Las Provincias

Raúl Ivars: «Acceder al trinquet es más barato que una entrada de cine»

Raúl Ivars, en la puerta que hay en la muralla que da acceso a la cancha de Pelayo.
Raúl Ivars, en la puerta que hay en la muralla que da acceso a la cancha de Pelayo. / Irene Marsilla
  • «Los jugadores no especulan con la apuesta y eso es un gran avance. Se preparan físicamente más que nunca, pero sólo viven la partida», afirma el trinqueter de Pedreguer

  • «Esto podría ser un negocio si vinieran 300 personas a un precio digno. En Pedreguer asisten unas 80 o 90», subraya

«Aquí me siento más a gusto», razona Raúl Ivars cuando explica por qué prefiere conversar dentro del trinquet en vez de en el ambiente más cálido del bar. «¿Por qué me enamoré de la pilota? No lo sé, es que no tiene explicación. También tenía una bicicleta vieja y al final la dejé de lado», reflexiona. Lo dice un rato después de que narrase la aventura de más de tres décadas que le ha conducido a gestionar la cancha de Pedreguer. «Entré por primera vez a un trinquet en Xaló. Mi madre es de allí y mi padre, de Benissa. Yo seguí a un río de gente que pasaba por delante de casa. Cuando llegué al pasillo que da acceso y vi una luz... ¡bua! ¡Me quedé alucinado con aquello!», relata: «¿Me enamoré del ruido, de la gente, de todo». Raúl quería jugar a pilota: «Íbamos por ahí con una pelota de tenis. Hacíamos como que nos enrollábamos la mano con los trozos de esparadrapo que dejaban los profesionales y los aficionados». Llegó a disputar partidas de juvenil, aunque el servicio militar le hizo olvidar su sueño.

En cierto modo, Raúl Ivars nunca ha estado desvinculado de la pilota a mano. Organizó su primera partida de profesionales en 1995, cuando gestionó el bar de Benissa. Fue una ruina, pero volvió a intentarlo en 2005. «En 2006 estuve dando vueltas por el mundo», comenta. En sus viajes ha observado a niños jugando a bridge y ha disputado partidas de frontón en Brasil o la India: «Las arreglaba como se hace en el trinquet. Yo le daba con la mano y mi rival tenía raqueta, pero en la mano izquierda».

Hace tres o cuatros años se cansó de viajar y una tarde, estando con fiebre, le llamó Ribera: 'Raúl, Canana está mal, te necesitamos en Pedreguer'. Y ahí sigue. «Suena fatal decirlo, pero me siento un poco artista. Cuando hago algo es porque me motiva», comenta: «Yo no estoy en el trinquet para ganar dinero, tampoco quiero perder. Independientemente de eso, estoy a gusto».

Lo demostró el pasado 6 de diciembre con el acto de celebración del 40 aniversario del trinquet de la Marina Alta. Tras los parlamentos y cuando se estaban presentando las partidas, Raúl Ivars se arrodilló delante de los pilotaris profesionales, al fin y al cabo, los protagonistas del espectáculo. Se percibió un gesto sincero: «Hice lo que sentí».

Aquel día sirve para entrar a analizar la actualidad de la pilota. Como empresario, ¿puede ser el trinquet un negocio? «Podría serlo, pero con 300 personas pagando entradas dignas. Ahora cobramos menos que en el cine, que está en decadencia por internet», señala: «En Pedreguer cobramos siete euros, seis a los jubilados. Subimos uno más si vienen primeras figuras. La tónica es que asistan entre 80 y 90 personas. Hacer eventos, eso puede ser un negocio. Yo lo tenía hace 12 años en Benissa, porque la muralla estaba llena de carteles», especifica.

Ivars se refiere también a las apuestas, que parecen en una decadencia definitiva. «La postura es la salsa de la pilota, al menos en los lugares como la Marina donde hay tradición. Las apuestas pueden ser un negocio, pero han de cambiar muchas cosas». Lo dice después de haber hablado de la relación de las apuestas y el desarrollo de las partidas: «Ahora los pilotaris no especulan y eso es un gran avance, ha desaparecido esa suspicacia de cómo poder sacar 1.000 pesetas más... Los jugadores están físicamente más preparados que nunca, se están profesionalizando pero, y hablo en general, se acercan menos al trinquet. Sólo viven el momento de la partida y yo creo que la pilota es mucho más que ese instante».

El trinqueter de Pedreguer medita cada respuesta. Se resiste a generalizar: «Es que todo el mundo quiere salvar la pilota, pero desde un punto de vista global. Cada pueblo es un mundo». No ve, en cambio, un problema, que haya tantas modalidades: «¡Qué va! La esencia es esa. Cualquier jugador, lo primero que hace es meterse la pelota en el bolsillo y lanzarla contra una pared. Nunca he visto a tantos niños jugando. Estaba todo dividido, a ver cómo lo volvemos a unir. Para mí, si no estás jugando, el sitio es los sábados por la tarde en Pedreguer».

No es su conclusión, pero durante la charla pronuncia una reflexión que sí puede servir como tal. Aunque pueda sonar a utopía: «Mi visión es no dividir, tratar de juntar. Tener a todos contentos es imposible. Yo voy haciendo cosas...».

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