Crónicas Mínimas

Un hombre es un castillo

El organista Ricardo Miravet y la investigadora Livia Fergola, argentinos residentes en París, compraron en 1966 un castillo abandonado en Todolella; siguieron sus carreras y sus vidas yendo y viniendo de ambos lugares. Livia murió en 2017. Y Ricardo sigue en la fortaleza del siglo XIV

Txema Rodríguez
TXEMA RODRÍGUEZ

Livia. Es el primer nombre, la primera palabra. Su ausencia llena cada estancia del castillo como una bruma cálida. Sobre su pequeño lecho vacío duerme la gata «Galatea» hecha un ovillo mientras el hombre acaricia al gato «Galante» en un viejo sofá perforado, como metralla, por garras felinas. El cuerpo de ella se fue hace poco más de dos años derrotado por el alzheimer, pero acude a la mente de Ricardo desde que la conoció, cuando acababa sus estudios de Medicina recorriendo en autobús, de noche, los 150 kilómetros que separan su pueblo natal, Villa María, de la Universidad Nacional de Córdoba. Desde aquellos tiempos fueron uno. Y el hombre del castillo, Ricardo Miravet, el organista rubio de raíces catalanas, rememora su vida sin atisbos de melancolía. En sus ojos de anciano brilla aún el fuego que un día le llevó a comprar estas paredes abandonadas, habitadas por humildes pollos de corral, para devolverles la condición de fortaleza. Hacer de ellas, junto a Livia, el refugio al que regresar tras la vida agitada de París.

Ricardo, nada más tomo asiento, me somete a una primera prueba. Cuando contempla que el gato ronronea confiado sobre mis muslos esboza una sonrisa, también cuando acaricio a la desconfiada border collie, llamada «Pitufa», a la que ha acogido tras un pasado de malos tratos. Es dulce y su mirada triste. Se lamenta el músico de la violencia que sufren los animales en nombre de la tradición. De la costumbres bárbaras. Después repasa la genealogía, la rama materna, los Toutain, franceses, que aportan la inspiración musical; el abuelo Adolfo, amigo de Pau Casals, la tía abuela Clarisa, arpa solista del Liceu de Barcelona y culpable de la aventura argentina de toda la familia. Por la parte Miravet, casi todos fueron médicos. Ricardo habla y abre los brazos enmarcando grandes compases, como si dirigiera una orquesta sinfónica cuya interpretación detiene en seco para referirse al día decisivo de su vida, cuando contaba diez años (dos antes había perdido a su padre) y en casa de unos amigos conoce al exiliado Rafael Alberti, al que escucha declamar poemas de Antonio Machado. Y se enamora del oficio de artista, en general, sin saber aún de qué tipo, y de los versos del sevillano. Ya tocaba el piano desde niño, a los seis dio su primer recital en público a beneficio de los republicanos, y luego la mezcla de casualidad e inconsciencia adolescente le condujo hasta el órgano. Su amigo el pintor Cyril Kathov le muestra uno del siglo XVIII, estropeado, en el museo histórico de Córdoba y acude al director a ofrecerse para restaurarlo, cosa que logra porque no había nadie interesado, ni capaz, de hacerlo. En ese encuentro casual se cruzan la decisión del artista con el instrumento que le dará cauce.

Retrato de Livia Fergola realizado por Ricardo en París en 1953 (el músico se ganó durante un tiempo la vida como fotógrafo). Ella murió hace dos años pero su presencia sigue en el castillo y en las palabras de Ricardo, mientras la gata «Galatea» duerme en la cama de Livia y su estancia permanece en silencio. / Txema Rodríguez

