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La bomba camaleónica

La bomba camaleónica
  • Fabricados con materiales baratos, los artefactos caseros son la pesadilla de los ejércitos. Son fáciles de camuflar y minan la moral de las tropas de la coalición internacional

Son para tomarlos en serio. La temible amenaza para las tropas que luchan contra el terrorismo y la insurgencia en Irak, Siria o Afganistán son los artefactos explosivos improvisados (IED, por sus siglas en inglés). Aparecen en escondrijos insospechados, como una nevera, un juguete, ordenadores portátiles, drones o en el interior mismo de viviendas, que se convierten de pronto en trampas letales.

Estos dispositivos de factura artesanal se han convertido en un dolor de cabeza para los soldados apostados en los países donde campan a sus anchas el Estado Islámico y otras fuerzas islamistas. En España se ha celebrado recientemente en Aranjuez (Madrid) un taller de la OTAN en el que han participado expertos de 16 países. «Evidentemente, los terroristas retornados son una amenaza, pero no lo son menos los elementos autóctonos radicalizados a través de internet», asegura el teniente coronel Javier Corbacho, del Centro de Excelencia contra los IED, con sede en la Academia de Ingenieros de Hoyo del Manzanares, en Madrid.

Una simple caja de cerillas puede activar un artefacto. Basta con que esté unida a un cable de transmisión para que sea capaz de detonar una garrafa llena nitrato amónico y combustible. Las bombonas amarillas son bien conocidas por las tropas internacionales acantonadas en Afganistán.

Y dentro del territorio español, ¿puede un 'lobo solitario' empachado de propaganda del ISIS perpetrar un atentado? Hasta ahora no ha ocurrido, aunque Corbacho deja un resquicio para el temor. «No se ha producido no porque no haya habido intención, sino porque trabajamos por evitarlo», dice.

El teniente coronel del Ejército de Tierra arguye que los precursores de explosivos se pueden hallar en el mercado, si bien su comercio «está controlado». «Es verdad que los precursores se pueden encontrar con relativa facilidad, pero ya no es tan sencillo dar con ellos con la pureza y cantidad suficiente. No escapan a la actividad del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), que tiene un área dedicada a esta tarea».

La variedad de estos artefactos es casi inabarcable. Van desde los enterrados en el suelo hasta los que se activan por un mando a distancia (una radio, un 'walkie-talkie', un teléfono móvil, un buscador, un dispositivo para abrir la puerta de un garaje), pasando por los que precisan de un cable que encienda la chispa que lo detone.

El modo de operar suele repetirse. Los IED se emplazan en una vía por la que se mueven vehículos o tropas a pie y, llegado el momento, se hace explosionar el ingenio. Si la ruta es imprevisible o el objetivo es un puesto de control, un suicida hace explotar su carga. Los explosivos se colocan al borde de la carretera y pasan desapercibidos. A veces se camuflan en escondites insólitos, como animales muertos o basura apilada.

En Hoyo de Manzanares, donde está alojado el Centro de Excelencia contra los IED (acrónimo de 'Improvised Explosive Devices'), hay toda una exposición del horror con objetos que han sido inutilizados por artificieros. Una roca trampa de cartón piedra, minas contracarro TC-6 italianas, una mina antipersona de salto Valmara... Son las piezas de este singular museo.

Entre las tecnologías que figuran en la detección de explosivos figuran los rayos X, radares y escáneres, pero también medios de toda la vida como perros adiestrados y los propios servicios de inteligencia de «fuerzas amigas». Para Corbacho a veces la actuación sobre el terreno de los servicios de inteligencia y las entrevistas con testigos de la explosión, así como la recogida de muestras y del ADN de las víctimas, son tan o más importantes que la más moderna tecnología. «Ésta por sí sola no basta. A ETA no se la venció con la tecnología, sino a través de otra serie de acciones».

