia. Aunque después vino una mala racha y cedió el pase a un amigo. «Si mi padre se entera, me mata», me contaba Vicent, que tiene una hija, Irene, de 38 años, y una nieta, Elena, de cinco. Todas blanquinegras. Al abuelo le gusta gastarle una broma. «Elena, qué tres equips té el iaio?». Y la chiquilla, encantada con el juego, le contesta: «¡El Valencia, el Valencia y el Valencia!».

Vicent está muy emocionado estos días por el detalle y emergen los recuerdos de cuando su padre le llevaba al campo con seis años, de cuando aparcaban e iban cruzando la huerta y del día que se cayó a la acequia de Mestalla y, sucio y empapado, tuvo que volver a casa a cambiarse. De los viajes eternos en un 600 a Bilbao o en tren a Zaragoza. O del último partido que su padre aceptó seguir por televisión, la sangrante derrota ante el Karlsruhe. «Sento, no cal que vingues més...».