Las Provincias

«La terapia es vital, como el agua o el pan»

Ana de Vega junto a un grupo de ruandeses y congoleños refugiados en Angola.
Ana de Vega junto a un grupo de ruandeses y congoleños refugiados en Angola. / R.C.
  • Ana de Vega, de la unidad de emergencias de ACNUR, es una de las primeras personas en prestar asistencia cuando se desata una crisis de desplazados

"Para ser refugiado hay que haberlo perdido todo, haber huido de tu casa dejando atrás familiares, amigos y cualquier pertenencia que no quepa en una maleta. Sin otra elección que salir corriendo", recuerda Ana de Vega. Los ojos alegres de esta vallisoletana de 35 años han mirado de frente al dolor de cientos de miles de personas. Desde su puesto en la Unidad de Emergencias de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), es una de las primeras personas en prestar asistencia cuando se desata una crisis de desplazados. «Necesitan agua y comida, pero el apoyo psicológico también es fundamental desde el primer momento», afirma quien lleva siete años trabajando en el patio trasero de la guerra.

Se estrenó en Angola ayudando a los ruandeses y congoleños que atestan los arrabales de la capital, Luanda, huyendo de sendas guerras civiles. Desde entonces su hoja de servicios es un recorrido por los puntos candentes del panorama internacional. Estuvo en la frontera entre Etiopía y Somalia durante la hambruna que asoló el Cuerno de África, por enésima vez, entre 2011 y 2012. Después pasó dos años y medio en Siria, atendiendo a refugiados iraquíes y desplazados internos. Estuvo en Ucrania durante la incursión rusa antes de atender en Grecia a quienes vieron sus esperanzas truncadas por el cierre de la ruta de los Balcanes. Pasó unos meses en Jordania durante la apertura del campamento de Zaatari, que acoge a cerca de 80.000 sirios, y habla con este periódico desde Ginebra.

Sabe lo que es llegar a un escenario dantesco y buscar soluciones. Poner en marcha un campamento de refugiados «es como crear una ciudad de la nada», explica. El planeamiento urbanístico, las soluciones de alojamiento, los sistemas de abastecimiento y saneamiento, la distribución de alimentos... «Es fundamental que estas necesidades se cubran de manera segura y digna». Una competencia feroz por lo más básico enrarece el ambiente y puede convertir el campamento en un polvorín.

¿La fórmula? «Asegurarnos de que los propios refugiados participan en la toma de decisiones que afectarán a su vida diaria, como la distribución de los servicios o las normas de funcionamiento del campo», defiende Ana. Pulsar el sentir de la comunidad es precisamente su especialidad. «Durante las primeras semanas la población está en estado de ‘shock’, se viven momentos de gran incertidumbre». En ese momento, el mayor reto es «crear confianza».

Poco a poco se va construyendo una rutina, una ilusión de normalidad, y los que creían que habían llegado para pasar allí solo unas semanas se descubren a sí mismos criando a sus hijos tras una alambrada. El campo les ha salvado la vida, pero el precio es demasiado alto.

Ana reconoce que llevar una vida digna en un campamento de refugiados es «muy complicado; siempre hay muchas necesidades que quedan sin cubrir». Y quizá las más perentorias no sean comida y agua, garantizadas por las organizaciones humanitarias, sino todas aquellas relacionadas con un crecimiento personal que parece quedar en suspenso. «Por eso es tan importante proporcionar desde el principio educación, ayuda psicológica, espacios de ocio...», apunta. En definitiva, que «las familias tengan las herramientas para ayudarse a sí mismas». En este sentido, «es muy importante aprovechar las capacidades de la gente». No sólo pueden mejorar la calidad de vida de la comunidad, sino que son un bálsamo para la maltrecha autoestima de los refugiados.

Los campamentos pueden ser una solución temporal en momentos de crisis aguda, pero ACNUR aboga por la integración de los desplazados en las comunidades de acogida, «porque marca una gran diferencia en términos de dignidad y humanidad». Solo así pueden tener la autonomía necesaria para sentir que la vida continúa, que no se ha parado el tiempo. Pero hay algo que une a todos los refugiados de cualquier procedencia o condición. «No importa los años que hayan pasado, cuando alguien se ha visto obligado a salir de su casa, siempre quiere volver».