La madurez de un rey

Felipe VI cumple 50 años con los deberes hechos: ha dado vuelta al descrédito de la monarquía y es el líder mejor valorado de nuestro país

El rey Felipe./
El rey Felipe.
PASCUAL PEREA

Felipe de Borbón supo lo que sería reinar en España el 23 de febrero de 1981, a los 13 años, cuando un teniente coronel de la Guardia Civil entró pistola en mano en el Congreso de los Diputados. Aquella noche interminable, el rey Juan Carlos quiso que su hijo le acompañara mientras trataba de evitar el golpe de Estado. Al niño se le cerraban los ojos, y su padre le decía:«Felipe, no te duermas, mira lo que hay que hacer cuando se es rey». «Aquella noche –confesaría después don Juan Carlos–, el príncipe de Asturias aprendió en unas horas más de lo que aprenderá en el resto de su vida...».

El 19 de junio de 2014, don Felipe sustituyó a su padre en el trono, con la monarquía sumida en una profunda crisis. Menos de cuatro años después, a punto de cumplir los 50 –los celebrará pasado mañana–, el rey más joven de Europa ha logrado enderezar la percepción de la Corona entre los españoles y encumbrarse como el líder más valorado en nuestro país. Tal vez sea el resultado de la lección aprendida aquella lejana noche, y sin duda también de una formación muy esmerada en la que nada se escatimó ni se dejó al azar. Preparado, cercano, sacrificado, vocacional, concienzudo, profesional... son virtudes que se repiten una y otra vez en labios de quienes le han tratado. «Quiere pasar a la historia como un buen rey», coinciden.

Un relevo necesario «Vio los errores del padre»

En 2014, la monarquía española atravesaba su particular 'annus horribilis', que precipitó la abdicación del rey Juan Carlos, asediado por el 'caso Nóos' y el escándalo de su viaje a Botsuana en plena crisis económica. «Es curioso, porque don Felipe creció toda su vida oyendo hablar de que el reinado de su padre era tan brillante –fue el rey que trajo la democracia y la defendió el 23-F– que parecía que a él le iba a tocar escribir una mera continuación», expone la periodista Almudena Martínez-Fornés, que desde hace más de quince años cubre la información de la Familia Real para 'Abc'. «Sin embargo, por una serie de errores que comete el propio Juan Carlos en los últimos años de su reinado, la valoración de la monarquía cae tanto que cuando Felipe la asume está en el peor momento. Bien es verdad que durante la larga espera que pasa hasta que se produce el relevo él está viendo desde una barrera privilegiada esos errores y su repercusión en la Corona, de forma que a los pocos días de su proclamación ya había puesto en marcha una serie de medidas para corregirlos». Felipe impone la transparencia de la Casa Real, prohíbe que los miembros de la Familia Real trabajen de forma remunerada, evita escrupulosamente involucrarse en los negocios que ayuda a establecer... son decisiones que provocan una buena acogida.

En las distancias cortas «Percibes su interés»

La palabra campechano parece haberse acuñado para definir al Rey emérito, capaz de saltarse el protocolo en el momento oportuno y de conquistar al más distante con su simpatía. «Arrasaba», recuerda el exdiplomático Inocencio Arias. «Don Juan Carlos tenía la capacidad de bajarse del avión, pasar la revista a las tropas –la pasaba muy bien, además– y, antes de subirse al coche, ganarse con sus bromas al presidente en cuestión, ya fuera de Chile o de Somalia». Todo el mundo coincide en que don Felipe carece de ese genio, pero lo suple con entrega y disposición. «Tiene un trato amable, sabe medir las distancias, pero no es adusto ni estirado. Y también cae muy bien, como me confesó en cierta ocasión Cofi Anan», añade Arias.

