Visitantes radicales

Chernóbil atrae, 33 años después, a viajeros de todo el mundo. Pagan por entrar en la central y pasear por las ciudades y pueblos evacuados tras el accidente nuclear. La serie de televisión lo ha puesto de moda: el turismo allí ha subido un 40%

El viajero español Héctor Navarro posa junto otro turista con máscara frente a la noria de Luna Park, en Prípiat./ H.Navarro/www.mibauldeblogs.com
El viajero español Héctor Navarro posa junto otro turista con máscara frente a la noria de Luna Park, en Prípiat. / H.Navarro/www.mibauldeblogs.com
ISABEL IBÁÑEZ

A la ucraniana Svieta Volochay, la serie 'Chernobyl' -que HBO estrenó hace unas semanas con gran éxito- le ha arrancado lágrimas, igual que a muchos otros, pero en su caso es algo que va más allá: «Ha sido como viajar en el tiempo 33 años atrás», una travesía que le provoca un dolor inimaginable para los que se encuentran ante el televisor. Svieta tenía 12 años cuando ocurrió aquello que hemos visto como simples espectadores, pero a ella le pilló en su aldea, Orane, a 35 kilómetros de la central, y a 5 de la zona de exclusión. Nunca se fue y hoy día sigue allí trabajando de maestra. «La serie me pareció muy realista, aunque no estaba todo tan organizado cuando evacuaron a la gente. He llorado al verla; si hubiéramos sabido todo esto antes, no estaríamos sufriendo las consecuencias». Se refiere al tumor de tiroides con el que convive desde hace tiempo. El cáncer se instaló en su familia a raíz de aquel fatídico día: su primo, fallecido en 2000, fue uno de los liquidadores que dieron su salud y su vida por poner un parche al gravísimo accidente; lo mismo ocurrió con su tío. Sus dos hermanos también están afectados por la enfermedad.

Lo único que les hizo sospechar que algo raro estaba pasando fue que, en los días siguientes al 26 de abril de 1986, comenzó un incesante trasiego de camiones y coches que evacuaban a la gente de la zona de exclusión, aunque no supieron a qué se debía hasta una semana después. Y, tras años y años en los que nadie se acercó a curiosear por allí, los vehículos regresaron, de esto hace más de una década, aunque esta vez eran autobuses cargados de turistas con ansias de ver al 'monstruo' con sus propios ojos. Interés impulsado hoy por la serie, tanto entre los visitantes más concienciados como entre los individuos con sed de presumir en sus redes sociales, de poder decir 'Yo estuve en Chernóbil', llegando a enseñar el trasero con el traje protector por las rodillas. Es lo que hemos visto en las redes sociales. Sin contar con los llamados 'stalkers', personas que entran de manera ilegal en la zona de exclusión para campar por los pueblos abandonados, experimentar la 'sensación' y robar objetos para venderlos. Cada vez son más.

«Los vecinos ven pasar autobuses llenos desde donde les sacan fotos, pero no se benefician del dinero, que va a manos privadas»

Los que sí están, estuvieron siempre, son Svieta, su familia y el resto de habitantes de Orane y otros pueblos que quedaron fuera de ese límite trazado a golpe de protocolo que separó supuestamente lo inocuo de lo pernicioso, como ese corium que late bajo los dos sarcófagos que clausuran el reactor 4 para contener la radiactividad (el primero estaba muy depauperado y hubo que colocarle en 2016 uno nuevo por encima). Dicen que es la sustancia más peligrosa de la Tierra, capaz de matar a cualquiera que se exponga a ella más allá de un corto espacio de tiempo, que antaño eran 300 segundos y hoy por hoy pasa de la hora. Una especie de magma resultante de la fusión de elementos del núcleo de un reactor nuclear: los combustibles (uranio y plutonio), su revestimiento (aleación de circonio) y elementos del núcleo con los que entra en contacto (barras, tubos, soportes...), más los productos resultantes de reaccionar químicamente con el aire, el agua y el hormigón del suelo. En Chernóbil, el corium adquirió la forma de una gigantesca 'Pata de elefante', y así lo llaman. Buen gancho para los morbosos.

