Crónicas mínimas

Temporada alta en el mar del bienestar

La playa de Levante de Benidorm es la zona 0 de un modelo de turismo venerado y detestado por igual. Para unos es el paraíso, para otros un símbolo de lo cutre, un territorio de liberación o de exhibicionismo. Siempre distinto, nunca indiferente

Txema Rodríguez
TXEMA RODRÍGUEZ

Las populares tonadas de los hermanos Gallagher, que juntos dieron en llamarse Oasis, ya se veía el impulso por guardar las apariencias, retumban en el paseo. Provienen de uno de tantos cubículos con teles, colores chillones, máquinas de dardos y parroquianos rellenos de cerveza y alubias, británicos que circulan en grupos -los jóvenes de pieles níveas al principio y dolorosamente quemadas a las pocas horas- los viejos, ya curtidos por la experiencia, con tatuajes rotos por la presión de las grandes barrigas. Sin diferencias de sexos. A pie o en carritos eléctricos. Sus rostros apuntan al sol reciente. Es pronto pero las mesas ya están llenas de pintas. Por los balcones asoman seres en bragas y calzoncillos que se rascan la nuca y bostezan mientras una imparable mancha de sombrillas se extiende ante sus ojos. La mayoría son azules. Algunas, de tonos variados, promocionan marcas que ya no existen. Una señora riñe a sus dos hijos, envueltos los tres en un halo de protección solar, «lo que yo digo va a misa»; otra pregunta a su amiga «¿tú sientes que tienes el pelo mejor que antes?». Una pareja se mete mano en la piscina transparente del primer piso de un hotel. Se ve todo desde la calle. Esa es la cuestión. Que todo se vea sin darle mayor importancia. Bajo las moles de hormigón se ha desarrollado una forma de vida propia, un ectoplasma que adquiere miles de apariencias humanas, la de hombre que lee «El Diario Vasco», la de señor con muñón, la de anciana desafiante que muestra sus pechos, la de niños gritones, panzas imposibles y peludas, familias variopintas, familias estructuradas y sin estructurar, señoras coquetas con oros y labios rojos. Un joven, un neón misógino andante, luce en la parte superior de su espalda un tatuaje: «Las mujeres son las putas más grandes». Ningún cerebro normal puede con todo esto si no dispone de mucho tiempo.

En busca de respuestas, o de explicaciones, podemos acudir a los expertos. Uno de ellos, el sociólogo Mario Gaviria, fallecido el año pasado, defensor del modelo vertical de Benidorm, proponía que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad porque «es la materialización sobre el terreno del estado del bienestar y ese aspecto es tan importante como el de la sostenibilidad. Todos los viejos españoles o europeos que pueden venir a estos precios a pasar unos días en un sitio con uno de los mejores climas del mundo, con una relación calidad-precio extraordinaria, merece que sea un monumento de la humanidad». Argumentaba Gaviria, en una conversación con el profesor e investigador de la Universidad de Alicante Tomás Mazón, que «gran parte de los pijos y de los clasistas» odian esta ciudad y la infravaloran, destacaba el hecho de que los abuelos puedan empezar a bailar a las doce de la mañana «y si pueden ligan, las mujeres se sienten seguras y libres y Benidorm forma parte de esa cultura europea liberadora» aunque alertaba del posible colapso del modelo si no se reforma, ya que los hosteleros «han visto que el cliente cómodo que protesta poco y traga con todo es el viejo». Según él, ellos expulsaron a los jóvenes y los ingleses hicieron lo propio con alemanes y nórdicos.

