trasplantes que regalan vidas

Juan Antonio Marrahí
JUAN ANTONIO MARRAHÍValencia

Vivir el mayor tiempo posible y recuperar capacidades que parecían ya perdidas. Quizá sea el mayor regalo imaginable. Quienes han estado al borde del precipicio son los que mejor comprenden la grandeza de los trasplantes. Cinco personas fallecidas y una larga lista de profesionales sanitarios han devuelto luz y vida a Sergio Checa, María José Orero, Pepi Plaza, Carmelo Pizarro y Pepe Monzó. Ellos son receptores de dos córneas, dos pulmones, un hígado, un riñón y un corazón.

Hace apenas unos días se conoció, con cifras, la relevancia que en la Comunitat ha adquirido este proceso sanitario de vital importancia para enfermos graves: 590 órganos trasplantados durante 2017, cien operaciones más que en el año anterior. Todo un récord que sólo es posible gracias a la voluntad de los donantes y sus familiares. Hoy el 90% de las familias autorizan la extracción de órganos de los fallecidos para intervenir a pacientes que los necesitan. Y es, de este modo, como se produce el asombroso tránsito que hace posible que un órgano sirva dos veces en dos personas diferentes.

Algunos de los receptores consultados confiesan haber sentido esa lógica necesidad de agradecer a las familias «un regalo tan valioso», como describe Carmelo Pizarro, con un riñón trasplantado. Pero esos encuentros no son posibles legalmente en nuestro país. «Donar órganos es una de las mayores expresiones de amor. Dignifica el final de una vida y trae esperanza a otra. Es un relevo de humanidad», describe un familiar de Sergio Checa, receptor de las dos córneas de alguien fallecido que perviven en sus ojos.

Las historias de los receptores de órganos están salpicadas de «esperas angustiosas», «momentos de desesperación y desconfianza», «días eternos en la UCI» o «recuperaciones lentas y dolorosas». Pero al final del camino todos ellos han encontrado una vida mejor. Y animan a seguir con la gran cadena.

TRASPLANTES 2017

590 órganos. Récord histórico en la Comunitat

354 en La Fe. Hospital a la cabeza de España en implantes

90% de familias de fallecidos autoriza donar

La mirada de Sergio, con sus dos córneas trasplantadas. / Damián Torres
Sergio Checa. Córneas «Logré superar la Selectividad estudiando con un ojo y una lupa»

Edad: 38 años | Enfermedad: Queratocono | Solución: Doble trasplante de córneas en 1996 (ojo derecho) y 1997 (ojo izquierdo) | Lugar: Clínica Barraquer de Barcelona

«Veo todo borroso», repetía Sergio Checa a sus padres. Edelia y Emiliano se deshacían en preocupaciones. 17 años y su mundo se desdibujaba. Ni gafas, ni médicos lo solucionaban. «No acertaban y yo no podía ver». Con la Selectividad encima descubrió el porqué del maldito velo: queratocono. Un problema congénito hace que la córnea pierda su curvatura y eso desvía la luz que llega a la retina. Pero todo se puede retorcer siempre más. Jugando con su perra Nela, el can golpeó con su rabo en el ojo con problemas, el derecho. «Fue como un rayo, un ‘clash’. Empeoré. Me quedaba ciego» No le guarda rencor. «Qué culpa tenía la pobre...». La urgencia se adueñó de los padres de Sergio. Su madre se creció en la adversidad. Con el aliento constante de su marido movió cielo y tierra hasta abrir las puertas de la prestigiosa Clínica Barraquer de Barcelona. Qué no harán unos padres... «Quizá hoy veo por su coraje», reflexiona. A los dos días iba en ambulancia hacia la ciudad condal para un trasplante de cornea del ojo derecho. Un año después, el izquierdo. Su familia peleó. Y se obró el milagro. Los vivos ojos de Sergio se emocionan al recordar «al sabio profesor Barraquer o la implicación del doctor Álvarez de Toledo». Los ángeles de su vista. Dos horas de operación, semanas de recuperación, meses de revisiones, colirios, gafas de sol... y Sergio volvió a correr la banda en las pachangas de fútbol con unas gafas protectoras.

Y aún bregó más. A las puertas de su segunda operación, «me saqué el Selectivo estudiando con una lupa y un ojo». Luchó y venció. «Con mis nuevos ojos he visto lo mejor de mi vida: mi mujer, mis sobrinos... ¡y los triunfos del Real Madrid!», enumera. «A veces me pregunto de quién eran mis córneas. Nunca lo sabré, pero sé que cuando muera, lo donaré todo. Menos las córneas. Creo que estarán ya muy usadas y no se puede». Y Sergio sigue mirando de cara a la vida.