Turistas fotografían el interior de una guardería abandonada en el pueblo de Kopachi, cerca de la central.
Turistas fotografían el interior de una guardería abandonada en el pueblo de Kopachi, cerca de la central. / Reuters

«Un sitio triste para visitar»

Muchos vecinos de Orane miran a los viajeros con recelo. Alguno les alquila su casa para que duerman en ella, pero es mera anécdota. Cuando Svieta vio llegar a los primeros se extrañó; pensó que aquel era «un sitio triste para visitar, donde había mucho dolor». «Pero al enterarme de cuánto pagan y de que no da nada a la región, que es solo para empresas privadas, no lo entendía. ¿Cómo podía ser que hicieran negocio en base a nuestro dolor? Es un error de todos. Por ejemplo, Chernóbil Elkartea -una ONG vasca con la que colabora- da a nuestros niños la posibilidad de salir a una zona limpia a 3.000 kilómetros. Pero ni esas empresas de turismo, ni Gobierno ni Ayuntamiento se ocupan de ayudarnos», lamenta. Dice que los turistas son conducidos a la central y luego a Prípiat, pero que no se relacionan con ellos, ni en Orane ni en otras localidades del entorno. «Algunos nos hacen fotos, pero a la mayoría no nos gusta». Vienen y van, un par de días en la zona no tienen repercusión en la salud. Otra cosa es vivir allí.

Las reservas para junio, julio y agosto han crecido un 40% desde que se emitió la serie, según Sergiy Ivanchuk, director de la empresa SoloEast, que añade que, el pasado mayo, los turistas subieron un 30% en comparación con el mismo mes del año anterior (en 2018, unas 60.000 personas visitaron la zona de exclusión). Civitatis es una compañía online (www.civitatis.com) que contrata excursiones, y este es uno de sus tours estrella, el que lleva a la central desde Kiev. Cerca de mil personas, la mayoría españoles, han realizado con ellos esta visita en lo que va de año. Ofrecen el viaje de un día por 87 euros y el de dos, durmiendo en Chernóbil, por 221.

«La radiación recibida en un día equivale a la de un vuelo de dos horas»

«En ambos casos, la seguridad está garantizada», aseguran. Explican que en 2016, coincidiendo con el 30 aniversario del siniestro, se hizo pública mucha información sobre el accidente y la zona, «y la gente vio que es un sitio accesible y bastante seguro». Para el que nada sabe, sorprende que la central se pueda visitar: los reactores 1, 2 y 3 se ven desde detrás de una reja a unos 150 metros; los que están sin terminar, 5 y 6, se pueden contemplar sin verja, y también el sarcófago del reactor 4, donde se originó la tragedia.

- ¿Qué miedos tienen los turistas al hacer este tour?

- La radiación -contestan desde Civitatis-, pero nuestras rutas están diseñadas de acuerdo con los estándares de seguridad necesarios, que reducen sus efectos en el cuerpo humano al mínimo. La recibida durante la visita de un día a la zona de exclusión de Chernóbil equivale a la que sufres en un vuelo de dos horas en avión. Y van acompañados por los profesionales en los recorridos, donde no hay más radiación que en cualquier otra ciudad. Al salir con el tour, la miden en Kiev y después en Chernóbil, y ven que es más baja en la segunda, algo que no esperaban. También tienen miedo a comer, pero la comida y bebida llegan cada día desde Kiev. Y hay tiendas donde comprar agua embotellada.

- ¿Lo que más les sorprende?

- Que Chernóbil es una ciudad común donde vive la gente. También el tamaño de la central, enorme, y que a veces hay que esperar mucho para pasar los controles.

HERENCIA CULTURAL

'Chernobyl': La serie

Televisión

En primavera, HBO estrenó la miniserie 'Chernobyl', que recibió críticas excelentes, posicionándose como la mejor valorada de toda la historia. Cinco capítulos surgidos de la obsesión de su director, Craig Mazin, por este acontecimiento. En realidad, «una historia sobre la gente», según su productor, Luke Hull.

Igos Kostin

Fotografías

Kostin fotografió lo que pudo tras la explosión, adentrándose en la ciudad. 'Chernóbil. Confesiones de un reportero' añade el testimonio de este hombre, legendario para 'The Washington Post'. De las fotos tomadas horas después del desastre, sólo pudo revelar una, el resto estaban dañadas por la radiación.