La mayoría de los turistas que pueblan Benidorm son jubilados españoles e ingleses. Conviven en paz, bailan, beben cerveza y toman en sol sin complejos en un lugar seguro y económico. / Txema Rodríguez

Sobre la arena el turismo nacional es mayoría. En la distancia, mirando hacia la isla, unos paracaídas arrastran a amantes de las emociones fuertes, todo tipo de máquinas pueblan la aguas profundas entreteniendo a personas que se ven diminutas y frágiles. En la proximidad, en cambio, resulta difícil esquivar los roces con otros cuerpos que vienen y van. Es cercanía en la que todos son observados y observadores. En la que las carnes se pegan y los miembros se confunden, donde la intimidad desaparece. A unos veinte metros de la orilla un hombre agita los brazos y un socorrista fornido y guapo se lanza con su flotador rojo rotulado «lifeguard pro» al rescate. Algo ocurre y es lo que todos están esperando: algo. Se forma un grupo compacto de espectadores al borde del agua, acuden allí como un rebaño que escucha la el pienso caer en el comedero. Otros dos chavales con bañadores rojos se lanzan al agua y sacan al bañista, de mediana edad, con andares de torero corneado, aspecto cansado. «Nada a nada, ha sido un calambre», anuncia. Y espanta a la concurrencia apelotonada junto a su hamaca, alguno no oculta su decepción por la brevedad del espectáculo. Mientras, el primer socorrista pregunta por la mujer que le acompañaba cuando se tiró a salvar al del tirón muscular, «es que iba con ella a buscar a su marido, que no lo encuentra, y ahora la perdido yo a ella». Se alza otro telón, arranca otra sesión. Esta lengua de arena es una matrioshka. Un mundo surrealista, subacuático y pesado. Una madre duerme en el regazo de su hijo, una Piettà inversa. Un hombre con la cabeza embadurnada de crema avanza hacia el agua, la mira como si estuviera contemplando el apocalipsis. A su lado dos mujeres hablan, «me encanta venir a Benidorm porque me da la vida».

Txema Rodríguez
¿Crecer siempre?

La periodista Ana Tudela, coautora del libro 'Playa Burbuja' explica que el caso de Benidorm es un ejemplo de ordenación del turismo en altura «pero también de la voracidad del ladrillo, al que en cuanto le permiten traspasar una línea ya está pidiendo que le dejen superar un nuevo límite, una realidad histórica que pone en cuestión las teorías sobre el crecimiento sostenible del urbanismo». Tudela, que ha analizado en su trabajo, junto a Antonio Delgado, la evolución urbanística en 15.000 kilómetros de costa, cree que «crecer siempre no hay nadie que lo sostenga. El considerado primer plan urbanístico de España para todo un término municipal, el que se aprobó en Benidorm en 1956 bajó la alcaldía de Pedro Zaragoza, quería consagrar el turismo en el municipio alicantino pero la idea original, pese a hacer una consideración amplísima de qué era suelo urbanizable, era la de extender el municipio por el este en una ciudad jardín de edificaciones unifamiliares o en todo caso edificios de poca altura, con trazado en cuadrícula inspirado en el Plan Cerdà de Barcelona». Esas ideas, que encajan con un modelo que suena bien desde la perspectiva actual, no duraron mucho y, ya en 1963 se revisa ese plan para permitir hasta once alturas. Esa carrera siguió, según su investigación, con «la libertad de altura pero poniendo un mínimo de distancia entre edificios para dejar respirar a la ciudad. Los límites siguieron saltando por los aires con la prueba definitiva de su debilidad demostrada con Terra Mítica. El parque temático se levantó sobre las cenizas de los cerca de 10.000 pinos de la Sierra Cortina que ardieron en 1992. Eduardo Zaplana, recién nombrado el año del incendio alcalde del municipio gracias a una tránsfuga del PSOE, daba el salto a la presidencia de la Generalitat Valenciana en las siguientes elecciones y desde allí se agarraba al resquicio del interés general para saltarse la prohibición legal de construir sobre los restos de un incendio en una zona protegida. Terra Mítica estuvo plagado de irregularidades que acabaron en condena de algunos de sus directivos por una trama de facturas falsas que salpicó a Zaplana, algo que demasiado a menudo va ligado también al ladrillo, aunque eso es otra historia».

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