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La mano negra

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La mano negra

18.03.14 - 00:58 -
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Una miradita furtiva al papel. Y otra más. Y otra... Mariano Rajoy seguía pronunciando su discurso sin quitar ojo a los folios del atril. Llegaba la frase que tenía marcada en rojo, la importante. Se aseguró por enésima vez de leer lo que tenía que leer, levantó la mirada y se dirigió al líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba: «O te callas o reconoces el mérito de la gente». Era el acto central de la última convención nacional del PP, en Valladolid, y la filípica, que tenía un cierto regusto al célebre y espontáneo 'por qué no te callas' del Rey a Chávez, y que había sido diseñada para llenar periódicos y telediarios al día siguiente (como así fue), arrancó una lluvia de aplausos para el presidente del Gobierno. Lo justo, en realidad, hubiera sido que algunos de esos vítores fueran también para Jorge Moragas y, sobre todo, para Pedro Arriola, autores intelectuales de los grandes discursos en el PP y habituales 'negros' de cabecera de Rajoy. Los anglosajones prefieren el término 'ghost writer' (escritor fantasma), aunque cuando el senador Warren Harding contrató al periodista Judson C. Welliver para la campaña presidencial de Estados Unidos de 1920, el nombre de este oficio era algo más refinado: «secretario literario».

La diatriba de Rajoy no tiene visos de pasar a la historia, pero otras frases de grandes líderes sí lo hicieron. Eran sencillas y directas, pero a la vez repletas de los ingredientes necesarios para que un discurso pase de los periódicos a la memoria colectiva y de ahí a los libros escolares, como el «I have a dream» (tengo un sueño) de Martin Luther King. Sin olvidar el ya repetitivo pero triunfal «yes, we can» (sí, podemos) con el que Barack Obama enfervorizó a las masas la noche que ganó sus primeras elecciones, en noviembre de 2008, mientras relataba la historia de Ann Nixon Cooper, una señora de Atlanta de 106 años: «Un hombre llegó a la Luna, un muro cayó en Berlín y, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó. Sí, podemos. [...] Porque, después de 106 años, durante los mejores tiempos y las horas más negras, ella sabe cómo puede cambiar Estados Unidos. Sí, podemos. Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas, y con aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: ¡Sí, podemos!». La gente se enamoró de Obama. Y el 'yes, we can' habitó para siempre entre nosotros.

También lo han hecho, en las distancias cortas, el célebre «¡váyase, señor González!», de José María Aznar, o aquel «puedo prometer y prometo...» con el que Adolfo Suárez siguió ganándose a los españoles. Pero, salvo honrosas excepciones -al Príncipe Felipe, por ejemplo, le gusta escribir sus propios discursos (con la ayuda de Letizia)-, los grandes políticos no suelen disfrutar de una capacidad innata para abordar y redactar textos que se conviertan en inmortales. Lo que sí suelen tener detrás es una especie de mano negra, por lo general anónima, en forma de plumilla talentosa. Un escritor a su servicio. También puede valer un inspector de asuntos sociales metido a famoso crítico musical. El presidente François Hollande, por ejemplo, acaba de fichar a Pierre-Yves Bocquet, alias 'Pierre Evil' (Pedro Malvado), experto en rap, para levantar una popularidad maltrecha a golpe de discurso. En definitiva, lo que la RAE define como «persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios». Es decir, un 'negro'.

«Cualquier chorrada»

El talento y la creatividad, sin embargo, no es la panacea a la hora de elaborar una arenga única. De hecho, «cualquier chorrada puesta en boca de una gran figura política puede dar un gran titular». Así piensa el periodista Fernando Ónega, autor del archiconocido 'puedo prometer y prometo' y que durante muchos años fue el 'negro' de Suárez. «Los que nos hemos dedicado a esto jugamos con la ventaja de tener delante, leyendo tu texto, a una persona muy relevante. Pero en mi conexión con Suárez había algo más que mi mera capacidad para escribir. Teníamos una conexión ideológica, una conexión hasta en nuestra forma de hablar. Aún me sobresalto cuando escucho su voz en la televisión con motivo de algún aniversario. A veces pienso que soy yo». En un discurso antológico, además, deben añadirse esos ingredientes necesarios que para Ónega están bien claros: «Tiene que haber lógica. Planteamiento, nudo y desenlace. Debe acomodarse al escenario social. También debe tener algo de grandeza y algo original. Tiene que generar ilusión y esperanza. Y, sobre todo, debe tener sentido común y calor».

