La ciudad que nadie quiere ver

Un millar de personas viven en la periferia olvidados por Valencia. Cerca de 140 asentamientos se reparten en las zonas más degradadas sin condiciones mínimas de habitabilidad

Solar. El abandono se aprecia en los solares con almacenes y naves en ruinas. /
Solar. El abandono se aprecia en los solares con almacenes y naves en ruinas.
MAR GUADALAJARA

La tierra en Valencia es fértil y generosa, por poco que la cuides te puede regalar lechugas. En la pedanía de La Punta, con la Ciudad de las Artes y las Ciencias de fondo, el mural del artista urbano valenciano Escif, retrata una realidad: 'Hay lechugas'. Otra cosa muy diferente es que alguien las vea. La calle Jesús Morante y Borrás está rodeada de campos de huerta, muchos de ellos abandonados, arrastrados por la degradación de la zona. Siguiendo por el camí del Caminot y antes de llegar a la carretera de Roches, malviven José y su familia desde hace siete años. A ellos tampoco les ven. Un millar de personas residen en los arrabales olvidados por la ciudad en 138 asentamientos.

Cruzando una gran explanada de gravilla, a lo lejos se puede ver la casa que habita José. Vivienda por fuera; con goteras, humedades y sin electricidad ni agua, por dentro. Desde un agujero abierto en la pared, lo que sería la ventana, puede controlar todo su arsenal de chatarra: bártulos, trastos y cachivaches de todo tipo. Como él y su familia viven al menos otras cinco en este remoto lugar al que la ciudad da la espalda. Más de seis viviendas conforman su comunidad. Algunas en ruinas, otras a medio derruir. Como inquilino figura sólo uno de los vecinos, que según explica José «paga el alquiler de todos los demás». El propietario sabe cómo viven y cuántos son. Se rumorea que pronto volverá. «No sé que haremos entonces», dice.

Matorrales. Francisco vive en unos terrenos que pertenecen a la Ciudad de las Ciencias.
Matorrales. Francisco vive en unos terrenos que pertenecen a la Ciudad de las Ciencias.

Entre la chatarra y el campo corretean los niños y juegan con el perro de otra vecina. A otros dos más aún les llevan en brazos. Por la mañana son las mujeres, los niños y José los que están por allí. El resto de hombres se han ido a trabajar, pues la mayoría se dedican a recoger chatarra. «Casi nunca estamos en casa, nos vamos con los niños pero lo peor siempre llega por la noche», cuenta Noelia, la hija de José. Porque cuando oscurece el lugar se transforma en una ciudad sin ley.

En el distrito de Quatre Carreres se concentran hasta una veintena de campamentos

«Tenemos miedo porque esto está muy alejado, llegamos cuando ya está a oscuras. La mayoría se emborracha, saca armas, navajas y hasta pistolas. Se pelean entre ellos, no hay quien les pare, nadie puede con ellos; sobre todo lo paso mal por los niños», relata Noelia, que indica el lugar donde se encuentra «otro poblado», como ella los llama. En más de una ocasión ha tenido que llamar a la policía.

De Rumanía

Justo detrás de donde duermen se puede ver el asentamiento de chabolas de inmigrantes procedentes de Rumanía. Están de luto por la pérdida de Marta, la pequeña de dos años que fue atropellada por el conductor de una furgoneta hace unos días.

Subsisten con la corta pensión que le queda a José. Aunque desde lo ocurrido han recibido más visitas, aseguran que nadie les controla. Se quejan del abandono que sufren y del mal estado de la zona. «Los servicios sociales saben que estamos aquí porque tenemos la documentación y estamos empadronados, somos de Valencia», asegura Noelia. Ella misma reconoce las malas condiciones. «Mi hija tiene asma y yo también, las humedades no ayudan. La casa por dentro está muy mal, aunque arreglamos algunas cosas pero cada vez está peor».

Mural. El artista urbano Escif retrata la degradación de la zona a través de varios murales.
Mural. El artista urbano Escif retrata la degradación de la zona a través de varios murales.

Sus rostros cambian al llegar un coche del que bajan tres hombres de particular que se identifican como agentes de policía. Tras hablar con las familias rumanas del asentamiento chabolista, llegan a las casas en ruinas y piden la documentación a los que se encuentran allí. Tras el suceso, la tensión se palpa en esta zona límite de la ciudad.

La mayoría de las familias se instalan junto a campos de huerta abandonados

En el distrito de Quatre Carreres se concentran la mayor parte de los habitantes invisibles para Valencia. Son 90 familias, más de 260 personas están en «situación de vivienda precaria o infravivienda», tal y como acuña el Ayuntamiento. Los últimos datos recogidos por el censo municipal de vivienda precaria apuntan a que este barrio se podría considerar una de las zonas más candentes de la ciudad.

