LES ARTS

No hay duda sobre el modelo de gestión que se va a dar a un centro de ópera nacido para competir en el mundo

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Cuando se exprime el limón, cuando se quiere entender a través de un esquema, los modelos internacionales de alta dirección de centros operísticos -y artísticos en general- se reducen a dos: el de mercado y el funcionarial. Podría haber puesto el capitalista y el socialista, pero confío plenamente en el lector, que sabe discernir entre un sistema donde abunda el contrato abierto, la puja por los mejores, el mecenazgo y la libertad de acción, frente a un sistema que sin ser el soviético del viejo Bolshói, prima el modelo funcionarial, la antigüedad y el escalafón, un quietismo burocrático y el alquiler de producciones frente a la venta de creaciones propias.

Sin embargo, España es tan diferente en algunas cuestiones culturales, que un director artístico contratado para trabajar en Valencia aterriza, nada más llegar, sobre la absoluta aberración de que lo que cobra se está comparando con lo que gana el presidente de la Generalitat. Establecido como modelo el de las castas administrativas, resulta que los artistas son equiparados a los altos cargos políticos y sometidos a reglas que nada tienen que ver con el mercado internacional en el que se mueven.

Hay reglas estrictas, a Livermore se le ha impedido seguir haciendo cosas en Italia... Y se va, quiere la libertad que la Inquisición valenciana no le da. El asunto no es nuevo. Cuando María José Catalá creó CulturArts para aglomerar todos los centros artísticos regionales fue inexcusable dejar fuera el Palau de les Arts, porque sin duda era «otra cosa», un buque demasiado grande, demasiado especial para ponerlo en la misma dársena que los tres teatritos que llevan el veterano nombre de Principal. Y este Gobierno, atravesada la austeridad y el ERE, da muestras sobradas de que tampoco sabe muy bien qué hacer con el enorme juguete que Francisco Camps creó -como hizo con la Fórmula 1- para que compitiera abiertamente con los más grandes de Europa y del mundo.

¿Fue demasiada ambición? Si uno trabaja con Calatrava como arquitecto no puede aspirar a menos: viene obligado a competir en la división de honor. Pero también es muy cierto que pasados los amargos episodios del ascensor, la inundación, la crisis económica y la borrasca de Helga Schmidt, que no es poca cosa, el llamado «coliseo valenciano» estaba desde 2016 en una etapa de resurgimiento, positiva y brillante... que le llevaba a ser, ay, lo peor que se puede ser en Valencia sin grave peligro: un símbolo vivo de algo que la derecha no ha hecho mal del todo.

No hay duda sobre el modelo de gestión que el gobierno del Botánico prefiere: que lo del PP no sobresalga. Habrá un director artístico y un director general. Y el esquema no estará completo, tras los concursos y recursos pertinentes, hasta el 2019. Lo que falta saber es si va a ocurrir lo que Livermore, Domingo y Biondi han advertido: que se implantará el modelo funcionarial radical y les Arts dejará de brillar.

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