Josep Vicent, la batuta prodigiosa

Josep Vicent, el genio de talla internacional que rompe tópicos./Rafa Molina
Josep Vicent, el genio de talla internacional que rompe tópicos. / Rafa Molina

Antes de decir que no te cambiarías por nadie, piensa en este joven director de orquesta. Su prestigio mundial no le impide saborear la vida, ir de un concierto a otro a bordo de su velero o sobre una Harley. Espíritu viajero, ha inyectado un chute musical a Alicante e incluso hizo cine. ¿A quién no le gustaría ser cómo él?

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Experimento cierto pesar cuando leo o escucho a la gente responder a la pregunta de «¿usted se cambaría por alguien?» con un categórico «no». Supongo que defender sus rutinarias, acaso grises vidas, se lo toman como una cuestión de orgullo de patria chica. Yo, en cambio, me cambaría por mucha gente. De los que se marcharon, sin ir más lejos por Paul Newman. Qué manera tan noble de envejecer, y no como el actual caracartón de Robert Redford. De los de ahora, por Ryan Gosling. No sólo protagoniza la esperada continuación de la mítica ‘Blade Runner’ sino que además comparte la vida y el lecho con Eva Mendes, ahí es nada. Y de los de nuestro terruño, sin dudarlo, me cambiaría por Josep Vicent. Pero a ciegas. Pero ya mismo. Es alto, es guapo, destila carisma, talento a raudales, sentido del humor y no se imaginan cómo vive y cómo goza dedicándose a lo que más le gusta.

En su calidad de músico y director de orquesta su currículum apabulla y necesitaríamos unos cien folios para aproximarnos a su lado profesional. Baste incluir aquí sus colaboraciones con la Belgian National Orchestra, la Rotterdam Philharmonic, la Orquesta Nacional de Chile, la Orquesta de Barcelona o la London Symphonic Orchestra, por citar tan sólo unos brevísimos ejemplos. Se graduó cum laude en el conservatorio de Alicante y en el de Ámsterdam. Su consagración demarró al frente de la Amsterdam Percussion Group. Ha viajado por todo el mundo sin eludir puntos calientes en situaciones harto conflictivas pues cree en el poder balsámico de la música y, además, detallazo de enorme buen gusto, mantiene su cuartel general en Altea. Pero esto no sería suficiente para cambiarme por alguien. No. Y es que hay más, mucho más. Recuerdo que, hace unos años, fui a visitarle cuando estaba de paso por Valencia en misiones de trabajo para aprovechar su fértil charla. ¿Nos citamos en un bar, en mi casa, en un parque? No, nos encontramos en su pequeño y marinero velero atracado en la Marina. Sí, eso es. Para escapar de ese toque impersonal que mana de los hoteles, cuando Josep Vicent debe dirigir una orquesta situada en un punto del Mediterráneo, si el tiempo lo permite, en vez de viajar en coche o en tren, agarra su petate, su batuta, las provisiones, la brújula, el astrolabio y se lanza al mar patroneando su embarcación. De ese modo se siente como en casa y nos recuerda al caracol que se traslada con su hogar a cuestas. La estampa no puede resultar más peliculera: joven director de orquesta en pleno machihembramiento con lobo de mar. Ese toque sería invencible si no fuese porque para desplazarse por Alicante galopa sobre los lomos de una Harley-Davidson. ¿Se puede ser más molón, maldita sea?

Es apuesto, divertido, brillante, carismático y muy de su tierra, con Altea como cuartel general

Con Josep Vicent, queremos decir, se quiebra el tópico (por otro lado falso) de la presunta sosería que acompaña a los que militan en el bando de la música clásica. Se puede proyectar un prestigio mundial y no por ello renunciar a placeres mundanos que redondean las jornadas. Y entre recorrer el asfalto sobre una motillo casposa o sobre una señorial Harley, convendrán conmigo que mejor lo segundo. Y si aquí irrumpiese un envidioso al grito de «claro, con dinero los caprichos se consiguen», le recordaríamos cariñosos que a Josep Vicent nadie le ha regalado nada en su vida y lo que ha obtenido es fruto de su esfuerzo, de las infinitas horas de estudio, de sus inquietudes multidisciplinares y de su innegable genio a la hora de dirigir, interpretar y componer.

Creó la banda sonora de ‘Martín i Soler’, ese compositor valenciano que yacía en el baúl de los recuerdos hasta que el propio Josep Vicent y el cineasta Miguel Perelló lo recuperaron para una película donde Toni Cantó encarnaba al admirable maestro valenciano. Aprovechando la apostura de nuestro personaje de hoy, Perelló le dio el papel de Casanova en el film. Josep Vicent lo bordó y además sus amigotes nos echamos unas risas al observar lo bien que le sentaba el rol.

Pero pese a sus viajes, desde Uruguay hasta Sudáfrica, insisto en su pasión hacia nuestra Comunitat, de ahí que, ahora mismo, haya inyectado a la ciudad de Alicante un chute musical de primera categoría desde su puesto de director artístico y director general en el ADDA, el auditorio de la Diputación. Con un presupuesto angosto pero toneladas de ilusión y trabajo ha logrado tejer una programación de alto nivel ofreciendo 160 conciertos al año. De dónde saca las energías y las horas este hombre es un misterio que algún día la ciencia desentrañará. Josep Vicent, en estos tiempos de aldeas y tribus, de jíbaros y sátrapas, es un pata negra valenciano de amplias miras y grandes horizontes que sigue con los pies enraizados en nuestro paisaje. Habla un valenciano sin fisuras y natural amén de dominar el inglés y otras cuantas lenguas. Ojalá contásemos con más tipos como Josep Vicent en otros muchos campos de nuestro paisanaje. Todos ganaríamos ¿Qué si me cambiaría por él? Pues claro, ¿usted no lo haría? ¿Barco, batuta y Harley? Joder, menuda mezcla atómica...

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