La postverdad, en manos del soberanismo

ANTONIO PAPELL

El término postverdad hace referencia a aquella información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, «sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público». El concepto viene al pelo para describir el reguero de sensaciones que ha seguido, en el plano nacional y en el internacional, a los infaustos sucesos del 1-O, que objetivamente podrían definirse como la respuesta policial a grupos sediciosos que, en flagrante violación del ordenamiento constitucional, pretendían infringir la ley y subvertir el orden establecido procurando por métodos ilegales la independencia de un territorio español.

Enrique Dans, buen conocedor de la psicología de masas en esta era de Internet, ha explicado perfectamente cuál era la estrategia de los soberanistas, planeada minuciosamente durante meses, y cómo la otra parte -el Estado- cayó en la trampa.

Claramente, se trató de una provocación, minuciosamente urdida por todos los actores del independentismo. El objetivo principal era conseguir que a media mañana del primero de octubre se produjeran espectaculares cargas de policías y guardias civiles sobre las concentraciones de votantes que, al contrario de lo convenido, no habían sido impedidas por los mossos d'esquadra a primera hora. Las fotografías y filmaciones de tales cargas serían los elementos destinados a cambiar el rumbo de la historia: a los pocos minutos, ya estaban en los medios de comunicación de todo el mundo. Según aquellas imágenes, los demócratas catalanes eran vilmente aplastados por los brutales representantes de un Estado autoritario y primitivo. El relato que dio la vuelta al mundo fue la de la España guerracivilista y sanguinaria de las corridas de toros que una vez más se enzarzaba en violento fratricidio.

Y el relato tiene poco contenido más: una vez advertida Moncloa de que aquel despliegue resultaba inútil y estaba arruinando la imagen del Gobierno y del país mandó parar. Pero ya era tarde. Lo propios catalanes, horrorizados por lo que habían visto, cayeron en la trampa del odio y la detestación, y como a partir de entonces ya no hubo represión, las urnas se llenaron de votos de soberanistas convencidos y de soberanistas recién conversos por la brutalidad policial.

Por esta vía sutil de eludir decisiones políticas y de dejar un problema esencialmente político de tanta envergadura en manos de policías, jueces y tribunales hemos puesto a España en el disparadero. Tanto, que muchas personas creen que el problema, sencillamente, ya no tiene remedio. Y no lo tiene con seguridad si quienes, tras demostrar su incapacidad para cualquier diálogo constructivo y haber sido embaucados cual impúberes canéforas por los independentistas, no recapacitan cuanto antes o, en su caso, no ceden el paso a gentes más audaces, mejor preparadas y con una visión más moderna y cultivada de la realidad.

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