¿Se alquila?: El futuro de los videoclubs en Valencia

La piratería y las plataformas han cambiado el paradigma del alquiler de películas, ¿cómo sobreviven los que quedan?

Stromboli. /Á.G.D.
Stromboli. / Á.G.D.
Álvaro G. Devís
ÁLVARO G. DEVÍS

Seis. Es el número de resultados que da Google Maps cuando buscas «videoclubs en Valencia», solo uno de ellos en el centro. Hubo una época en la que no fue así. También hubo un época (la misma) en la que había decenas y decenas de cines. Valencia era cinéfila y ahora parece que se ruede más de lo que se ve. El enésimo golpe al negocio cultural fue el cierre de los Cines Aragó, pero el diagnóstico lo supimos en una reciente encuesta: los valencianos no consumen cultura.

En el resto de España, la situación no está mucho mejor. Hace unos días, el videoclub más antiguo del país, en Barcelona, lanzaba una campaña de micromecenazgo para salvarse del cierre.

Y sin embargo, algunos persisten adaptándose a los nuevos tiempos. Abren a las 11 de la mañana y cierran tarde, los fines de semana también. Normalmente con una sonrisa y dispuestos a recomendar alguna película que te pueda fascinar. ¿Cómo sobreviven estos videoclubs? ¿Nos acercamos al final del modelo de alquiler en DVD? Y sobre todo, ¿cómo ven los propios gerentes de estos comercios la situación?

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Vídeo Rados

El videoclub que sobrevivió a una familia

Jueves, 19 horas. Un hombre y su hijo ojean las estanterias de Video Rados. El primero recibe una llamada, presumiblemente de trabajo. Atiende medio minuto pero ataja la situación: «Perdona, pero estoy en el coche llevando a mi hijo a un sitio, te llamo en unos minutos», miente. En tan sólo 30 segundos el pequeño llevaba ya dos películas que proponerle: «Esta te gustará». La escena ocurre de una forma rutinaria, como si fuera una parte imprescindible de la semana de la familia: ir al videoclub a buscar las películas del fin de semana, previniendo la alternativa sensata a las películas de intriga de la sobremesa.

Video Rados cuenta con una buena ubicación en la calle de Emilio Baró, pero sobre todo, cuenta con una plantilla de clientes dispuestos a rechazar llamadas para perderse en sus estanterías. Nació como una empresa familiar, los Radoselovics llegaron a abrir varias sedes por Valencia hasta que las cuentas no le fueron suficientes y cada uno de los propietarios se fueron quitando de encima los locales, ofreciendo la posibilidad a los trabajadores de traspasarle la gestión en vez cerrar.

Esa es la historia de Joel Álvarez, que se quedó con el Rados de Emilio Baró en septiembre del año pasado. Hasta hace poco era un trabajador más, ahora se encarga de cuadrar las cuentas y de la estrategia de la tienda y por ahora «la experiencia está siendo muy buena».

Admite que ha sido uno de los beneficiados por el cierre del resto de videoclubs. «Se trata de la gestión: no es lo mismo hacer una tienda de barrio en el que te esfuerces por conocer los gustos de la gente que centrarte en lo númerico. Hay muchos clientes nuevos que he absorbido de la antigua competencia», comenta. Y Rados es, ante todo, una tienda de barrio: es kiosko y tiene hasta un caracol en la entrada para los niños pequeños que se quieran subir por poco dinero. Sobre la recepción, un panel con fotogramas de 'León el profesional', 'Star Trek' o 'Trainspotting' evoca lo más romántico de los videoclubs, como si en Benimaclet estuviera ese sitio en el que trabajó un Tarantino adolescente y que le inspiró a hacer su cine.

¿Pero por qué sobrevive Vídeo Rados y el resto no? «Sobre todo por la variedad. Al trato al cliente le sumo un catálogo que no se ciñe solo a lo comercial y eso tiene muy buena salida». Esa especialización es el camino por el que se ha que querido optar. Álvarez es optimista: «Queda Rados para rato. Yo le doy (como mínimo) 10 años», sentencia.

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Stromboli

Mucho más allá del alquiler, un templo del cine

Conocer que hay un videoclub llamado Stromboli especializado en el cine clásico en Ruzafa es de 1º de 'valenciano cultureta'. Muchos han ido y otros solo lo conocen, pero en 13 años se ha convertido, en palabras de su actual gerente Daniel Gascó, «en un imán de cinéfilos».

