El patrimonio valenciano en el punto de mira: El taller March

El espacio, único en Valencia, no conserva restos de la muralla musulmana en su interior y podría ser demolido

Exterior. El taller, junto a uno de los torreones islámicos. /Óscar Calvé
Exterior. El taller, junto a uno de los torreones islámicos. / Óscar Calvé
ÓSCAR CALVÉ

Hubo un tiempo no tan lejano en el que algunos talleres artesanales de Valencia aprovechaban la fuerza de las acequias históricas del Turia para accionar el movimiento de sus poleas. Si les cuesta imaginarlo, miren la imagen de este reportaje donde se observa, anclado a la pared, el sistema antiguo de tracción. Unos pocos metros más atrás desde donde está tomada la foto, y lógicamente ya soterrado, circulaba el 'braç 3', también llamado de 'Serrans', perteneciente a la acequia de Rovella. Su corriente transmitía el impulso necesario para mover el mecanismo tradicional que aparece en la instantánea. Es más, si lo desean, el propietario del taller, José Luis March (en adelante Pepe), les invita a conocer 'in situ' este relicario de otra época. Los próximos días 21 y 22 abrirá sus puertas.

Inscrito en el catálogo de la Ruta de la Seda, este obrador con acceso imperceptible por la calle Mare Vella acumula una fascinante historia que se remonta documentalmente cerca de tres siglos. Allí han trabajado sederos, escultores o imagineros, orfebres... De hecho su aspecto exterior -la baja altura, la planta irregular y el uso de un ladrillo particular- armoniza a la perfección con todos los objetos muebles de su interior: fuelles gigantescos, yunques, uno de los pocos telares decimonónicos conservados en la ciudad, maquetas de esculturas que sirvieron de modelo para la creación de nuevas imágenes sagradas de las iglesias, etcétera. Que en pleno corazón de Valencia un continente y su contenido sean capaces de transportarnos en el tiempo es un hecho extraordinario.

Quizá por eso ambos tengan los días contados. ¿La causa? El taller de Pepe choca con un plan urbanístico cuyo objetivo es poner en valor los restos de la muralla, aunque precisamente en ese histórico obrador no se conserve nada de ella. Los deseos del actual consistorio, al igual que los del antiguo gobierno municipal y autonómico (así que no parece una cuestión ideológica), son abrir una plaza, magnificar los restos de dos torreones islámicos, y ya de paso, frente a estos, construir obra nueva para oficinas o viviendas de alquiler. Para ello, según varios proyectos oficiales, habría que derruir el taller.

Un fuelle gigantesco de la época. Tallas que sustituyeron piezas quemadas tras la guerra. Sistema de poleas del obrador que funcionaba con la corriente de la acequia de Rovella. / Óscar Calvé

Tal vez exista una solución. A continuación -y del modo más objetivo que un servidor sea capaz- les cuento. Cada uno que opine respecto a la solución más óptima, aunque, como ocurre con la selección de fútbol, no sirva de nada. El problema es que para algunos se perderá mucho más que un mundial.

Identidad del Carmen

El actual barrio del Carmen ha sido desde época islámica punto neurálgico de la actividad artesanal de Valencia. Durante siglos sus calles estuvieron atiborradas de talleres, de obradores que generaron conocidas transformaciones en la toponimia urbana, auspiciadas ocasionalmente por las asociaciones gremiales: 'velluters', 'aluders', 'caixers' o 'carabasses', que ya saben que refería al lugar donde se fabricaban las pipas de fumar con la forma del fruto. Aunque avances tecnológicos y vicisitudes históricas provocaron la adecuación a nuevos mercados de esos antiguos talleres, todavía en el siglo XX era aplastante el predominio de los obradores en el distrito.

Un estudio excelente de 2011, de las doctoras María Ángeles Carabal, Virginia Santamarina y Beatriz Santamarina, documentaba a la perfección una realidad que comenzó a cambiar unas décadas atrás a ritmo vertiginoso. Ese particular 'modus vivendi' del barrio del Carmen, tradicionalmente heredado de generación en generación, se extinguió. O casi. Una excepción es el taller de Pepe, último representante de un linaje que lleva cuatro generaciones trabajando en un obrador que, cuidado, se remonta al siglo XVII.

