Ángeles con placa: así son los policías que defienden a las mujeres valencianas maltratadas

Casi un millar de víctimas de violencia de género están bajo su protección; el auge del maltrato entre adolescentes y de menores a sus padres, dos de sus muchos retos

Pilar Bojó, Ana Blas y Estela Pardo, las jefas de la UFAM. /I. Marsilla
Pilar Bojó, Ana Blas y Estela Pardo, las jefas de la UFAM. / I. Marsilla
Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

Dos medallas cuelgan del pecho de todos los agentes que integran la Unidad de Familia y Mujer (UFAM) de la Policía Nacional de Valencia. Empatía y vocación. «No creo que haya otra unidad con más capacidad de ponerse en la piel de las víctimas. Y somos todos vocacionales 100%». La inspectora jefe Ana Blas lo afirma mientras afila sus ojos, negros y exóticos, capaces de mutar en un instante como cristales caleidoscópicos en los que incide la luz. De la comprensión, a una fiereza penetrante; de la forma que mira con empatía a una víctima, a la dureza con que interroga a un maltratador. Son dos de las principales armas del grupo especializado que tiene su sede en la Jefatura Superior de Policía de Valencia y que encabeza Ana Blas.

'No se te ocurra ponerme la mano encima jamás'. 'Ya no tengo miedo'. 'Tarjeta roja al maltratador'. Con muros blanquecinos y un ala del edificio policial restaurado para acoger la unidad, los mensajes de concienciación contra la violencia machista lucen en no pocos carteles de sus pasillos y media docena de despachos. Y antes de sus dos entradas, una para cada implicado en los casos de maltrato. La víctima, por una puerta. El presunto maltratador, por otra, justo en el camino que conduce a los calabozos. «Si está violento es conducido aquí. La víctima y el detenido jamás se cruzan, es fundamental para el buen transcurrir del caso», explica el comisario Vicente Martínez, responsable de la Brigada de Policía Judicial a la que pertenece la UFAM.

El mando policial prefiere no entrar en las críticas de algunos sindicatos de falta de agentes para proteger a las víctimas (sitúan el ratio hasta en 120 maltratadas a cargo de cada agente en Alicante, o 70 a uno en Valencia). El comisario es tajante. «Créeme, hay bastantes medios y suficientes manos para combatir el maltrato en la ciudad de Valencia», subraya Martínez.

«Te quita el sueño. Piensas, ¿y si le pasa algo? Y haces todo lo que está en tu mano»

Tres rostros y sobre todo tres actitudes añaden el mejor argumento al dictamen del mando policial. El de la inspectora jefe Blas, el de la inspectora Pilar Bojó, responsable de la unidad de Investigación de la UFAM, o el de la inspectora Estela Pardo, al frente del área de Protección. Su secreto en el día a día, ser personas antes que policías. «A menudo nos vamos a tomar un café fuera de aquí con las víctimas, o a sus casas, así no ven tanto la institución y sí más a la persona», detalla la inspectora Bojó. No son pocas las veces que envían «un coche K (camuflado, sin distintivos policiales) a recoger a una mujer cuyos vecinos nos han hecho llegar indicios de maltrato, antes incluso de que haya denunciado; y acaba haciéndolo», explica la inspectora jefe Blas. Como también son muchos los días que se llevan los problemas a casa. «Te llega a quitar el sueño. Te preguntas, '¿y si le pasa algo?', y haces todo lo que está en tu mano para protegerla. Hasta hablar con ella por la tarde, cuando estás con tu niño en brazo», recrea la inspectora Pardo, mirando al vacío frente a ella, casi como tuviera delante a alguna de las algo más de 750 maltratadas que actualmente reciben protección personal de la Policía Nacional en Valencia.

Hoy en día (a 30 de noviembre), en el sistema de Seguimiento Integral en los casos de Violencia de Género (Sistema VioGén) hay casi 9.000 casos activos en la Comunitat. El protocolo los encuadra en cinco niveles de riesgo: no apreciado, bajo, medio, alto o extremo. En el último escalafón se aprecia peligro para la vida de la víctima; en el anterior, riesgo para su integridad. Alrededor de una decena de mujeres están en los dos niveles más elevados. En la cúspide, los protectores de la UFAM están «24 horas con ellas, con un coche patrulla a las puertas de casa y acompañándola a cada gestión», explica la jefa de Protección. Con riesgo alto, también hay siempre una unidad pendiente en el barrio o distrito de cualquier incidencia».

Psicóloga, madre, policía...

A uno de los despachos de las jefas entra la subinspectora Ana. Va sin uniforme, nada que la identifique como policía. Ella es una de las ángeles guardianes de las maltratadas. Uno de los rostros anónimos que vigila en las sombras para que no siga creciendo la cruenta cifra que este año va ya por 44 mujeres asesinadas por terrorismo machista. Ella llama a diario a todas las víctimas cuya vigilancia tiene asignada. «A veces te tiras media hora al teléfono, simplemente escuchándolas, aunque no sea policialmente relevante lo que dicen. Haces de psicóloga», sonríe con deje cariñoso. De tutora, de madre. Alrededor de infinidad de cafés. Dándoles fuerza para ir al trabajo. Paseando con ellas y sus niños. «Llegan a llamarte a las 12 de la noche. Hay que estar siempre ahí», resume la subinspectora.