La historia de Stromboli es la del éxito de una resistencia frente a la modernidad. «Más que un videoclub, se trata de una videoteca. Acumulamos clásicos, filmografías interesantes y cine inédito que ni siquiera algunas insituciones encuentran fácilmente», cuenta Gascó. En este pequeño local se encuentra lo que no tiene hueco en internet ni en las estanterias kilométricas de los grandes almacenes. «La gente viene y me cuenta que ya no ponen clásicos en la televisión y que si tengo 'Casablanca' y yo les contesto que claro, que cómo no voy a tenerla. Ese es el público de Stromboli, y eso revaloriza nuestro catálogo», relata.

Lejos de la modernidad pretenciosa, la labor del videoclub va mucho más allá del pequeño local. Cinefórums, pases inéditos, presentaciones de películas en Valencia... La idea de Gascó es crecer hacia fuera, y trasladar una marca de videoclub que «no existe ni en Madrid ni en Barcelona ni en Sevilla».

El futuro de Stromboli, que tras un traspaso familiar, está en plena reestructuración económica, parece asegurado: «Hemos tenido nuestros altibajos, pero ahora tenemos más 'altis' que bajos», comenta Gascó. Su método es convertir el local en un refugio «para los cinéfilos que se quejan de no encontrar a otros cinéfilos con los que compartir su afición y descubrir cosas nuevas».

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Videoteca Boston

La trinchera para resistir

Boston es otra red de videoclubs, como Rados, que aún cuenta con 6 locales en diferentes poblaciones. La empresa, también familiar, sigue, aunque a medio gas: llegaron a tener 12 sedes.

La situación del Boston es la más delicada de los tres ejemplos: «Aguantamos. Mal, pero aguantamos, que es lo importante». Eso cuenta Juanjo Bustos, gerente del videoclub de la calle Juan XXIII, que a pesar de lo dicho, ha visto cerrar un buen número de videoclubs a su alrededor: «La diferencia ha sido la gestión», defiende.

Bustos señala el problema en la piratería: «La cultura en nuestro país funciona así, del VHS se pasó al DVD pero este no ha evolucionado en nada, porque ahora la gente lo tiene todo en su movil y se lo descarga», sentencia. «Cuando me dan un pen drive para que les revele fotos, aparece en la misma carpeta cuatro películas descargadas ilegalmente», relata.

Boston ha optado por una gran catálogo de novedades y venta de films. Y aunque el futuro no permita ser muy optimista para el sector, según él, espera aguantar los 15 años que le quedan para la jubilación: «Todo depende de la gente».

Terremoto Netflix

En las pasadas Fallas, la plataforma de vídeo bajo demanda Netflix lanzó una campaña parodiando una de sus producciones más exitosas, Narcos, con acento valenciano. El 'malparidos' de Pablo Escobar se conviritió, traducido, en la etiqueta de las piezas. Los cárteles montaban un concurso de paellas para hacer las paces y el famoso narco colombiano se convertía en fallera mayor.

La viralización de estos vídeos llegaron a decenas de miles de personas, también más allá de las fronteras autonómicas. Se ganaron la simpatía de los valencianos pero no se sabe con certeza con cuántos usuarios cuenta la plataforma en la Comunitat. ¿Cómo les afecta el terremoto Netflix y el desembarco definitivo del formato serializado en las horas domésticas que se le dedicaba al cine en casa? ¿Notan que la combinación «peli y mantita» suena algo desactualizada en comparación del «Binge-watching»?

«La diferencia es que ahora, además de las plataformas, siguen viniendo al videoclub», comenta Joel Álvarez de Rados. «De momento no hay color, porque ninguna web consigue reunir todas las novedades, y nosotros sí», añade.

«Las personas necesitan de humanos que les ayuden a gestionar tu ocio. Si tienes dos horas para ver una película y te metes en Netflix, sabes que corres el riesgo de quedárte en el menú eligiendo, pero la dulce dictadura de que alguien (que además acaba conociéndote) te diga que apuestes ciégamente por una película que te puede encantar y que luego te guste es insustituible», añade Gascó de Stromboli.