En la evolución productiva de este espacio destacaron el fundido de metales, la sedería, la imaginería y la orfebrería, esta última todavía activa. La maquinaria de época que se empleó para cada una de estas labores sigue allí presente, por eso no sorprende que forme parte de la Ruta de la Seda en Valencia. Tampoco que sea un lugar habitual de visita para el mundo académico: alumnos de la Escuela de Diseño o de la Universitat de València son testigos de lo que puede desaparecer para siempre. Es más, el taller March es sede de los programas diversos que reivindican la tradición artístico-artesanal. Desde el Festival Ciutat Vella Oberta hasta Intramurs, encarnando una suerte de centro cultural sin subvención pública alguna. De ahí la carencia en su difusión que los especialistas en historia y cultura creen que merece.

El obrador es una estampa viva del mundo artesanal de diversas épocas que conducen hasta el presente. Sus estancias a distinto desnivel reflejan, también en su mobiliario y decoración, el paso de los siglos. Quizá ahí radique uno de sus grandes méritos. Alguna vez les he mencionado el implícito falseo histórico que experimentamos al ver objetos u obras artísticas en los museos. No me malinterpreten. Estas instituciones son vitales en la salvaguarda y exposición del patrimonio, pero del mismo modo que ver un retablo fuera de una iglesia descontextualiza la obra -y dificulta su plena comprensión-, ocurre con un telar fuera de su espacio natural, el taller. Lo cierto es que desde el punto de vista patrimonial sobran argumentos para al menos abrir el debate. Sí, queda el debate.

La polémica

Es precisa la restauración de los restos del sistema de fortificación islámica. También los espacios colindantes precisan de una profunda remodelación. La situación actual, que en determinados tramos nos acompaña ya décadas, no es ni de lejos la idónea. Por ejemplo, uno puede ver, sólo desde cierta distancia y tras una valla de obra, un torreón musulmán erigido en medio de un descampado que presenta su fauna propia. La escena se repite en pocos metros, aunque el paisaje de esos llanos puede completarse con algún que otro vehículo estacionado.

Para los que no conozcan la zona, la imagen principal ilustra esta situación. En concreto el espacio que afecta al histórico taller March. La foto está tomada desde el cruce de las calles de Adobería y En Borràs, tras franquear el vallado de rigor. Desde finales del pasado siglo se suceden planificaciones que abogan por el derribo del taller (la construcción baja en primer plano) sin consideración hacia su valor histórico.

Interior. Uno de los espacios que conforman el taller.
Interior. Uno de los espacios que conforman el taller. / Óscar Calvé

No en vano, varios organismos culturales han presentado con éxito planes alternativos. Por ejemplo en el 2002, cuando se organizó un concurso de ideas sobre intervenciones en la ciudad. Ganó el que defendía la apertura del espacio, reconvertido en una plaza donde conviviesen hasta tres estratos, tres capas representativas de nuestra historia. Por un lado la más primitiva, la del pasado musulmán, representada por los restos de los torreones. Por otra parte la del barrio artesano, significada por el taller March. Aún operativo, encarna un ulterior vestigio de un distrito caracterizado por las producciones artesanales que allí se desarrollaban, precisamente desde la Edad Media. Y por último el espacio más actual. Una plaza para uso público, donde poder pasear y comprender este palimpsesto amenazado con no dejar traza alguna de una de sus capas redactadas por nuestros antepasados: el de la artesanía en el barrio del Carmen.

Aquel plan premiado por las instituciones fue ninguneado. Qué cosas. Cada uno que saque sus propias conclusiones, todas respetables, pero permítanme recordarles que poco tiene que ver la política aquí. Gobiernos de ideologías aparentemente muy diversas han coincidido en que lo mejor es derribar el taller. Quizá prevalezcan motivos económicos, vaya usted a saber. Sin establecer analogía alguna -no es comparable- causas de rentabilidad también influyeron precisamente en el derribo de las murallas cristianas. O en el de la antigua Casa de la Ciudad, por poner dos ejemplos.

Las medidas irreversibles, como indica el adjetivo, no tienen solución una vez tomadas. Quizá convendría implicar a especialistas de diversas disciplinas antes de coger pico y pala para derribar este histórico reducto de otra época. Más cuando, paradójicamente, otros restos más representativos de la muralla, caso de la Puerta de la Culebra (Bab al-Hanax), posible sede de un futuro centro de interpretación, observa atónita como es ninguneada. Cosas incomprensibles, como que España no venciera a Rusia…

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