'Voces de Chernóbil'

Literatura

La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura en 2015, entrevistó a más de 500 personas y tardó diez años en publicar este libro, que aborda la tragedia vista por los que la sufrieron de cerca, especialmente aquellos que se sacrificaron para salvar otras vidas humanas y sus familias.

Sobre Chernóbil y los tours

El accidente nuclear.
Se produjo el 26 de abril de 1986 en la central del norte de Ucrania (aún dentro de la URSS) Vladímir Ilich Lenin, a 3 kilómetros de la ciudad de Prípiat y 18 de Chernóbil. Es el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares, al alcanzar el nivel 7, solo registrado también por el desastre de Fukushima (Japón) el 11 de marzo de 2011 tras un terremoto de magnitud 9 y el posterior tsunami.
Héroes: los liquidadores.
600.000 personas fueron reclutadas, sacrificadas, para intentar contener los efectos del accidente. Solo se les permitía trabajar en turnos de 90 segundos. Y, aún así, algunos recibieron radiación; en los casos más extremos, millones de veces más de lo que puede soportar el ser humano, muriendo a los pocos minutos.
Dos ciudades.
Chernóbil: Vivían allí 14.000 personas. Hoy son 700, sobre todo obreros que se dedican a descontaminar la central | Prípiat: Residían en ella los empleados de la planta. Tuvo 40.000 habitantes, pero ahora permanece vacía.
Precauciones a observar.
Llevar ropa adecuada: pantalones largos, camisetas con mangas largas, zapatillas que cubran el tobillo... También se puede comprar el mono protector. Seguir las indicaciones del guía y no desviarse del recorrido. No tomar alcohol, drogas ni fumar; no comer ni beber al aire libre (no coger agua de pozos) -hay tiendas y cafeterías-, tampoco tumbarse sobre el suelo o la hierba ni llevarse nada de la zona, ningún 'souvenir' radiactivo. No entrar en los edificios; son viejos y peligrosos y está prohibido. Mirar dónde se pisa; hay cristales, serpientes... Y, al regresar al hotel de Kiev, ducharse y lavar la ropa y el calzado.
40%

han subido las reservas para el verano desde que se emitió la serie 'Chernobyl'. Hay cuatro grandes touroperadores y decenas de agencias de viajes. No se puede visitar por libre.

En el blanco y negro liquidadores. Segunda imagen, visitantes ante el sarcófago del reactor número 4. última imagen, una tiurista mide su grado de contaminación. / R.C.

Sus guías son personas que desde muy jóvenes tenían interés por esta zona y la visitaban, e incluso conocían personalmente a algunos liquidadores. Cada mes, pasan un control de radiación, «y no tienen niveles superiores a cualquier otra persona. Los pilotos de avión reciben más», insisten. La zona más peligrosa es Prípiat, porque hay lugares donde se concentra más contaminación. «Después de la explosión -explican-, se lavó con espuma que se acumuló en las canalizaciones, y la radiación se infiltró en el suelo. Además, hay edificios viejos, cristales, serpientes... Aunque el mayor peligro de la zona de exclusión es el Bosque Rojo, pero ahí no se entra». Llaman así a la masa arbórea en unos diez kilómetros cuadrados alrededor de la central y recibe ese nombre por el color que adquirieron los pinos, muertos tras absorber la radiación. Todo el bosque se taló, pero el lugar sigue siendo una de las áreas más contaminadas del planeta.

El testimonio

El español Héctor Navarro se decidió a visitar Chernóbil y narró aquella experiencia en su blog de viajes (www.mibauldeblogs.com).

- ¿Por qué quiso hacer este tour?

- Fui con unos amigos. Tras meternos en Nagorno Karabaj, el Líbano e intentar cruzar la frontera con Siria en plena guerra, se nos ocurrió visitar Chernóbil. No es que seamos unos descerebrados, pero nos gusta compartir estos destinos. Cuando supimos que se podía visitar, no dudamos ni un momento. Aquello es parte de la Historia y de nuestras vidas. Estar allí nos ha marcado. Compartimos el tour con ucranianos y cuatro militares españoles de vacaciones. Imagino que su motivación era la misma que la nuestra, pero uno de ellos era muy fan del videojuego 'Stalker', que discurre en la zona de exclusión de Chernóbil. Fíjate que hasta un videojuego puede motivar un viaje.