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El presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, ha asistido a muchas audiencias y recepciones reales, y destaca la capacidad del Rey para transmitir afecto e interés a cada uno de los asistentes. «Te hace sentir que esos quince segundos que te dedica son de verdad para ti», describe. La escritora y psicóloga Irene Villa, que perdió las dos piernas y tres dedos de una mano en un atentado de ETA, se confiesa una rendida admiradora del actual Rey. «Siempre me ha parecido muy cercano, encantador, preocupado por los problemas de los demás; y no solo conmigo, que ya estoy acostumbrada. Esa sensibilidad con el dolor ajeno, que llama más la atención en un hombre, yo la he visto muy de verdad en sus ojos y en sus gestos. Además tiene una memoria increíble, se acuerda de lo que habló contigo la última vez; yo me digo: 'madre mía, con toda la gente que tendrá trato...'. Es atento y cariñoso como su madre; a ella la tengo en mi corazón y él me la recuerda mucho».

Es cierto que en los actos protocolarios don Felipe no consigue transmitir la cercanía que mostraba don Juan Carlos, con su proverbial campechanería y su habilidad para romper el hielo. «Quizá el sentido del humor de su padre sea más de pronto, un chiste rápido y corto, y el de don Felipe es más analítico», apunta Almudena Martínez-Fornés. «Padre e hijo no se parecen nada. De don Juan Carlos siempre se ha dicho que es muy Borbón, por lo castizo, y de don Felipe los que le conocen bien le comparan con su abuelo materno Pablo de Grecia, muy sereno, muy formado, con una gran cultura». Carece de la simpatía natural del padre, de acuerdo, «pero le gana en concreción, en cómo plantea los problemas, en la rapidez al ir al meollo de la cuestión. Es joven, racional, preparado», resume el historiador Fernando García de Cortázar.

Sorprende descubrir que, bajo esa capa de seriedad, el Rey cuenta muy bien chistes, es un notable imitador y baila claqué, según desvela el escritor navarro José Apezarena, autor de varias biografías suyas: «En público, como tiene tan buena planta, va erguido e impecablemente trajeado, transmite una cierta impresión de frialdad o lejanía, pero no es así. Todo aquel que le ha conocido acaba conquistado por su cercanía; incluso con Pablo Iglesias ha sintonizado. Es inteligente, divertido y ocurrente».

Representación internacional Un experto en todo

Teresa Sanjurjo, directora de la Fundación Princesa de Asturias, le conoció en 2009, precisamente en el proceso de selección para el puesto que ahora ocupa, aunque entonces la institución se llamaba Príncipe de Asturias. «Uno va nervioso a cualquier entrevista de trabajo, y a ésta, lógicamente, más. Mi primer recuerdo es emocional: lo encontré sonriente, y eso le quitó toda la tensión al momento, me lo hizo fácil. Me habló con mucha claridad, sin circunloquios, y pensé: 'creo que voy a trabajar muy bien con él'». El tiempo, asegura, le ha dado la razón.

La entrega anual de galardones de esta institución ha permitido a don Felipe codearse con la flor y nata de la intelectualidad, las mentes más brillantes del planeta, lo que le ha dado un bagaje singular. «Cuando se reúne con un premiado, ya sea científico o deportista o historiadora o filósofa, conoce su trabajo, lo que no es fácil cuando se trata de ondas gravitacionales. Es raro el galardonado extranjero que no me escribe después agradeciendo una experiencia única y alabando cómo es el Rey y la suerte que tenemos. El escritor Richard Ford me comentó que John Banville, galardonado dos años antes, ya le había hablado de don Felipe, de lo encantador que era y cómo habían charlado de literatura. Eso es una constante. Se interesa por todo y lo absorbe todo. A los arqueólogos de Xian les sugirió que visitaran algunos monumentos del patrimonio español para que vieran cómo los iluminaban... y así siempre».

Esta implicación quedó de manifiesto en 2002, cuando el entonces príncipe asistía a la toma de posesión de Álvaro Uribe como presidente de Colombia y las FARClanzó 14 granadas contra el Parlamento, donde se celebraba el acto. Nada más terminar la investidura, los mandatarios salieron de estampida hacia el aeropuerto, salvo Felipe, que tenía programada una amplia agenda de reuniones y compromisos. Llamó a Aznar y le dijo: «Presidente, yo de aquí no me muevo».

