¿SALVEM EL METROPOL?

PABLO SALAZAR

Si en la ciudad de Valencia siguiera gobernando la derecha, como durante los veinticuatro años anteriores a las elecciones municipales de 2015, a estas alturas ya tendríamos montado un Salvem el Metropol al que se habría sumado la cultureta progre con el ardor y el fervor acostumbrado en estas ocasiones. Nos hablarían del monumento que se va a perder, de la herida en la memoria colectiva, de una nueva cicatriz en el maltratado tejido urbano, del capitalismo salvaje que no mira por el patrimonio histórico y que arrasa con todo con la connivencia de gobernantes corruptos, del desastre de perder uno tras otro todos los viejos cines. Firmarían manifiestos, se concentrarían ante las puertas del inmueble, acudirían a los plenos del Ayuntamiento con camisetas de 'Salvem el Metropol', pedirían intervenir para tratar de parar la decisión municipal y con un poco de suerte hasta conseguirían que fuera de Valencia los medios de comunicación españoles e incluso extranjeros les hicieran caso, que para eso hay una internacional progresista de lo políticamente correcto que se ayuda mutuamente. Pero el Metropol, pobrecito, ha cometido varios pecados, por lo que difícilmente va a poder salvarse. El primero, claro, es que ya no gobierna la derecha sino la izquierda y el nacionalismo, y si la izquierda y el nacionalismo dicen que ese cine no merece conservarse pues eso va a misa, nunca peor dicho. Da igual que se hayan mantenido en otros barrios conjuntos y elementos arquitectónicos de mucho menor valor. Los técnicos, los expertos, han hablado y han sentenciado a muerte otra obra de Javier Goerlich. El segundo pecado es que el viejo cine está en el Ensanche, zona de ricos, votantes en su mayoría del PP, gente por lo tanto sospechosa, nada que ver con el Cabanyal o con Benimaclet, territorios en donde esa misma izquierda y ese mismo nacionalismo que dan la espalda al Metropol se sienten más a gusto, como en casa. Tampoco con la batería de marquesinas de la EMT emplazada justo enfrente del antiguo convento de Santo Domingo, en la plaza de Tetuán, vieron inconveniente los técnicos de la Conselleria de Cultura, los mismos que hace años ponían pegas al mobiliario urbano que tapaba monumentos. Se ve que aquí no oculta nada, según su particular criterio. El tercer pecado del Metropol es que se trata de una obra de Javier Goerlich, Javier, no Xavier, arquitecto que desarrolló gran parte de su carrera durante la dictadura franquista, poco apreciado y hasta ninguneado por esa misma cultureta que pone el grito en el cielo ante cualquier pérdida patrimonial. Y su último pecado es que quienes han salido en su defensa no son de la cuerda, no son «de los nuestros» (de los suyos). Pobre Metropol, que no tiene un Salvem políticamente correcto.

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