Hay dos violentas realidades que entre las paredes de la UFAM se palpa a diario cómo no cesan de crecer. El imparable auge del golpe, el control y el acoso entre adolescentes. «Confunden cuánto me quiere y qué pendiente está de mí con el maltrato. Se creen que es el amor de su vida y es un tirano», explica Bojó. En las adolescentes hay que actuar si cabe con más tiento. «Tienen como el síndrome del caracol, si no vas con cuidado se encierran y ya no puedes hacer nada», advierte Blas. Y luego está la irrefrenable violencia de padres sobre hijos. «Gran parte de culpa la tienen los porros». La inspectora Bojó ve a diario cómo les trastorna. Esa droga vista como blanda. «Ves que los padres les dejan fumar en casa, como si nada. Y daña irremediablemente el cerebro», advierte Pardo.

Pilar Bojó. Jefa de Investigación Desenmascarar a un monstruo en casa

«Cuando un padre o madre denuncia a un hijo, es que ya no ven otra salida». Tengo un tirano en casa, recuerda la inspectora Bojó que llegan diciendo. Ella no olvida un caso «que nos tocó bastante a todos». La actuación comenzó cuando una mujer llamó al 091 para decir que su hijo había golpeado a su nuera y estaba grave. Los engranajes de la UFAM se activaron. Los padres del agresor «luchaban con el sentimiento de padres hacia un hijo», pero acabó venciendo el calvario que sufría su nuera. «El padre se presentó una tarde, lo relató todo y condenó la acción de su hijo. Fue el comienzo de una investigación para demostrar su peligrosidad y violencia», tal y como recuerda la inspectora Bojó.

Ana Blas. Inspectora jefa de la UFAM «Todos hemos pedido este destino»

Hay pocas unidades policiales más vocacionales. «Aquí estamos todos porque hemos pedido la UFAM como destino», subraya su inspectora jefa. Ana Blas recuerda cómo todos los integrantes superan un curso de un mes en Madrid. No pocos son rechazados. «Somos policías, psicólogos, amigas», enfatiza la responsable.

Estela Pardo. Jefa de Protección Control y amenazas desde un país árabe

La inspectora no olvida un caso aún vigente. La de una mujer árabe a la que su marido, «de poderosa familia», encerraba en casa. Ella es discapacitada por sus palizas. Él se quitó el GPS y huyó a su país. Ella se oculta. Él aún la amenaza y controla. «Tiene gente aquí».

Ignacio del Olmo. Comisario provincial «Ojalá un día no hagamos falta»

No es un deseo baladí el del comisario provincial de Valencia. «Ojalá un día las UFAM tuvieran que desaparecer porque no hay maltrato». Mientras apuesta por atención «integral y 24 horas, lo que hacemos».

Eva, maltratada protegida: «Un juez no salva tu vida; la policía, sí»

Cuando la fotógrafa acaba de hacer las instantáneas, reportera y víctima se funden en un abrazo. Las dos vierten lágrimas. Y ambas se dan las 'gracias'. «Lo hago por la policía, porque sin ella no estaría viva. Y por las mujeres que tienen miedo a dar el paso para denunciar. Deben saber una cosa: no hay que callar el maltrato. Si callas, te mueres».

Si ella oculta su rostro y su nombre no es por miedo. Es por precaución. Acaba de salir la sentencia que impone a su expareja seis meses de prisión. Aunque en realidad se han sustituido por 30 días de trabajos en beneficio de la comunidad. «Las cosas de la Justicia...», lamenta ella. De su cuello pende un colgante de oro con un pequeño Ave Fénix. Ella lleva dos años resurgiendo de sus cenizas. Un nombre le ha ayudado a ello. Lo repite sin cesar. Alejandro, el policía de la UFAM que ha sido su sombra, su protector, durante dos años. El tiempo que ha pasado desde que aquel joven sudamericano que se presentó ante él detallista y conquistador se tornó en un diablo.

Eva, separada, no dudó en presentarlo pronto a su familia, a un hijo discapacitado al que adora. No tardó en revelar su verdadera cara. «Quería casarse conmigo para que le dieran la nacionalidad. Le dije que de ninguna manera, que se fuera de casa». Y estallaron los insultos, las amenazas de muerte, el anuncio de comprarse una pistola. Dos quebrantamientos de la prohibición de acercarse. «Un juez no te salva la vida con la orden de alejamiento. Ni las oficinas de 24 horas, que no son más que fachadas. Los que te salvan la vida son los policías».

Alejandro es para ella «como un miembro de mi familia». Se encargó de que un parabán la protegiera durante el juicio. La esperó a la salida. Igual que antes acudió raudo a la frutería en la que su exnovio la asaltó por la espalda. Un ángel de la guarda con placa.