Trabajador meticuloso «Le da dentera fallar»

Jesús Posada vivió el momento más trascendental de su vida política el 19 de junio de 2014, cuando, siendo presidente del Congreso, proclamó a Felipe VI Rey de España. «Tengo una opinión excelente de don Felipe, al que ya conocí como príncipe cuando fui ministro. Ya hace veinte años me llamaba la atención la minuciosidad con que preparaba los temas. Hicimos un viaje a Barcelona en helicóptero y durante todo el trayecto se estudió cada una de las palabras que iba a pronunciar, con quién se iba a reunir, me preguntó por alguna persona a la que no conocía... Detrás de cada acto hay un trabajo de despacho impresionante».

«Le chirría meter la pata, le da dentera fallar», coincide Inocencio Arias. «En mi opinión, si tiene que improvisar es mediocre, como su padre, pero ha ganado mucho aplomo, más convicción y naturalidad. Ahora hace los discursos mejor».

Para Almudena Martínez-Fornés, la razón de estos progresos está en que «don Felipe tiene un sentido del deber marcado hasta el extremo: siempre está disponible y ante cualquier imprevisto suspende un plan privado. Es algo que siempre ha tenido clarísimo: lo primero es su función de rey. Jamás deja ver en un gesto o una mala cara que estar en determinada situación no le apetece demasiado», dice la autora de 'Felipe VI, un rey para la España de hoy'.

Una anécdota de Carlos Herrera refleja en clave de humor esta exigencia: «En cierta ocasión, cuando yo estaba en 'Las mañanas' de Radio Nacional, vino a visitarnos a RTVE. Pregunté al director general qué comida iba a ofrecerle y él me respondió que el menú de todos los días. '¡Quieres asesinar al Rey!', le dije, porque era una comida absolutamente maléfica. Estábamos María Escario, Nieves Herrero... todos dejamos la comida en el plato, menos él, que lo dejó limpio. Yo le dije:'¡Alteza, después de superar esta prueba, está claro que está dispuesto a hacer grandes sacrificios por el Estado!'. Y es cierto que está por la labor. Sabe a lo que ha venido, el trabajo que tiene que hacer, que no son los tiempos de su padre».

Una formación exhaustiva Felipe 'el Preparado'

Antes los príncipes se formaban en palacio con preceptores;ahora van a la universidad. La educación de Felipe pudo parecer similar a la de tantos otros jóvenes de la alta burguesía de la época, pero fue diseñada con exquisito cuidado para adaptarse a los tiempos y cometidos que debía afrontar. La reina Sofía visitó personalmente uno por uno los mejores colegios de Madrid, y cuando se decidió por el de Los Rosales indicó que se le tratara en todo como un alumno más;los escoltas tenían prohibido dejarse ver o recoger al niño si se caía en el patio. Más tarde se preparó para él un recorrido académico altamente exigente: hizo COU en Canadá;pasó un año en cada una de las tres academias militares, aprendiendo a pilotar tanques o aviones de caza y trepando a los masteleros del 'Juan Sebastián Elcano';cursó estudios universitarios de Derecho y Economía; realizó después un máster en EE UU...

Paralelamente, fue implicado en labores de Estado desde joven. Visitaba regularmente las principales instituciones y en su etapa universitaria prestigiosos catedráticos, investigadores o empresarios acudían al campus, daban una clase magistral y después comían con él. «Durante muchos años, siendo príncipe, recibió a cientos de personas que destacaban en las más dispares facetas, con las que charlaba horas –revela José Apezarena–. Y así, mucha gente que en este país ahora cuenta en la economía, la política, la cultura... le conoce de antes en la distancia corta».

Como elemento adicional de rodaje, en 1996 el Gobierno decidió nombrar al entonces príncipe representante de España en la toma de posesión de los presidentes iberoamericanos. «Gracias a eso, tiene un conocimiento de mandatarios y una agenda espectacular, conoce América como muy poca gente; es un 'background' que le va a venir muy bien a España», destaca el escritor navarro. «Ningún político español está tan familiarizado como él con Iberoamérica, salvo quizá Felipe González», coincide Inocencio Arias, que ha viajado con él por medio mundo y ha coleccionado algunas anécdotas: «En un viaje larguísimo a Australia, me dispuse a dormir en el avión con un camisón que llevaba estampado el ratón Mickie; cuando el Príncipe me vio, se dobló de risa, casi se cae al suelo».