Fernando Ónega tenía 28 años en la primavera de 1976. Trabajaba en el diario 'Arriba' cuando una mañana recibió una llamada y al otro lado del teléfono una voz femenina le decía que el entonces ministro secretario general del Movimiento (Suárez) quería verle. «Me cagué por la pata abajo», recuerda elocuente. «Me encargó un texto para defender en el Congreso la Ley de Derecho de Asociación Política. Yo le pregunté: ¿Piensa usted más en los aplausos de los procuradores o en los titulares de los periódicos? Me contestó que en los periódicos, pero sin olvidar los aplausos». Ónega se llevó el agradecimiento personal de Adolfo Suárez y 70.000 pesetas de entonces. Después, con el líder de UCD ya como presidente, vendría el encargo del discurso de la petición de voto en televisión para las elecciones de 1977. El del 'puedo prometer y prometo'. «Me dijo que necesitaba que la sociedad creyera en lo que iba a prometer. Yo solo puse la música». Además de aquel, el periodista se queda con los discursos que escribió para Suárez tras la semana trágica del 77. «También con ese en el que comparaba la Transición con la remodelación de una casa». De los modernos -«y que no haya escrito yo»-, le gusta el de Obama en 2008. El del 'yes, we can', claro.

La frase genial del presidente americano, como habrá supuesto ya, tampoco fue obra de Obama. Aunque siempre que puede -y le dejan- también redacta sus propias intervenciones. Pero ese 'yes, we can' fue pergeñado junto al resto del discurso, durante más de dos meses, por un jovenzuelo de 27 años llamado Jon Favreau. 'Favs' (favorito) para los amigos. Obama decía de Favreau que, más que un escritor, parece un «lector de mentes». 'Negro' y presidente se compenetraron al 100% desde que Jon Favreau, con 23 descarados años, se acercase a un senador que ensayaba su discurso detrás del escenario y le aconsejase sin medias tintas que suprimiera una frase que le parecía redundante. El senador era Barack Obama, que entonces miró al estudiante de Ciencias Políticas como diciendo «¿'quién es el niñato este'?», recuerda el propio 'Favs' en una entrevista.

El «niño prodigio», según algunos medios como 'The Washington Post', dirige los discursos de un político considerado como «uno de los mejores oradores de los últimos tiempos». Y eso es mucho decir en el país de Lincoln y Kennedy, quien parece que escribió de su puño y letra aquello de 'no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país'. Ahora Favreau también es columnista de periódicos y hace pinitos como guionista en Hollywood, donde hay un actor y director que se llama exactamente igual que él.

Empresarios y poetas

Es muy común en política, pero el 'negro' también es una figura muy presente en el ámbito empresarial. Lo sabe bien el periodista de 'Ideal' de Granada Andrés Cárdenas, que durante muchos años redactó los discursos del presidente de una importante compañía eléctrica andaluza. «Le emocionó una cosa que hice sobre la catedral de Baeza y desde aquello siempre decía que los discursos se los hiciera 'el granadino', por mí. Estuve más de diez años y pagaba muy bien. Era una fuente de ingresos alternativa».

Entre los 'negros' abunda el periodista, el escritor y hasta el licenciado en Ciencias Políticas como Favreau. Hay hasta poetisas, como Clare Foges, la escribana de confianza del primer ministro británico David Cameron. También raperos, como el propio 'Pierre Evil', y hasta sociólogos que son familiares directos de premios Nobel de Literatura, como el propio Pedro Arriola. Sobrino nieto de Juan Ramón Jiménez, a Arriola se le atribuye el '¡váyase, señor González!' de Aznar y la ya célebre e imaginaria 'niña' con la que Rajoy se enfrentó a Zapatero en el debate televisado de 2008, aunque este último punto lo ha negado siempre. Y eso que 'la niña de Rajoy' sí pasará a la historia, pero por ser uno de los chascarrillos más recordados del fracaso electoral que acabó cosechando el PP en aquellas elecciones.

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