LIVERMORE NO ERA DE LOS SUYOS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Lo sorprendente no es que Davide Livermore haya dejado la dirección artística del Palau de les Arts, lo realmente extraordinario es que haya aguantado tanto tiempo con un Gobierno autonómico -el del Consell del Botànic- y un conseller de Educación y a ratos de Cultura -el nacionalista Vicent Marzà- que claramente no estaban en su línea ni formaban parte de su universo vital, intelectual, artístico. Para la peculiar, sectaria y ruralizante forma de entender la cultura que tiene Compromís -esa explosiva mezcla de nacionalismo de campanario de aldea e izquierdismo rancio y pretendidamente superior moralmente a sus adversarios-, Livermore era un extraño, una herencia no deseada del pasado, aunque llegara al cargo en la etapa final del PP. No era uno de los suyos, por lo que antes o después había que deshacerse de él o tensar la cuerda hasta tal punto que no le quedara más remedio que ser él quien la rompiera, quien dijera hasta aquí hemos llegado, lo dejo, me voy. Si hace poco comentábamos la tirria del tripartito municipal hacia el glamur urbano y cómo se ha ensañado o tiene previsto hacerlo con espacios de la ciudad cuidados durante la anterior etapa (como el eje Poeta Querol-Marqués de Dos Aguas, el entorno del Westin o la plaza del Ayuntamiento), qué menos podemos decir de la aversión de Marzà hacia todo aquello que se escape de una visión que no ve más allá de los països catalans y que en el caso valenciano -la ‘lebensraum’ del catalanismo- tiene su particular santísima trinidad en Joan Fuster-Vicent Andrés Estellés-Raimon. Todo lo que se salga de ahí, lo que no beba en esas fuentes, les resulta incomprensible, ajeno, molesto incluso. Si encima viene revestido de un cierto elitismo en esferas internacionales que ni controlan ni les interesan, entonces directamente les repugna. La cultura, ahora, es otra cosa, mucho «pais de llibres», la ensoñación de Almansa y los Fueros perdidos, autores y grupos que cantan en valenciano (normalizado, por supuesto) o directamente en catalán, qué más les da, el Micalet, Acció Cultural del Pais Valencià, el tabalet y la dolçaina, los correfocs, la muixeranga, Escola Valenciana, los mercadillos de productos autóctonos, el eterno viaje de regreso a la república y la santísima trinidad Fuster-Estellés-Raimon. Esa es la vía del éxito, mientras que salirse de la misma condena al fracaso, al ostracismo, a un lento pero concienzudo acoso y derribo que acaba con la voluntad del rebelde frente a lo cultural y políticamente correcto. Sencillamente, Livermore no era uno de los suyos, sobraba, estaba de más. Demasiado glamuroso para el gusto imperante en la conselleria, demasiado cosmopolita. Seguro que en ‘la cuarta provincia’, el territorio natural de Compromís, hay alguien mejor.

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