Aquellos viajes en coche

La Operación Salida de quienes fueron niños en los 70 y 80 era una ilusionante pesadilla. Hacinados en el 600 y condenados a caravanas. Así era irse de vacaciones en la era anterior a los vuelos 'low cost'

El Seat 600 y el Toro de Osborne, señas de identidad de la España del desarrollismo, cuando las familias emprendían largos viajes en coche para irse de vacaciones. /FOTOS: YO FUI A EGB Y E. C.
El Seat 600 y el Toro de Osborne, señas de identidad de la España del desarrollismo, cuando las familias emprendían largos viajes en coche para irse de vacaciones. / FOTOS: YO FUI A EGB Y E. C.
OSKAR BELATEGUI

Santiago Segura recuerda perfectamente el color del 600de su padre: «Blanco crema. O más bien leche con dos gotas de café». También los viajes «eternos» en verano desde Carabanchel al Cabo de Palos, en Murcia. La liturgia previa de cerrar la casa, asegurándose de que el agua, la luz y el butano estaban desconectados. Y la nevera abierta y limpia, para que no huela. «Mi padre siempre se quejaba: '¿A dónde vais con tantas maletas?'», rememora. «Finalmente compró una vaca, que era esa especie de parrilla metálica que se ponía en el techo, con los bultos atados con pulpos, unas gomas elásticas con ganchos».

Las travesías familiares en coche pertenecen al recuerdo de una generación que no conoció el AVE ni las líneas aéreas 'low cost'. Una pesadilla de horas e incluso días por carreteras infames, en una época en la que las normas de seguridad actuales eran ciencia ficción. La Operación Salida en los 70 y 80 no conocía el cinturón de seguridad ni los asientos homologados para niños.

«Nosotros éramos la típica familia española de clase media que fue mejorando económicamente y comprándose un coche más grande: del 600 pasamos al 850, 1500, 124, 1430...», apunta Elvira Lindo, quien jura que iban siete en el 600: los cuatro hermanos, los padres y una tía. Además de una infancia nómada con muchos domicilios y mudanzas, la escritora tuvo que 'sufrir' a un padre al que le apasionaba conducir. «Tenía como ansiedad hacer excursiones. Todos los fines de semana vivíamos en el coche», suspira. El destino habitual de los Lindo era Rincón de Ademuz. «Pero un verano, en el colmo de la pasión de conducción, mi padre nos dio la vuelta a la Península en coche, incluido Portugal».

Las carreteras no eran como las de ahora. El casette y el perro que movía la cabeza.

Jorge Díaz es junto a Javier Ikaz el responsable de 'Yo fui a EGB', ese fenómeno editorial y de internet basado en la punzada sentimental que provoca el reconocimiento. En su labor de arqueología sentimental no han faltado aquellos viajes en coche anestesiados por la biodramina, preludio de un verano de tres meses sin cursos ni campamentos. La antesala de un tiempo detenido. «Mi padre era taxista, pasó del 131 al Chrysler 150 y acabó con un Peugeot 505», enumera Díaz, al que le tocaba veranear en un pueblo de Galicia. «Montábamos muy poco en coche, no como ahora. Ir de viaje era un acontecimiento, también una pesadilla. Te levantaban en mitad de la noche y no te dejaban ni desayunar para que no te marearas».

Las cintas antiestáticas que colgaban de la trasera del vehículo eran perfectamente inútiles ante el mareo. No ayudaba mucho que el padre, por lo general el único conductor, fuera fumando sin parar. Aquellas vomitonas en el arcén las tiene muy presentes David de Jorge, que se ríe al recordar «la odisea de varios días» que suponía trasladarse de Hondarribia a Sanxenxo. Uno de sus tres hemanos, reconoce, viajaba de pie en el 131. «Nunca se paraba a comer en un restaurante», certifica. «Mi ama llevaba unos purés de calabacín espantosos en una especie de fiambreras y bocatas de filete empanado». A cambio, aquel «chaval zampón» se desquitaba al llegar al destino. «Bandejas de vieiras a la gallega gratinadas... No he vuelto a ver una cosa igual. Y un chiringuito en Porto Novo, El Churrasco, con carne a la brasa, marisco y una tarta de galletas gigante que había que pedir nada más sentarse a la mesa porque se acababa».

Los críos actuales, anclados en sus sillas de seguridad y disfrutando de la película en la tableta, nada tienen que ver con las proles hacinadas en los asientos traseros, sin más entretenimiento que el paisaje por la ventanilla. El aire acondicionado era cosa de ricos. «Mi padre nos deleitaba con las mismas cuatro cintas todo el viaje. A saber: María Dolores Pradera, Nat King Cole canta en español, Los Indios Tabajara y una de Julio Iglesias en la que venía una canción que decía 'tiré tu pañuelo al río para mirarlo cómo se hundía...'. La cantábamos mi hermano y yo con mi padre. Como éramos muy pequeños, a mi madre le hacía gracia», se emociona Santiago Segura al recordar a sus progenitores, ya fallecidos. «Todavía veo a mi padre abriendo el capó para comprobar si se había soltado un manguito...».

El R-5 iba cargado a tope.
El R-5 iba cargado a tope.

Todos coinciden. Aquellos viajes eran una pesadilla, pero la ilusión de las vacaciones compensaba los sinsabores. «Nunca he viajado tan tranquila como cuando conducía mi padre. Ni tan mareada», concluye Elvira Lindo, que añora aquel paisaje de carreteras comarcales, campos vacíos y pocos coches de comienzos de los 70. «Se veían muchos soldados haciendo autoestop y pastores con mantas que te saludaban. O un tipo con unos melones al que mi padre paraba. Metía los melones en el maletero y lo llevábamos hasta el pueblo siguiente».

Como ilustra David de Jorge, «éramos inocentes y todo era maravilloso». En 'Yo fui a EGB' no echan de menos la tortura de los coches de antaño ni el camino de cabras que era la Nacional 1. «Hemos mejorado de todas todas, pero, ay, ya no experimentamos el sentimiento de vivir el acontecimiento del año». Aquellas travesías en nuestra memoria siempre tienen un final feliz. «Llegar de vacaciones al pueblo es una de las cosas más bonitas y emocionantes que yo he vivido», reivindica Elvira Lindo. «Mi padre iba anunciando los kilómetros que quedaban, y cuando llegabas salía la gente a la calle a recibirte. Era la excitación de ir a un sitio donde sabías que ibas a ser feliz».

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