Del Aquarius a la lucha por el futuro

La mayoría de inmigrantes que llegaron hace un año a Valencia se prepara para su primer trabajo

J. A. MARRAHÍ

Miracle, Algoni, Rabiat, Abou, Sidiki... Habría que escribir 629 nombres. Naufragaron en las turbulentas aguas de Libia. Familias enteras en éxodo. Jóvenes. Niños solos y desamparados. Madres y padres sin hijos. Todas las combinaciones que puedan imaginar empujadas por la imperiosa necesidad de huir de Nigeria, Chad, Sudán, Costa de Marfil... Son supervivientes de un largo viaje, de un mar que los habría engullido de no ser por el Aquarius, un barco humanitario fletado por Médicos Sin Fronteras y Sos Mediterraneé, al que el Gobierno español abrió la puerta a través de Valencia.

Ha pasado ya casi un año de aquel histórico desembarco, la mayor emergencia humanitaria que ha vivido la Comunitat. Fue el 17 de junio cuando los inmigrantes pisaron el puerto de Valencia. «Fue un día de esperanza», recuerda Sidiki, uno de los que arribó sólo para poner fin a un tortuoso viaje desde Guinea Conakry.

Este domingo, cuando se cumple el primer aniversario, los viajeros del Aquarius siguen embarcados en otra lucha: la de conseguir papeles como refugiados en España y la de la autonomía. Desprenderse del cordón umbilical del auxilio estatal para comenzar a andar solos en el mundo laboral, poderse pagar un alquiler y consumar así el sueño final: «Una vida digna en España», «formar aquí una familia» o «traer al resto de familiares que se quedaron» son sus principales anhelos.

Si echamos la vista atrás, al día del desembarco, comprobamos que el destino de los 629 es dispar. La compleja distribución la aporta el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, sobre el que recayó, junto con la Generalitat, todo el peso de la acogida. Muchos de los que llegaron deseaban ir a Francia, bien por idioma o por tener allí a familiares residentes. «Alrededor de 300 manifestaron su voluntad de solicitar allí el asilo», explican desde el ministerio. Tras entrevistas y valoración de las solicitudes, la Oficina de Asilo Francesa sólo aceptó el traslado de 80.

Niños desamparados

El resto de inmigrantes, 549, se quedaron en España. La situación más dramática era la de los niños y niñas que emprendieron su huida en solitario. Sin un padre, madre o hermano que se hiciera cargo de ellos. Según el Gobierno, fueron 64 los menores no acompañados que viajaron en el buque. En este punto, los números bailan, pues la Generalitat cifra en 70 los que llegaron a bordo de la flotilla antes de la mayoría de edad. De ellos, 56 eran chicos y 14, chicas. Tampoco se ponen de acuerdo en cuántos niños quedan en centros tutelados por la Generalitat. Según Trabajo, son 61 y según el departamento autonómico, 14, de los que 11 son chicos y 3 son chicas. «El resto ha alcanzado la mayoría de edad o bien ha continuado su proyecto migratorio», según fuentes de Políticas Inclusivas.

Otro bloque es el de los 69 inmigrantes que han optado por no pedir ningún apoyo asistencial tras su llegada. Es lo que el ministerio engloba como abandonos o renuncias. Entendieron que podían valerse en nuestro país, bien por sí mismos o con otros familiares y amigos y, por tanto, se les ha perdido el rastro.

¿Qué ha sucedido con el resto de familias o adultos que llegaron en solitario? La gran mayoría permanece bajo el paraguas asistencial del Ministerio de Trabajo. En concreto, son 419 los inmigrantes que todavía están percibiendo las ayudas del Sistema de Acogida de Protección Internacional. Casi todos cubren sus necesidades básicas con esa gran inyección económica del Ministerio de Trabajo y con el trabajo de organizaciones como Cruz Roja o Cear que se encargan de la asistencia a los inmigrantes en sus primeros alquileres de pisos compartidos, la necesaria y urgente formación, la contratación laboral o el idioma.

Geográficamente, esta parte de los viajeros del Aquarius se reparte por toda España. Sin embargo, muchos siguen habitando en tierras valencianas, en concreto 178. Si a ellos les sumamos los 14 menores desamparados que siguen en centros de la Generalitat, son 192 las personas que llegaron en el buque y permanecen todavía en la región en la que desembarcaron. Aproximadamente un tercio de los que cruzaron el Mediterráneo sigue a orillas del mar, en tierras valencianas.

Un trámite lento

Más allá de su modo de vida y mantenimiento, está la cuestión de regularizar su situación en España. Esa es otra guerra. La inmensa mayoría de los que permanecen en nuestro país son, oficialmente, solicitantes de protección internacional. Su futuro está ahora en manos de la Oficina de Asilo y Refugio del Ministerio del Interior. Según Yolanda Amiñoso, responsable del Programa de Personas Refugiadas de Cruz Roja en Valencia, la decisión «aún tardará». Según su experiencia, «pueden pasar más de dos años» antes de que sepan si el Gobierno es favorable o se opone a la concesión. Preguntamos al Ministerio del Interior por el estado de las solicitudes o por si ha habido alguna medida en Extranjería con los viajeros del Aquarius. No ha habido respuesta.

