CRÓNICAS MÍNIMAS

Kino cabeza de cono

El auge y decadencia del FIB a través de la vida de un adolescente homosexual que huyó de Almería, encontró en Benicàssim el amor humano y la pasión musical. Kino lleva una maceta roja de plástico en la cabeza y es cocinero en un restaurante luxemburgués de Berlín. Sí, existe ese tipo de cocina y sí, han pasado veinticinco años

Txema Rodríguez
TXEMA RODRÍGUEZ

Un hombre con un cono de plástico rojo en la cabeza. En cualquier otro lugar llamaría la atención, aquí, en el FIB, pasa desapercibido al lado de congéneres que lucen mini tangas de leopardo y escotes trazados con precisión de excavadora. Siempre hubo carne en abundancia, inglesa en las últimas épocas, purpurina, culos prietos, pechos sueltos y eso que ahora llaman outfits, que antes eran looks y para los hispanos siempre fueron pintas. Nuestras madres nunca nos hubieran dejado salir de casa con casco. A dónde vas con el calor que hace. Pero no se trata de un adorno cualquiera, sino de un homenaje a su grupo favorito, uno de esos que llaman de culto, Devo, una banda de Ohio que inició su carrera en 1973 formada por unos estudiantes que se salvaron de los disparos de la Guardia Nacional mientras protestaban por el bombardeo de Camboya en el campus de la Kent State University. Ha llovido desde entonces. Estamos ahora en Benicàssim tomando cerveza sobre un trozo de césped húmedo. El cono rojo se complementa con la verde hierba. Ahora un festival es poca cosa. Hay tantos. Y el recuerdo acude como un enemigo que huele la debilidad. Competir contra uno mismo, contra el «uno mismo» de hace veinticinco años, cuando éramos jóvenes y Raimundo tocaba «So broken» con Björk.

La historia de Kino, Joaquín en realidad, «Travisss» en internet, es una de tantas que discurren como un río paralelo al festival, un cuarto de siglo de auges y caídas hasta esta triste edición. Un relato que comienza en la Mojonera, un pequeño pueblo de Almería sitiado por invernaderos, sigue en El Ejido, pasa por Benicàssim y continúa en Berlín. La pasión por la música es herencia de sus padres, progres en un entorno familiar ultraconservador. Ellos iban a los conciertos de los Stones, Deep Purple o Dire Straits «pero siempre me dejaban en casa de la abuela», le prometían llevarlo la próxima vez pero nunca ocurría. Dos veces se quedó sin ir al Espárrago Rock. Una de ellas tocaba Neil Young. Pero los caminos de la pasión, alimentada por los fracasos y la soledad, se despejaron cuando su hermana anunció sus intenciones de veranear en Benicàssim con sus abuelos y unos familiares franceses y el chaval, un adolescente, se plantó en el festival con 25.000 pesetas en el bolsillo, una tienda de campaña, algo para fumar y la promesa de ir a comer a casa cada día. Había visto anuncios del FIB en la revista Rocksound (ahora Rockzone) y conocía gracias a ella una canción de La Habitación Roja (El hombre del tiempo) y otra de los Manic Street Preachers cuyo título no recuerda. Con la «entrada comprada y dispuesto a ir al recinto a las cuatro de la tarde y salir a las siete de la mañana, no me preguntes qué vi, ya que lo vi todo y cuando digo todo, es todo. Cinco minutos aquí, media hora allí, quince minutos en el chillout con aire acondicionado, Fatboy Slim pinchando a Madonna, unos tal Pulp con corbata (y yo con rastas y cresta), la tía esa en sujetador y botas haciendo una música que era nueva para mí (PJ Harvey), quince años, yo solo, las mejores vacaciones de mi vida».

Venir aquí ya no es una liberación. Se ha transformado en una costumbre. Como los matrimonios longevos y los trabajos aburridos. Una manada loca bailotea en la zona destinada a los dj´s mientras algún grupo novato toca en la soledad de la tarde. Las pieles rojas delatan a los vecinos de Liverpool, Manchester o Bradford. Miles de personas que vienen a escuchar música pero no dejan de hablar y gritar en los conciertos, pasean con sus cervezas en la mano, sus camisetas, tops, rostros y cuerpos pintados, saltan, corren, comen comida cortada en trozos y, en ocasiones, se besan. Es inevitable viajar en el tiempo. Pienso en Polly Jean gritando «Lámeme las piernas, estoy ardiendo» y todavía siento los mismos escalofríos. Kino también. Me habla de un chico al que pudo amar lejos de la atmósfera plástica de Almería, uno al que conoció en los foros virtuales en los que se compartían las opiniones respecto al festival, con otros seres a los que suponía gordos y calvos y que luego resultaron normales, grupos que suponía insulsos (Pet Shop Boys) y a los que después admiró, como a Brian Wilson, Einstürzende Neubauten y Kraftwerk. Cuenta Kino que «en el pueblo nadie sabía que era marica y poder estar bailando a los Basement Jaxx, darle un beso y que nadie nos mirase raro era algo impensable en Almería y más siendo él veinte años mayor que yo. Me quedé dormido viendo a The Cure, Oasis pasó de ser un grupo que me encantaba a ser lo peor, «tito» Cave se los había comido con patatas pero seguía entrando al recinto a las cuatro de la tarde todos los días, era joven y era la única oportunidad de ver conciertos en mi vida. En Almería seguía sin pasar nada». Él, como tantos otros miles de jóvenes, se convirtió en eso que llaman un «indie», alguien que se quejaba de los cabeza de cartel de masas (Depeche Mode) en aquel momento en el que empezaban a surgir otros festivales y el de Benicàssim iniciaba su sigiloso caminar hacia las regiones del tedio.