Se acerca al enorme piano de cola, también él tiene su historia, resumida en el capricho de una amiga rica de Livia que se lo cambió por un reloj -Ricardo los restaura como hobby- porque no le gustaba su color marrón. Es una mole sonora de seiscientos kilos con un sonido impresionante en la que comienza a tocar una de las «Lieder ohne Worte» (Canciones sin palabras) de Felix Mendelssohn. Antes hemos hablado de él, y de cómo puso de moda a Bach y de cómo esa fama provocó una avalancha de obras que se le atribuyen. En algún momento expresé mi admiración por Mendelssohn y me temo que lo interpreta para mi, para ver si lo reconozco, o como un detalle de hospitalidad; tal vez una segunda prueba, superada la del gato, o puede que una simple casualidad. Sus manos de falanges deformadas por los golpes de mueven con precisión, entra un rayo espectral por la ventana que rebota en su cabeza blanca y en su piel nórdica y transforma su figura en un halo de luz, una representación espiritual, un ángel despeinado y absorto. Lo imagino tocando veinte misas a la semana en la iglesia de Saint Germain l´Auxerrois, lo hizo durante cuarenta años, dando conciertos por todo el mundo mientras Livia investiga sin descanso sobre las enfermedades metabólicas hasta alcanzar en 1978 el nivel de directora de Investigaciones y liderar la Unidad de Investigaciones sobre Metabolismo Fosfocálcico. La dirección de un instituto oficial, el rango más alto, algo logrado por pocas mujeres tras Marie Curie. Lo veo enfrentándose a ese instrumento tan brutal y complejo, cada uno dotado de su propia sonoridad, atento a la liturgia de la misa, al clímax que la interpretación ha de lograr con los feligreses, a esa obra de arte improvisada en cada ceremonia para alcanzar la conexión con los espíritus. Qué paradoja la del hombre que rechaza la obra de la Iglesia tanto como admira los fundamentos que le dieron origen; «soy un cristiano de extrema izquierda», dice. Y como si se tratara de una película trato de desgranar tanta vida en unas pocas palabras. Aquella pareja de enamorados que llegó con sus becas a Francia, antes aquel concierto que dio el joven Ricardo con su primer instrumento restaurado, y el éxito, y el destino, y el gran organista ciego André Marchal, que lo acoge como alumno, mientras Livia investiga y ambos leen sin descanso. Son humanistas, ilustrados. El sonido del piano marrón que no quiso la amiga rica por feo nos lleva por años que pasaron, por otros países, hasta depositarnos con cuidado entre las piedras del castillo. Todolella, un pueblo perdido en el interior de Castellón. Un par de cientos de habitantes. La soledad. El silencio. Dos puntos opuestos, el mundo infinito contra un puñado de casas.

El castillo luce impecable en lo alto de Todolella. En su interior Ricardo toca al piano piezas de Mendelssohn y camina por su salón decorado con esmero. / Txema Rodríguez

Un día, en un viaje, uno los años cincuenta, no un relámpago de los de ahora, con su amigo el organero Gabriel Blancafort Ricardo descubre Morella. Después lo hace con el musicólogo Ramón Pelinski y ambos conocen a Manuel Millian, quien les mostrará la belleza desoladora de Els Ports, las rocas colgadas de las montañas, los bancales de piedras, el olor a hierbas aromáticas, la frontera con Teruel, Mirambel, todo ese patrimonio abandonado en iglesias, palacios, casas y cobertizos. El organista se enamora de esta tierra y se trae a Livia para que la vea. Deciden comprar una casa pero un anticuario les ofrece un castillo que se halla a la venta, lleno de pollos, medio en ruina, sucio. Un monumento digno de aquel paisaje, de aquella tierra que da la espalda a su patrimonio. Mientras suena Mendelssohn en el piano marrón Livia recorre las estancias pobladas de bellas antigüedades, libros únicos, muebles, camas, cerámicas, vírgenes y dioses, juegos de ajedrez. Ahora es un hogar, antes fue un ir y venir. Paris-Todolella, un extraño viaje, mientras el palacio se arregla siguiendo la máxima de Ricardo de «arreglar solo lo que está roto» y nunca intervenir. Lo hace con los relojes, los órganos y los castillos. Presiento que también con las personas. Resulta ser una máxima universal. Cree que éste es el edificio mejor rehabilitado de España porque ningún arquitecto ha podido dejar su marca en él.

Desde 1966 ha pasado mucho tiempo. Ricardo tiene preparada una frugal comida. Verduras. Tiene que ir a Morella a tocar, como cada domingo, pero hace tanto calor que su voluntad parece flaquear. Conoce bien ese instrumento, uno de los más importantes y grandes del barroco español. Empleó diez años en restaurarlo y ha seguido haciéndolo con otros. En la planta baja del castillo tiene dos, uno de ellos de unas monjas que lo cambiaron «por uno de esos que se enchufan». Se ríe pensando en esta frase. «Es literal», remarca. Se sienta en las escaleras de piedra, junto a la puerta de las antiguas caballerizas convertidas ahora en sala de conciertos. Un día el castillo será de todos, Livia y Ricardo lo donaron a la Generalitat Valenciana, y cualquier podrá recorrer sus salas y hojear sus libros. Ver cómo fue la vida en un pasado transformado por el amor de dos argentinos llegados de París. Pero hoy todavía es de ellos. Ambos lo habitan. Cada uno a su manera.

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