María José Orero, receptora de dos pulmones. / Manuel Molines
Mª José Orero. Receptora de pulmones «Más que a la operación de trasplante, temía a la muerte»

Edad: 51 años | Enfermedad: Histecitosis X por neumotórax | Solución: Doble trasplante de pulmón el 13 de mayo de 2000 | Lugar: Hospital La Fe de Valencia

La mujer al frente de la Asociación Valenciana de Trasplante Pulmonar es receptora de dos pulmones que le han permitido «rehacer la vida y respirar con normalidad». En la intervención llegó a entrar en parada, «pero me reanimaron y salí de la muerte», confiesa María José Orero satisfecha de haber superado el complicado paso en mayo de 2000.

Su odisea comenzó con 30 años, al subir una persiana de la tienda de ropa de Valencia en la que trabajaba. «Sufrí un neumotórax y pasé cuatro días en el hospital. Salí del susto, pero los pulmones se quedaron muy deteriorados», recuerda la valenciana, casada, administrativa y formadora de tintorería. Pasó revisiones pulmonares con normalidad hasta el 22 de agosto de 1999, la fatídica fecha en la que le diagnosticaron Histeocitosis X y la consiguiente hipertensión pulmonar que acabó «hinchándome todo el cuerpo».

Casi sin poder respirar, tuvo que dejar la natación que tanto ama, cayó en una depresión y entró en lista de espera para trasplante de pulmón, una intervención «de mucho riesgo». «Pero más que a la operación de trasplante, temía a la muerte», revela. Fue una espera de nueve meses hasta que, con 33 años, llegó el órgano que le devolvía la esperanza.

Diez días en la UCI y un mes en el hospital fueron la antesala de la nueva vida. «Empiezas con dolor y aprendes a respirar con tus nuevos pulmones, pero la segunda oportunidad no tiene nada que ver con lo pasado». Las nueve pastillas al día no se las quita nadie, pero la hinchazón desapareció y hoy María José vuelve a nadar, practica spinning, marcha, bicicleta, montaña... «A mi marcha, pero sin resentirse». Su espina clavada es que La Fe «haya apartado al doctor Gabriel Sales de la jefatura de trasplantes en detrimento de un servicio excelente».

Pepi Plaza, en el salón de su casa de l'Eliana. / Jesús Signes
Pepi Plaza. Receptora de hígado «Ahora tengo una vitalidad como la de hace diez años»

Edad: 62 años | Enfermedad: Hepatitis C que derivó en cirrosis | Solución: Trasplante de hígado practicado el 2 de junio de 2017 | Lugar: Hospital La Fe de Valencia

Ella es una superviviente de mirada juvenil y alegría contagiosa. A Pepi Plaza, de 62 años, vecina de l’Eliana, la atropelló un autobús a los 18, ha lidiado desde niña con los problemas hepáticos y suma tres operaciones y un trasplante de hígado del que ya se ha cumplido medio año. «Ahora tengo una vitalidad como la de hace una década. Creo que Dios y muy buenos médicos me han hecho renacer», reflexiona agradecida.

De su infancia recuerda días de «cólicos o vómitos desde los 9 años». «La chiquilla tiene el hígado inflamado», le decían los médicos. Creció con una dieta sin fritos, mayonesas o grasas. Acostumbrada a una alimentación muy sana y sin tabaco ni alcohol en su vida, pasó su juventud «sin demasiados problemas de salud», asegura.

Fue ya a los 32 años, cuando llegó el diagnóstico: Hepatitis C. «Me cabreé, lloré, sentí rabia». Casada y madre de dos hijos, la herbolaria y nutricionista, vio tambalear su mundo. «Atribuyo el contagio a mi niñez, a los pinchazos de penicilina cuando las agujas aún no eran desechables».

La enfermedad desplegó sus tentáculos tiempo después, con una cirrosis. «Los últimos siete años fueron los peores: un tumor, rotura de várices esofágicas, vómitos de sangre...». Un sinfín de padeceres entre innumerables pruebas médicas y un progresivo cansancio que mermó su innata vitalidad. «A mis hijos les dijeron que, sin trasplante, me podrían quedar tres años».

En abril de 2017 entró en lista de espera prioritaria. Su hígado llegó dos meses después. «Entré en quirófano pensando en mi marido, en mis hijos y en mi nieto. Y pensé: Dios, estoy en tus manos». La recuperación fue «dura y al principio no puedes ni andar». Pero el tiempo, la voluntad y el amor de los suyos dibujan nuevas metas. Como la de la última San Silvestre de l’Eliana que completó junto a su hijo.