Se han acostumbrado a estar al margen. Saben que resultan incómodos para los vecinos, para las administraciones y para la convivencia en los barrios. Por eso asumen su papel. Tienen tan aprendido cual es su lugar entre la sociedad que han dejado de caminar de puntillas y ahora andan por libre. Algunos hacen de su situación un estilo de vida.

Vida nocturna

«Vivo de noche y de lo que la noche me da», dice Francisco. Él, a sus 59 años, sale de noche y duerme de día. Nadie le presta ayuda pero dice que no lo necesita. Es de Palencia y vive desde hace más de 15 años en una chabola detrás del Oceanogràfic. «Por aquí se han pasado la policía y asistentes sociales para tenerme controlado, nada más», comenta. A pesar de vivir entre matorrales, se atreve a cocinar con leña los excedentes de un supermercado de barrio que le ofrece una señora. «Algún día me tendré que marchar porque este solar pertenece al complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias».

En el entorno del monasterio de San Miguel de los Reyes, en Orriols, ya no se esconden. En la avenida Constitución, junto al monasterio, hay cerca de cinco construcciones en ruinas entre casas y almacenes. Algunas totalmente inservibles pero al menos a tres de ellas les han sacado rendimiento.

«Los servicios sociales saben que vivimos aquí porque estamos empadronados», dicen

Paseando por la calle se puede ver a una familia descargando chatarra en una de las naves abandonadas. Un vecino accede a los restos de lo que fue el 'Bar-Cervecería José', ahora con las ventanas tapiadas y la fachada muy deteriorada. Por una pequeña puerta accede al piso de arriba, donde en el balcón asoman tendidos algo de ropa y una toalla. Los vecinos transitan por la acera donde todo esto ocurre sin inmutarse. Entre campos abandonados y edificios destartalados, el barrio es otro de los núcleos con más familias en habitáculos que no reúnen las condiciones mínimas: cerca de 40 familias y más de 100 personas.

Campanar, San Marcelino, Patraix y Nazaret son otras cuatro cruces marcadas en el mapa que se puede trazar a través de los propios datos municipales recogidos por los servicios sociales. Entre los barrios suman 337 personas las que habitan en precario. En una explanada sobre la que cruza la V-30, tras el polígono Vara de Quart, están a la vista. Los niños juegan bajo un techado blanco y un par de mujeres sentadas alrededor de una mesa les observan. Tres hombres hablan a gritos cerca de un vehículo. Ellos no se esconden pero forman parte de la ciudad que nadie quiere ver.

ZONAS

Quatre Carreres.
Es la zona con más asentamientos chabolistas, son 25.
Orriols.
Junto a las más de 200 personas en esta situación de Quatre Carreres, éste es el segundo núcleo con más de 121.
Campanar.
En el barrio hay 15 asentamientos y 47 viviendas ocupadas.
San Marcelino y Patraix.
Entre ambos barrios suman cerca de 200 personas, la mayoría en construcciones en ruinas.

José, La Punta: «Vivimos en un vertedero pero por aquí no viene nadie»

Nació en el barrio de San Isidro, aunque recuerda a la perfección que le bautizaran en la parroquia de San Valero en pleno Ruzafa. La vida y alguna que otra mala decisión, le dejaron en la calle. Junto a su mujer y a su hija ha ido a rastras, tratando de subsistir.

Tras la muerte de su mujer tuvo que dejar su antigua vivienda en el barrio de la Fuente de San Luis y, junto a su hija, se instaló en La Punta. «Al principio vivíamos en otra pero cuando quedó libre ésta nos metimos en la parte de arriba, pero tenemos humedades y se pasa mucho frío», comenta, aunque se muestra reacio a mostrar el interior de la vivienda.

Enfrente, montañas de chatarra que él mismo, con al resto de inquilinos, han contribuido a alimentar. «Mira como esta esto, vivimos en un vertedero pero como aquí no viene nadie, da igual, esto no importa», dice haciendo aspavientos con los brazos.

Con los pies a rastras y andando muy despacio, llega hasta el lugar donde incendiaron parte de la chatarra. «No sabemos quiénes son, pero ya han venido varias veces. Queman las cosas y se van, dejan todo hecho un desastre, así está toda la zona», se justifica. José también se dedica a la chatarra; con la pequeña pensión y lo poco que saca, sigue ejerciendo como patriarca.

«Así es nuestra vida y así vivimos aunque hay gente que no nos quiere ni en pintura. Esa es la verdad», reflexiona este valenciano, sonriendo a pesar de todo.