La falla incorrupta

Son una especie de 'spin off' de otra comisión. Es el primer día de su primer año. Hace frío en la periferia, lejos del bullicio del cogollo de la ciudad, rodeados de solares e indiferencia, pero es su sitio y les gusta. Es la suya

La falla incorrupta
Txema Rodríguez
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Ya nadie fuma como Humphrey Bogart. Ni hay bares como los de antes. El Sacramento está en un barrio sin bares, detrás del centro comercial El Saler. Allí, tras la barra, atienden una china muy pequeña y un chino muy grande a quienes les falta comunicarse con el lenguaje de signos. Escatiman las palabras, que han debido morir abrasadas en la plancha entre lonchas de bacon. Tres chavales trasiegan con jarras de cerveza mientras ven al Arsenal pegar cañonazos en teles como pantallas de cine, en el Sacramento y en mil bares más, porque muchos jóvenes ya no van al cine. Solo ven fútbol. Por eso, quizá, ya nadie fuma como Bogart.

El Sacramento está a cinco minutos caminando en penumbra de la Falla Subinspector Blas Gámez-Ángel Villena. No hay otro más cerca. Es una comisión nueva que vive su bautismo. Es 14 de marzo y eso significa que es su primer día de Fallas. El primer día de Fallas de su historia. Pero ahí se acaba la fiesta. La mayoría de la gente está en casa reservando las fuerzas para los días grandes. Que aún hay mucho trajín por delante, mucho baile, mucho pasacalle y mucho cubata en vaso de plástico. Esta noche toca plantar el monumento. Y a esa tarea se entregan diez o quince.

Hace un frío que pela y, si miras alrededor, con la humedad mordiéndote los huesos, parece que estés en Nebraska. Una calle sin vida, un polideportivo sin balones y campos de rugby sin piliers. Y solares, muchos solares. Y qué demonios hace una falla en Nebraska. «Las nuevas no tienen fácil encontrar una demarcación libre, pero aquí no hubo problema...», aclara Jesús Pérez, que es el presidente y el líder de este grupo de entusiastas que da una última capa de pintura a los ninots de la falla infantil que han hecho ellos. Está tan ilusionado que no siente ni el frío. Va en manga corta.

Los falleros de Blas Gámez ultiman los trabajos: cuelgan las bandera, pintan las figuras... / Txema Rodríguez

Aunque si hay alguien optimista, ese es un fallero. «Espérate cuatro años, vuelve y fliparás», advierte, convencido, Fede, que es el tesorero y mira mucho el euro. Porque esta comisión ha tenido que hacer en cinco meses lo que las demás hacen en doce. Fede señala el descampado y empieza a detallar todo lo que van a construir. Que si una gran planta de Mercadona, que si el nuevo pabellón del Valencia Basket, que si una finca... Vamos, que se encomiendan a Juan Roig para que anime Nebraska.

Cada vez hace más frío. No hay edificios que resguarden al personal y los menos atrevidos se han quedado sentados en butacas de plástico blanco alrededor de una hoguera. Más que falleros, parecen scouts. En realidad es una barbacoa tan pequeña que parece de juguete, pero en cuanto han volado las morcillas han seguido alimentando el fuego para pasar la noche. Aún tienen las parcas de la falla impolutas. Con su escudo, el nombre y la cremallera pellizcando las gargantas. Pero no se arrugan por el frío. Es su estreno y la ilusión calienta el alma.

La falla, en realidad, es una especie de 'spin off' de Carrera de San Luis-Rafael Albiñana. Unos 30 o 40, el núcleo de Blas Gámez, decidieron emprender otra aventura fallera.

BLAS GÁMEZ-ÁNGEL VILLENA

Fundación:
Hace medio año. Es su primera plantà en la demarcación que les ha concedido la Junta Central Fallera.
Un héroe.
Los falleros están encantados de estar en una falla que honra la memoria del subinspector Blas Gámez, que fue asesinado en acto de servicio.
Censo.
Son cerca de un centenar de falleros.

Es 14 y eso significa que es su primer día de Fallas. El primer día de Fallas de su historia

Falleros peleados, un clásico

No es un problema exclusivo de una falla. En cada calle hay gente que saca las uñas si atisba una mínima intrusión. Su parcela no se toca. Hasta las últimas consecuencias. Y así, día tras día, los enfados se suceden. Aquí y allá. En el Carmen y en el Cabanyal. Las comisiones se fracturan y al final se rompen. Unos se quedan y otros se van. Y llegan otros que se han ido de otra parte. Y así, sin que cese de girar la rueda, las Fallas siguen adelante porque ya se sabe que el fuego todo lo purifica.

O no.

Pero esta Falla es nueva. Así que todavía está incorrupta. No ha dado tiempo a que nadie considere una parcela de su propiedad. Ni ha dado tiempo tampoco a que nadie ose proponer un cambio. Si la carpa está casi para estrenar. «Al final las fallas no se dan cuenta de que están en contra del progreso. Todo se hace de una manera porque se ha hecho así toda la vida», explica Salva, otro fallero veterano, mientras mete un travesaño en la fogata.

Así que primero rompieron, luego se marcharon y después, con solo cinco meses por delante, fundaron esta falla periférica, donde parece increíble que la ciudad empieza a estar patas arriba. Habrá que volver dentro de cuatro años, como dice Fede, pero no solo para flipar con lo que se ha construido sino también para comprobar que todo sigue igual de idílico.

Ahora lo es. Los falleros parecen recién enamorados. Todos están contentos y todos sonríen. Les ha llegado hasta una familia de Brasil, la de Marisa, una valenciana que se casó con un brasileño y se mudó a Sao Paulo. Ahora vuelve para disfrutar de la fiesta de su tierra y vestirse en la Ofrenda con su madre y su hijo, el pequeño Andrew, que tira sus primeros petardos hablando tres lenguas.

Pero eso será más adelante. Ahora es el 14, es de noche y hace frío. La luz tampoco ayuda. Las farolas vomitan una luz mortecina y los falleros, con más entusiasmo que presupuesto, han colgado cinco humildes ristras de luces.

Una débil musiquilla llega de lejos. Unos jóvenes han aparcado, han abierto el maletero del coche y se han montado la fiesta. No necesitan una falla y allí, solar va, solar viene, no molestan a nadie. Se ríen, beben y fuman. Aunque no fuman como Humphrey, claro.