Carmelo Pizarro, sentado en el sofá de su casa. / Manuel Molines
Carmelo Pizarro. Receptor de riñón «Sufrí lo indecible, pero ya no dependo de una máquina»

Edad: 58 años | Enfermedad: Poliquistosis bilateral hereditaria | Solución: Trasplante de riñón en mayo de 2014 | Lugar: Hospital La Fe de Valencia

La vida de Carmelo Pizarro es una carrera de obstáculos. De niño, con 14 años, su padre sufrió un grave accidente de tráfico. A los 19, perdió dos dedos en una máquina cortadora de madera, su sector profesiónal. Para colmo, la maldita poliquistosis bilateral hereditaria asediaba a su familia.

«La sufría mi madre y mi tía, que pasaron muchos años de hemodialis», la conexión a una máquina que limpia toda la sangre cuando los riñones fallan. Cuando Carmelo tenía 20 años, un estudio médico determinó que él también estaba en el punto de mira. «Tenía quistes en el riñón, y podía estropearse».

En su juventud, el riñón no le complicó demasiado la vida. «Pasaba las revisiones. Era una enfermedad silenciosa». Pero años después, en un chequeo, saltaron las alarmas. «Sólo trabajaban al 10%». Fue necesario un catéter peritoneal, y la hemodiálisis. Y con complicaciones. «Creo que en mi caso fallaron los tiempos. Y fue por falta de personal por los recortes».

El valenciano acabó muy castigado por el proceso, pese al enorme apoyo de la Asociación de Lucha Contra las Enfermedades Renales (ALCER-Turia). «La hemodiálisis es necesaria, pero es un matapersonas. En la primera sesión creía que me moría», revela.

Los quistes inutilizaron sus riñones. Uno de ellos «se puso como un balón de rugby, diez veces mayor de lo normal». Su caso sólo tenía una solución: extraer el órgano enfermo para colocar uno sano. Carmelo califica de «caos» el año que siguió al trasplante: «Infecciones de orina, seis nuevos ingresos, una sepsis que me llevó a la UCI...», confiesa. Lloraba ante los médicos y clamaba: «¡No puedo seguir así!». La mejoría tardó un año en llegar. «He pasado las mil perrerías, sufrí lo indecible, pero ya no dependo de una máquina, sino de mi nuevo riñón».

Pepe Monzó, en su hogar del barrio de Ruzafa. / Manuel Molines
Pepe Monzó. Receptor de Corazón «Fui al quirófano con una sonrisa y desperté nuevo»

Edad: 77 años | Enfermedad: Varios infartos | Solución: Trasplante de corazón el 6 de agosto de 2002 | Lugar: Hospital La Fe de Valencia

El actual corazón de Pepe Monzó pasó 18 años en el cuerpo de un joven fallecido en accidente. Dejó de latir un corto periodo y el milagro de la medicina lo aferró al cuerpo de Pepe, un trasplante que le devolvió «la vida» y del que despertó «como nuevo, renacido y feliz».

Su padre Paco ya sufrió un infarto a los 72 años. Su tío a los 70. «El peligro estaba en la familia, pero mi vida fue normal muchos años». Valenciano de Ruzafa, casado y padre de cuatro hijas, trabajó en banca y empresas. Jugaba al fútbol y al tenis, y adoraba nadar y bucear en Xàbia, tierra de sus veranos. Su único vicio, «el tabaco». Y una responsabilidad como gerente en su empresa familiar que le hacía «pasar bastante estrés y tensión».

Primer aviso con 43 años. «Maribel, no te asustes, tengo un dolor fuerte en el pecho», dijo a su mujer. Fue el primero de varios infartos, pero lo superó. «Empecé régimen, me moderé con el tenis, intenté dejar de fumar y tomarme el trabajo con calma... No siempre era posible».

El órgano vital volvió a flaquear a los 61 con mayor gravedad y pasó una amarga semana en la UVI. Valencianista fiel, la segunda liga de los de Benítez volvió a poner su corazón a mil. «No tenía que haber visto el partido. Me emocioné». Primero le falló la respiración y, más tarde, se desvaneció en La Fe.

«Su marido ha fallecido», escuchó su esposa de un médico. Pero Pepe revivió. «Hemos logrado reanimarlo». Su corazón funcionaba al 17% y el trasplante era la única esperanza. «Cuando me dijeron que me lo iban a cambiar sentí la mayor alegría de mi vida. Mi temor era no llegar a tiempo», confiesa.

La hora de la verdad llegó en el verano de 2002. «Fui al quirófano con una sonrisa y desperté nuevo. A las tres semanas, ya me bañaba en el mar». A su donante se lo ha agradecido en sus oraciones «no sé ni cuántas veces».

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