- ¿Qué sensaciones tuvo?

- Empiezas a darte cuenta de dónde te metes al entrar en la zona de exclusión. En la primera parte del tour visitas lugares en los que actualmente hay trabajadores y se percibe movimiento de personas y vehículos, por lo que no impacta demasiado. La cosa cambia al acercarte al reactor 4 y tenerlo delante. Lo que puedes contemplar es el inmenso sarcófago de acero que lo cubre, , en forma de arco de 110 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo, y que pesa más de 30.000 toneladas. Aquí los microsieverts son de 3,5 aproximadamente. En condiciones normales, se considera hasta 0,15 microsieverts por hora, una medida normal de radiación (una radiografía dental tiene 10 microsieverts). Aunque también había puntos concretos donde se disparaba mucho más allá.

- ¿Y la ciudad de Prípiat?

- Es lo que impacta más. Pasear por sus calles, entre la gran noria y los destartalados autos de choque en Luna Park, por su estadio, supermercados, colegios y edificios. Andar por esa ciudad fantasma es vivir en primera persona una película de ciencia ficción, de esas en las que sus personajes sobreviven a algún desastre en el que se extingue casi toda la Humanidad. Esa sensación es real y solo puede vivirse en Prípiat. La experiencia es única, inolvidable. Pese a que cada uno la pueda sentir a su manera, te llevas un recuerdo que difícilmente vivirás en otro lugar de la Tierra.

Hace tres décadas, Svieta y sus vecinos se percataron de que algo malo pasaba porque los médicos empezaron a prestarles mucha atención. Les dieron un fármaco con yodo y les recomendaron no coger ni comer plantas. Tampoco beber de sus pozos ni tomar leche de sus vacas, mejor envasada fuera. «En la tienda del pueblo teníamos pocas cosas, era la época soviética. Pero, tras el accidente, había muchísimos productos. Madre siempre decía: 'come de la tienda' porque, aunque estábamos acostumbrados a la comida casera, era peligrosa». Hoy, los escasos locales de la zona, entre ellos la cafetería de la central, ofrecen menús elaborados con alimentos importados que los turistas engullen con la despreocupación del que sabe que está de paso.

El Chernóbil japonés El turismo asoma por Fukushima

Se han cumplido ocho años de aquel 11 de marzo, cuando un terremo de magnitud 9 cuyo epicentro se situó frente a la costa noroeste de Japón provocó un tsunami que acabó con la vida de unas 18.000 personas y golpeó la central nuclear de Fukushima Daiichi. ¿La consecuencia? Un incidente nuclear de grado 7, como el de Chernóbil, que hizo necesaria la evacuación de la población residente en 30 kilómetros a la redonda: cerca de 200.000 vecinos (unos 54.000 siguen desplazados). Aire, tierra y mar quedaron contaminados.

Las imágenes de la costa pegada a la planta dieron la vuelta al mundo para explicar el grave problema de vertido radiactivo que se estaba produciendo en esas aguas. Por eso, incluso a día de hoy, es chocante ver a Akihiro Yoshikawa sosteniendo entre sus manos peces que acaba de pescar en la zona y que dice que pueden comerse sin problema. «Es una realidad que hay áreas contaminadas, pero también es cierto que hay lugares donde se puede pescar de forma segura», explica a este periódico.

Nacido en 1980, este exempleado de Tepco (la empresa que gestionaba la central cuando ocurrió el accidente) encargado de un edificio especializado en residuos readiactivos dentro de la planta de Fukushima -en proceso de desmantelamiento- organiza tours para dar a conocer aquella tragedia. «Trabajo por el futuro de esta región», aclara, e informa de que lo hace para la Prefectura de Fukushima como director de la Appreciate Fukushima Workers (AFW), organización independiente cuyo lema es 'Crear un hogar que se pueda confiar a la próxima generación'. Hasta el momento, ha llevado a unos cuantos centenares de japoneses, en su mayoría estudiantes universitarios y de secundaria, a enseñarles la central -solo es posible acercarse a 1,5 kilómetros- y ayudarles a entender el incidente.