Lana del Rey y Kings of Leon fueron dos de los artistas de la pasada edición del FIB que, en su 25 aniversario, solo pasará a la historia por ser probablemente la peor. Un fin de ciclo marcado por la venta del festival a The Music Republic. En las otras dos imágenes uno de los disfraces habituales entre el público inglés y La Zowi durante su concierto. / Txema Rodríguez

Este año está resultando triste, como las canciones de Lana del Rey. Luego se sabrá que la empresa que organiza el Arenal Sound ha comprado el FIB. Ya veremos. En este momento el sol cae tras la hermosa silueta del Desert de Les Palmes. Con el paso de los años establecemos vínculos con los paisajes y los sonidos, desarrollamos pasiones, como la de Kino por Devo. Y su cono de plástico rojo. Ellos le llaman «energy dome». Es 2007. Y van a actuar ante miles de jóvenes que no habían nacido cuando ellos empezaron. «Los foreros viejunos fueron al Sonar solo por ellos -explica- y decían que sí, otros que no y yo aún no sabía qué era esa música, pensaba que lo sabía todo ya, pero esos vídeos no los entendía, aunque no podía parar de verlos, hasta que llegó el día y salieron al escenario. Nunca se me olvidará ver a Mark en la primera canción disparando a un escenario con un tercio del público que había el año anterior mientras tocaban «That´s Good» y ahí lo entendí todo. El FIB era Devo, era la música, la «devolución» era real y lo estaba viendo con mis propios ojos, creo que fue el día en el que maduré (...) necesitaba un energy dome (el casco), al día siguiente fui al merchandising y ya no los tenían, así que conseguir uno se convirtió en una obsesión». En la siguiente aparición del grupo, el Primavera Sound de 2008 fue directo a comprar uno y no habían llevado para poner a la venta, así que «como en el concierto siempre tiran los que llevan ellos, tocó posicionarse bien e intentar coger uno, la chaqueta amarilla de Mark la conseguí, el gorro le tocó al tío que estaba delante de mí. Le hice una primera oferta de veinte euros que no aceptó, las siguientes tampoco, y ya iba por doscientos hasta que a las cuatro de la mañana, por pesado, me lo regaló con la promesa de no volver a vernos en la vida. Fue la primera persona que vi al día siguiente al entrar en el recinto». Con el tiempo Kino se hace popular. La gente se fotografía con él, dan golpecitos en su cabeza cuando pasan a su lado, incluso dos inglesas intentan robárselo. Ya se había puesto de moda ir disfrazado.

Después se va a buscarse la vida a Alemania. Ahora trabaja de cocinero en un restaurante luxemburgués. Se ríe porque nadie sabe que exista esa cocina, «yo tampoco lo sabía y ya llevo siete años», asegura, «pero se come de puta madre, es cocina francesa con tocino y chucrut». Y rememora sus inicios: «Nada más llegar a Berlín conozco al tío que hoy en día es mi marido, dejo el Erasmus (estudiaba Empresariales), puedo ver todos los conciertos que quiera; no hablo nada de alemán, pero puedo ir con mi gorro a todos los sitios y decido probar a buscar un trabajo de algo que me guste, así que empiezo de cocinero en varios sitios». Antes de eso fue vendedor ambulante de sangría en el mercadillo de MauerPark, hasta que un día la policía acabó con su carrera en este gremio de sin papeles. También se casó, con el cono en la cabeza, por supuesto, y «de viaje de novios nos fuimos al FIB. Si antes lo necesitaba para poder descubrir música, ahora lo necesito para volver a ver a los viejos amigos, para recordar dónde empezó todo. Hacía años que no me lo pasaba tan bien, aunque no es lo mismo que antes y miedo me da ver cómo evoluciona».

Nos separamos. Kino es simpático y amable. Su marido y unos amigos charlan animados. Me guardo su número de teléfono. Es tarde y llega lejana la voz de Caleb Followill, el de Kings of Leon, cantando «your sex is on fire». Suena vacía. Como una lagartija caminando sobre un bloque de hielo durante un cuarto de siglo.

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