En la detección de los IES son válidos diversos animales. Los delfines son especialmente hábiles para dar con objetivos ubicados en las profundidades del mar. Los denominados 'delfines nariz de botella' poseen una rara destreza para encontrar minas, hasta el punto de que lo hacen más rápidamente que las máquinas. Lo mismo ocurre con ciertos roedores. Las ratas gigantes de Gambia, del tamaño de un gato pequeño, aprenden deprisa y están dotadas de un olfato prodigioso para localizar cantidades ínfimas de TNT.

Medidas anticipatorias

Dentro la labor preventiva y de vigilancia, las Fuerzas Armadas siguen el rastro de las webs en las que se ofrecen instrucciones para crear estos artefactos. «Es preocupante. Seguimos toda esa información y la compartimos con nuestros aliados. Nuestro centro incluye la presencia de la Policía, la Guardia Civil, las Fuerzas Armadas y agencias internacionales. Lo importante es adelantarnos y tomar medidas anticipatorias», apunta Corbacho.

Con todo, a nadie se le escapa que cuanto más avezados y diestros son los grupos terroristas, mayor capacidad tendrán de emplear tecnologías emergentes y de incorporar diseños más sofisticados y difíciles de desactivar.

Por eso es preciso superar las reticencias a compartir información. En un artículo en la revista 'Ejército', el director del Centro de Excelencia contra los IED, el coronel Juan Enrique Gómez Martín, se muestra partidario de evitar «regulaciones exageradamente proteccionistas cuando se trata de enfrentarse a criminales».

Todo el territorio de Irak es un vivero de explosivos artesanales. Según las estimaciones de una agencia de Departamento de Defensa de EE UU, se calcula que en el país ha habido 11.500 detonaciones, que han causado 35.000 víctimas.

En la segunda guerra de Irak se usaron estos artilugios de manera tan habitual que a finales de 2007 fueron los causantes de cerca del 63% de las muertes en el país. También fueron utilizados por grupos insurgentes en Afganistán, lo que ocasionó el 66% de las bajas de la coalición. Por añadidura, se estima que este tipo de bombas provocan más de 51.000 muertos al año en el mundo y decenas de miles de incidentes.

La labor del Centro de Excelencia contra los IED, que algunos definen como el 'CSI español' en lo que atañe a los artefactos improvisados, consiste «en localizar a los financiadores, reclutadores y entrenadores en la fabricación de las bombas», en palabas del teniente coronel Corbacho.

Dentro de las grandes ciudades que se han liberado del yugo medieval del ISIS, las tropas españolas se han dado de bruces contra toda una industria de la muerte y la mutilación. Las redes yihadistas han tenido factorías en Francia, desde donde se despachaban las bombas a las zonas de conflicto. Por eso cuando se habla de artilugios 'improvisados' hay que tentarse la ropa. A veces no son ingenios tan rudimentarios y chapuceros como se cree.

Es verdad que a veces se emplean materiales asequibles, como fertilizantes, pólvora o agua oxigenada. Pero no menos cierto es que en la clasificación de los IED se incluyen mecanismos tan dispares como las bombas de tubo, los cócteles molotov o los coches bomba. Un letal instrumento de triste recuerdo en España y que no tiene detrás a un advenedizo.

Definitivamente,la guerra ya no es lo que era. Gracias a drones teledirigidos y pertrechados de explosivos han caído los principales líderes de Al-Qaida, de los talibanes y del ISIS. Estos aparatos ya no son monopolio de los ejércitos regulares y los estados. La alianza entre explosivos caseros y drones supone una nueva arma para los terroristas.

De hecho, los drones ya son empleados para transportar droga. Burlan las fronteras gracias a la dificultad para detectarlos por su pequeño tamaño. En la guerra no convencional, el dron es una herramienta barata. «El adversario no entiende de fronteras ni regulaciones, actúa a la velocidad de Twitter y su zona de operaciones y abastecimiento de materiales y personas es todo el mundo», subraya Gómez Martín.