También organiza recorridos por las ciudades abandonadas del entorno, como lo fue Namie, que ahora vuelve a la vida, y por aguas de la costa. Dice que el tour está abierto a cualquiera y que cuesta unos 50.000 yens al día (400 euros). «La gente viene a conocer las consecuencias del accidente, y gracias a esto yo estoy conociendo la fuerza de las personas que residen aquí. Yo también soy una víctima, vivía aquí, pero estoy saludable».

Ejemplo de excursión

Tour básico:
El tour básico de Real Fukushima te lleva a la zona de exclusión actual, en las ciudades de Futaba y Okuma, y a las áreas circundantes, a las ciudades de Odaka, Namie y Tomioka, donde recientemente se retiraron las órdenes de evacuación y adonde la gente está regresando gradualmente. La cantidad total de la exposición a la radiación a través del recorrido es de entre 3 y 5 microsievert.

El Gobierno japonés informa de que, en 2016, hubo 52.764 personas que visitaron la zona, un 92% más que el año anterior (unos 28.000). Muchos se sorprenden de que haya gente allí viviendo, cultivando terrenos descontaminados y pescando en sus aguas. Al igual que ha pasado con Chernóbil, una serie que ha llamado la atención sobre su región, pero hay quien considera que, a diferencia de la de HBO sobre la tragedia en la central ucraniana, 'Dark Tourist' ha ofrecido en Netflix una imagen que exagera el peligro de recibir radiación al visitar la zona. Y ellos quieren decir al mundo que la vida allí continúa. De esta manera, residentes de la zona se han organizado y hacen de guías en la asociación Real Fukushima: «Ven a ver el Fukushima de hoy y aprende del accidente», se ofrecen en su web, con un tour básico de cinco horas por 8.000 yens (65 euros), y otros más completos y caros. «La idea de que este es un lugar peligroso es completamente errónea», dice uno de ellos, Shuzo Sasaki.

Por 210 euros, la empresa online Get Your Guide acaba de lanzar un tour de doce horas que publicita así en su web: «Visite la zona de desastre de Fukushima y sea testigo de primera mano de la devastación causada por el terremoto, el tsunami y el accidente de la central nuclear. Escuche las poderosas historias de sus residentes y déjese inspirar por su fuerza».

La primera foto, Raquel Montón (Greenpeace) mide la radiactividad ante la zona de exclusión. Abajo, el guía de Akihiro Yoshiikawa. última imagen, un turista japoneés retrata el lugar. / R.C.

Divertimento cuestionable

Raquel Montón, de Greenpeace, visitó Fukushima en 2016 como parte del programa de su ONG para hacer seguimiento de las consecuencias del accidente. «Entonces no había turistas, solo nosotros, midiendo la situación de los sedimentos marinos y las desembocaduras de algunos ríos contaminados». No es muy partidaria de este tipo de turismo; considera que no suele contribuir a recuperar económicamente las zonas afectadas y que de eso debe ocuparse el Gobierno del país correspondiente (las ayudas acabaron en 2017).

«Estar allí unos días o un mes puede no tener mayor complicación para nosotros, llevábamos dosímetros y no recibes más que el equivalente a unos rayos X; pero el problema es la gente que vive allí todos los días, 400 o 500 radiografías al año, imagina para un niño de 4 o 5 años... Y muchos se ven obligados o coaccionados a regresar a la zona afectada porque les retiran las ayudas. Y es su tierra, son sus recuerdos... Todo es legítimo; queremos conocer, pero hacer divertimento del sufrimiento tan grandísimo que supone un accidente nuclear... Deberíamos revisar de dónde obtenemos la diversión los humanos».

Pero ahí están, los turistas llegan cada vez más, atraídos por diferentes motivaciones. Alguno no tiene complejo en admitir la suya, como el programador informático filipino Louie Ching, 33 años, que visitó el año pasado la planta nipona después de viajar en 2017 a Chernóbil: «Siendo completamente honesto, lo hago para fardar».