Una falla en medio de la Albufera

La música retumba en el corazón del Palmar. Empieza el día y decenas de falleros desbordan energía. Más pausado, el tío Rafael, el único superviviente de los 25 fundadores, recuerda los orígenes

Los falleros se preparan un almuerzo completo para empezar el día./Txema Rodríguez
Los falleros se preparan un almuerzo completo para empezar el día. / Txema Rodríguez
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Hace un día de película y en cuanto sales de la ciudad, de esa Valencia pringosa y explosiva, te olvidas de que son las Fallas. El sol parece acariciar la Albufera y en el mirador ya ha comenzado la ronda de los selfis. Los ciclistas parecen huir presurosos de la competición alcohólica y ruedan de buena mañana para suministrarse la dosis diaria de endorfinas. Bajan el pecho, en un ardid aerodinámico, y enfilan hacia Cullera. El desvío hacia el Palmar no hace sino acentuar esa sensación de paz, con agricultores puntuales que celebran su despertà cada mañana a golpe de azada.

El Palmar ha degenerado en una especie de parque temático de restaurantes valencianos. Pero a estas horas aún no han llegado las hordas de turistas ávidos de arroces y all i pebre. La gente trajina de aquí para allá tranquilamente, pero ir entrando en el pueblo es ir acercándose a un corazón que late a ritmo de reguetón. Doblas una esquina, luego otra y cuando entras en la plaza de la Sequiota, la plaza del pueblo, te das de bruces con una carpa colosal que parece poner diques a una energía imparable.

Decenas de jóvenes, niños y algún adulto forman una larga cola en busca de avío. Es la hora del almuerzo y sobre unas mesas reposa un festín de sabores: tortillas con todas las mezclas posibles, lustrosas morcillas, sang amb ceba, panceta... La tentación embadurnada de aceite. «¡Manoloooo, que corra la cola!», se escucha de repente de un fallero hambriento. «Ay, madre, que no me va a entrar el corpiño», se lamenta otra. Pero todos respetan el orden, llegan a la mesa, se cortan media barra de pan y la preñan con lo que más les seduce. Después desfilan hacia su sitio en cualquiera de las tres largas hileras de mesas blancas donde esperan platos de aceitunas y cacahuetes.

SEQUIOTA

Fundación.
La falla se creó en 1971 y ya están pensando en la celebración por el 50 aniversario dentro de dos ejercicios.
Un superviviente.
La fundó un grupo de 25 amigos del que sólo queda Rafael Soler, que tiene 81 años.
193 falleros.
De los que 108 son adultos y 85, infantíles.

Ahí dentro, como en todo el pueblo, se habla en valenciano. Los casi 200 falleros, salvo contadas excepciones, son del Palmar y bridan por el arranque de un nuevo día de Fallas con chupitos de crema de arroz. Nadie parece cansado. A nadie parece importarle que queden catorce horas hasta la medianoche. Gafas de sol y vasos de plástico. Están alegres y el ambiente, aunque parezca absurdo, no es el mismo que el de una falla de la gran ciudad. Aquello recuerda más a unas fiestas patronales.

No todos tienen tanta marcha. A Rafael Soler le cuesta caminar y se apoya en una muleta para atravesar pesaroso lo poco que queda de plaza entre las terrazas de los restaurantes, la carpa, las dos fallas y un castillo hinchable. A pesar del solazo, va bien abrigado. Lleva un calzado cómodo y mira por encima de las gafas, que llevan el puente almohadillado. Su ojo derecho está enrojecido, pero le brilla la mirada cuando echa la vista atrás. «Yo llevo desde el primer año de la falla, desde 1971».

Falla Sequiota, el Palmar. / Txema Rodríguez

La primera Ofrenda

Otro Rafa más joven, que es el presidente y lleva una camiseta con su nombre, y Marta, que es la fallera mayor y la que todo lo sabe, flanquean a Rafael. Le llaman tío Rafel y lo tratan con devoción. Una mezcla de respeto y admiración que ya se echa de menos. Parece que en los pueblos todavía se trate a la gente mayor con veneración y no como si fueran un estorbo, como abunda en las urbes.

Es lo lógico: el tío Rafel es la memoria de la falla. A él y a sus 24 amigos les deben que se juntaran a finales de un mes de marzo y decidieran hacer una falla al año siguiente. Fue, se podría decir, una comisión atípica en la que los falleros y falleras no iban de falleros y falleras. Daba igual. Nadie les iba a parar y, vestidos de aquella manera, se metieron un pasacalle por el pueblo acompañados de una banda de música. Al año siguiente se fueron a Valencia, a la calle Císcar, a que los vistieran como Dios manda, pero no iban a la Ofrenda porque estaban fuera de la Junta Central Fallera. No fue hasta el tercer año cuando pudieron pasar, al fin, emocionados junto al manto de la Mare de Déu.

Decenas de jóvenes, niños y adultos forman una larga cola en busca de avío

El recuerdo de los alegres años de juventud le ensancha la sonrisa. «Féiem més festa que ara». Y rememora el primer castillo de fuegos artificiales que dispararon justo antes de que empezara a jarrear. Entonces todos eran pescadores del Palmar y se juntaban para hacer la falla, un teléfono, y festejar la fiesta a su alrededor. «Pasamos un frío...». Luego ya vino un artista de Sueca y llegaron los hijos y el tiempo fue pasando y los amigos, muriendo. Pero el tío Rafel ahí sigue, vistiéndose mientras pueda y acompañando al presidente a cada cena del sector que hay durante el año.

El pueblo cambió, abrieron 25 restaurantes en una población de 700 personas y algunas costumbres se perdieron. Pero cada año se planta una falla, se vive la fiesta y se le pega fuego. Ahora manda el reguetón. Y el trap. Y Rosalía. Malamente. ¡Tra trá! Pero la gente sigue siendo del pueblo, de la isla del Palmar, donde parece que estén más lejos de lo que están, más inaccesibles de lo que están.

Por eso, ya de vuelta, dejando atrás la plaza caliente y la calle Albufera en la que cuelga una lona de dos metros con la cara de Rafa, anunciándole al pueblo, como si no lo supiera, que él es el presidente, orgullo fallero, te encuentras a dos subsaharianos tumbados bajo la marquesina de la EMT aburridos de esperar el 25. El autobús que conduce hacia una ciudad revolucionada.

Pero antes hay unos kilómetros de placer. El sol embriagador, ciclistas de ida y ciclistas de vuelta, la Albufera exuberante y la música reconfortante que suena en el coche. Los sintetizadores de Kraftwerk, una banda de cuando el tío Rafel y su colla plantaron el teléfono, te mecen al ritmo de 'Radioactivity'. Valencia espera, con sus horribles carpas blancas, su peste a orín y cientos de botellas vacías. Hay Fallas para todos.