La nueva Imelsa cree que el exdirector financiero formaba parte de la trama

El exdirector tras declarar en la Ciudad de la Justicia. / Damián Torres
El exdirector tras declarar en la Ciudad de la Justicia. / Damián Torres

Divalterra recurre en el juzgado el archivo de las actuaciones contra Montblanc por el desvío de 60.000 euros de un contrato inexistente

A. Rallo
A. RALLOValencia

Divalterra, la nueva Imelsa, ejerce un papel activo en la recuperación del dinero que salió desde la empresa pública a intereses privados. El primer asunto de corrupción de la empresa pública -se instruye al margen de la causa general y sus piezas separadas- se cerró con el procesamiento del exgerente Marcos Benavent y un empresario. El juez sostenía que se habían malversado 60.000 euros en un contrato ficticio en Llutxent.

La acusación de Divalterra está de acuerdo con la esencia del relato incriminatorio, pero no con el archivo del caso para uno de los investigados: el director financiero José Enrique Montblanc. Sostienen que formaba parte esencial de la trama y que sin su cooperación no hubiera sido posible autorizar el pago de las facturas ahora cuestionadas. Por eso, piden al juez que rectifique e incluya al exdirectivo entre los procesados para llevarlo a juicio.

La sociedad recopila las declaraciones de varios testigos que supuestamente demostraron el control que ejercía Montblanc sobre el pago de las facturas. No era su labor una tarea puramente mecánica sino que debía vigilar las salidas de dinero. Él, que llegó a la empresa de la mano de Benavent y que cobraba más de 4.000 euros al mes, confeccionaba los pagarés para que se efectuaran los pagos con independencia de que se tratara de contratos exentos de licitación por su cuantía.

La acusación cree que el fraude no hubiera sido posible sin la colaboración del directivo

Divalterra sostiene que el delito se cometió por la «actuación concertada» del empresario, Benavent y Montblanc. Llama la atención acerca de los pagarés, que llevan números correlativos aunque se hicieron constar distintas fechas, en concreto, diez días de diferencia. Todos vencían el mismo día, en enero de 2013. Todo esto demuestra «el concierto entre el emisor de las facturas y de los pagarés», siempre según la acusación particular.

Además, fueron cobrados por una empresa diferente a la que supuestamente hacía los trabajos, pero de la que también era socio el empresario procesado. Este aceptó en su día devolver el dinero en pagos mensuales. El escrito de la sociedad recoge que el director financiero nunca hizo gestiones para comprobar la verdadera ejecución de los servicios. Se autorizaron los pagos «sin la correspondiente certificación de obra y sin el visto bueno del supuesto jefe de obra». De hecho, ni existía esta figura.

La empresa pública admite ante el juez que en la época de Montblanc era relativamente sencillo sustraer los caudales públicos «pues solamente se recibía la factura y se pagaba sin comprobación ni aplicación de ningún control». Esta circunstancia resulta «inaceptable» en una gestión «mínimamente diligente». Desprecia la empresa que no existiera licitación en el supuesto analizado y concentra su acusación en las irregularidades en el proceso de ejecución y pago.

Ahora, según explicó el actual director financiero en sede judicial, los nuevos protocolos de seguridad hacen imposible que esto suceda. Por ejemplo, se requiere de un informe de necesidad sobre cualquier actuación y un informe técnico que valore si las compras son objeto de la sociedad. Ahora, la decisión se encuentra en manos del juez. En el auto recurrido, el instructor subrayaba que ese refuerzo de la vigilancia todavía no se había producido. Divalterra podría recurrir ante la Audiencia si el instructor mantiene su tesis inicial de exculpar a Montblanc.

No es la única irregularidad que se investiga en los juzgados y que tiene como punto neurálgico la empresa Imelsa. Otro juez analiza la contratación de zombies -personas que cobraban una nómina sin realizar ningún trabajo- y también facturación ficticia de las mercantiles en la órbita de Marcos Benavent a la hoy rebautizada como Divalterra.

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