La batalla del barro

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

A los doce años, el pequeño dibujante tenía vacaciones escolares a pesar de que el calendario estaba consumiendo los últimos días de octubre. Muchas y muy trágicas circunstancias se habían dado cita en la ciudad para que no hubiera escuela: el 14 de octubre de 1957 Valencia había sufrido una riada memorable y el caos se había apoderado de cualquier atisbo de normalidad. De modo que entre las docenas de casas que se habían venido al suelo a causa de la inundación, una había cortado con montones de escombros la calle de Carniceros, donde estaba su escuela. Además, el colegio de los Escolapios había sido convertido en improvisado refugio de personas sin techo y centro de distribución de socorros.

El pequeño dibujante pasó un par de días en casa, asustado por lo que oía contar a los mayores y lo que las emisoras de radio difundían. Pero no mucho después fue autorizado a salir a la calle para ver el espectáculo de una ciudad invadida por más de medio metro de barro sobre el que miles de personas chapoteaban con palas, cubos, cepillos y cualquier herramienta disponible. Llegaron soldados por docenas a bordo de muchos camiones. Y la gente, sobre todo los hombres, jóvenes y mayores, desarrollaron duras jornadas de batalla contra el barro.

La tienda de tejidos de la calle de los Ramilletes, 6, donde trabajaba el padre del estudiante sin escuela, fue una de las cien reventadas por la inundación; de modo que las ocho horas diarias de atenciones a las señoras que compraban sábanas y sedalinas fueron sustituidas por diez o doce horas de pala y escoba en contra de un barro que se volvió arcilla en pocos días y luego se transformó en un polvillo rojizo que levantaba nubes al paso de los viandantes. El chaval, que vivía en la calle Turia, sentía que estaba viviendo algo muy importante, un espectáculo que merecía ser contado, retenido en la memoria para siempre, fotografiado. Era preciso verlo y asimilarlo todo. De modo que sus salidas fueron menudeando y haciéndose cada día más atrevidas en la distancia.

Un día fue a la plaza de Sant Jaume, donde le sorprendió ver barcas planas de la Albufera con la quilla al aire. Otra excursión le hizo entender qué fétidos pueden ser docenas de sacos de maíz mojado y fermentado en una lóbrega planta baja. La Glorieta, descubrió un día, solo mostraba los respaldos de los bancos sobresaliendo de un suelo que se había elevado. Barriles y mostradores, sillas, ropa, colchones y neumáticos: en las plazas se encendían piras y las mujeres hacían discretas confidencias sobre el drama de una portera en una planta baja.

El cauce del río y los puentes, los jardines y los callejones, todo de color marrón, eran un escenario donde soldados y paisanos luchaban, armados de picos y palas, por poner orden en el caos. Y un día, el pequeño dibujante se dio de bruces con una escena que jamás ha podido olvidar: formados y alineados, en descanso después de un duro día de faena, allí estaban, a ambos lados de la Alameda, docenas de camiones basculantes, volquetes, traillas, empujadoras y excavadoras.

Dominaba el color amarillo de la Caterpillar y en muchas puertas estaba pintada la bandera americana: las máquinas habían dejado de trabajar en las explanaciones del Plan Badajoz y se habían trasladado a Valencia.

Para un niño de doce años, la fascinación superaba a la de cualquier película o tebeo de hazañas bélicas. Con lo que tenía, una libretilla y un lápiz, el pequeño dibujante se puso a trabajar, a tomar apuntes y notas, a captar y retener lo que tenía ante los ojos. Su trabajo llamó la atención de un fornido hombre negro con mono de faena, que debió hacer una pregunta en inglés. El pequeño dibujante, azorado, explicó lo evidente:

- Es que no quiero que esto se me olvide...

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