El único 'papel' que regula hoy su situación en España es la tarjeta roja, por el color del documento de los solicitantes de asilo. Aquí no significa expulsión, sino, más bien 'a la espera'. Pero algo muy importante cambió en esa tarjeta a los seis meses de estancia en el país. «A partir de ese tiempo ya se les permite trabajar», desgrana la responsable de Cruz Roja.

La organización humanitaria asiste en Valencia a una decena de viajeros del Aquarius en su búsqueda de autonomía y empleo. Son sólo una pequeña parte de su esfuerzo con este colectivo, pues el año pasado fueron 6.000 los inmigrantes a los que apoyaron. En definitiva, se les abre ya la puerta legal al mercado laboral y algunos de los del Aquarius «ya están empezando con sus primeras prácticas y ven llegar con esperanza sus primeras remuneraciones en España», como explica Luz Soto, trabajadora social de Cruz Roja en España. Pero aún son pocos los que han visto cumplido el anhelo de un empleo. La mayoría sigue aprendiendo español, informática o los oficios con los que habrán de buscarse la vida cuando, dentro de seis meses, cese el apoyo económico estatal que hoy cubre sus necesidades esenciales. «Podría haber una prolongación de ayudas de otros seis meses, pero sólo e casos más vulnerables».

Sidiki fue uno de los que viajó en el buque. 24 años. Procedente de Guinea Conakry. Tras vivir un tiempo en el Centro de Acogida a Refugiados (CAR) de Mislata, ya habita en un piso de alquiler junto a otro colega nigeriano que también fue rescatado por el barco humanitario. «Mañana empiezo a trabajar aquí como peluquero. Mis primeras prácticas. Voy a darlo todo», nos cuenta con ilusión. El inmigrante hace balance de su primer año en Valencia. «Me siento muy bien y esto es una oportunidad, estoy aprendiendo aún, pero creo que si sigo aquí tendré un buen futuro». Ensalza «el calor de las organizaciones que nos apoyan» y, como tantos en su situación, vive con la preocupación por los suyos. Allí, en su país, quedan padres y nueve hermanos. Él emprendió un viaje de varios meses al que siguió «el peligro de Libia». «Ante todo ansiaba seguridad, lo que busca cualquier persona del mundo», resume.

SIDIKI

«Empiezo ya a trabajar de peluquero»

Edad: 24 años. País de origen: Guinea Conakry. Ocupación: Vive en un piso de alquiler y ha iniciado prácticas laborales.

AL GONI

«Gracias a dios tenemos una oportunidad»

Edad: 21 años. País de origen: Chad. Ocupación: Vive en un piso compartido y aprende español y varios oficios.

Al Goni, de 21 años y originario de Chad, recuerda su tortuoso trayecto. «Cuando emprendes un viaje como el que yo hice sabes que tienes una posibilidad entre diez de sobrevivir. Tráfico de persona, esclavitud, cualquier desgracia que te puedas imaginar...». Cumple su primer año en Valencia y se siente «afortunado». Vive en alquiler en un piso compartido de Patraix con compañeros de Mali, Guinea Ecuatorial, Argelia o Sáhara. Todavía no ha trabajado, pero se sigue formando en español o Bachillerato. No tiene pareja. «Tampoco estoy buscando novia, ahora mi pareja es el castellano. Lo que toca ahora es aprender de todo y esforzarse al máximo». Su sueño pasa por ser «mecánico, empresario, traductor...». Mata el tiempo libre con 'pachangas' de fútbol entre los colegas del CAR de Mislata o carreras por los jardines del Turia.

El primer sueldo

Mohamed Ali, también de Chad, dejó en la ciudad de Yamena a sus padres y tres hermanos por problemas que prefiere no recordar. Se echó al mar con su tío. Con 20 años, ya ha tenido su primer empleo remunerado en España. «En una empresa de jardinería de Picanya. Es una satisfacción el primer sueldo, pero lo he dejado para seguir aprendiendo». Habita en un piso de alquiler con un compañero de Chad y otro de Mali. «Quiero ser policía, es lo que me gusta de verdad, un buen policía de investigación de homicidios». Lo mejor en este tiempo, «aprender la lengua española, no ha sido tan difícil».

MOHAMED

«Quiero seguir aprendiendo y ser policía»

Edad: 20 años. País de origen: Chad. Ocupación: Ya ha cobrado como jardinero, peo quiere seguir estudiando.

OTMAN

«¿Vacaciones? toca luchar y aprender»

Edad: 21 años. País de origen: Chad. Ocupación: Vive en un piso compartido y aprende español y varios oficios.

HENRY

«Aspiro a convertirme en pinto»

Edad: 24 años. País de origen: Nigeria. Ocupación: Vive en el CAR de Mislata y estudia español y oficios. En su país, cantaba.

Otman tiene 21 años y, al igual que el resto, sigue formándose y viviendo en piso compartido. «Son cuatro horas al día de estudio. No vamos a tener vacaciones. Hay muchas ganas de aprender», asegura. Su horizonte pasa por ser mecánico y formar una familia en Valencia. «Yo nunca olvidaré lo que este país ha hecho por mí». Henry, de Nigeria, aún vive en el CAR de Mislata. Con 24 años dos hijos en Nigeria, añora poder ayudar por los suyos con un trabajo de pintor. El viaje del Aquarius continúa en tierra firme.