El 'caso Nóos' «Le dolió, pero supo cortar»

La implicación de su cuñado Iñaki Urdangarin en el 'caso Nóos', que llevó a la infanta Cristina a declarar en el estrado, tuvo unas repercusiones gravísimas para la imagen y la credibilidad de la Corona. «Un día –relata Carlos Herrera–, estando con el actual Rey y el emérito, don Felipe me señaló a su padre y me dijo: 'Él ha hecho un trabajo magnífico, ha superado todas las dificultades. Yo tengo todo por hacer todavía y de entrada me encuentro con esta situación'. Afortunadamente, supo aplicar un tratamiento quirúrgico severo».

No fue tarea fácil para él. «Cuando estalló el caso no dudó un segundo en cortar tajantemente, de modo casi brutal, con su hermana y su cuñado, a pesar de que eran los más cercanos, los que habían protegido su relación con Letizia –recuerda Apezarena–. No es un trozo de hielo, tiene mucho corazón y le ha sangrado al hacerlo, pero tiene clara su obligación con el país y la Corona».

El cariño del pueblo «Ahora es más natural»

Superada aquella crisis institucional, Felipe cuenta hoy con un indudable apoyo popular, por más que en ocasiones tenga que tragar sapos, como en la 'encerrona' que sufrió en Barcelona en la manifestación de repulsa tras el atentado de las Ramblas. «Cuando aparece por sorpresa en un pueblo, le reciben con muchísimo cariño. He visto formarse manifestaciones espontáneas a su paso, o ponerse en pie la gente a aplaudir al entrar él en un restaurante. Es muy querido, salvo si le metemos en el debate político, cuando los posicionamientos ideológicos se ponen por encima de la persona», destaca Martínez-Fornés. También ha ganado en tablas, añade. «Al principio sufría tantas presiones para que se casara que rehuía a los periodistas. Una vez se compromete con doña Letizia, se advierte una aproximación, se muestra mucho más transparente, relajado y natural, expone un lado humano que hasta entonces nadie conocía».

El discurso del Rey Un día para la historia

Si Juan Carlos se ganó su lugar en la Historia el 23-F, su hijo parece haberse 'coronado' como auténtico jefe de Estado el pasado 3 de octubre, cuando levantó su voz contra el desafío secesionista en Cataluña; un discurso aplaudido por gran parte de la sociedad y criticado por otra, pero que no dejó indiferente a nadie. «Aquel día se consagró como rey de todos los españoles –señala Jesús Posada–. «No fue un discurso que se pueda improvisar, sino la consecuencia de toda una vida de formación. Salía del corazón, porque llevaba detrás mucho trabajo, sentimiento, visión del problema... Es una enorme suerte tenerle como Rey.»

«El Rey es símbolo de la unidad y permanencia del Estado;estando éstas comprometidas, no puede permanecer neutral», defiende Carlos Lesmes. «Los representantes de las altas instituciones nos sentimos especialmente concernidos en su discurso, que fue un aldabonazo en un momento de grave perturbación. La figura del Rey no debe tener protagonismo en la política diaria, pero hay momentos en que debe emerger, y él lo supo hacer perfectamente», alaba el presidente del Supremo.

«Fue un discurso magnífico de fondo y forma, sirvió para serenar los ánimos entristecidos de millones de españoles», añade García de Cortázar. «Fue un pronunciamiento clarísimo, sin fisuras, sobre la gravedad del golpe independentista, una declaración rotunda que los españoles estábamos esperando. Del mismo modo que un joven Juan Carlos I se enfrentó a graves problemas en los momentos iniciales de la democracia exigiendo la colaboración de todos, un joven Felipe VI comprendió que su función no debía ser una vaga representación del Estado, sino la de una España real que se encuentra en peligro de descomposición institucional y fractura territorial».

La sombra del Rey emérito «Impera el afecto»

El pasado junio, cuando fue dejado a un lado en la celebración del 40 aniversario de las primeras elecciones, el Rey emérito no ocultó que se sintió molesto. «Con su padre, don Felipe ha pasado momentos complicados –señala Martínez-Fornés–. El encaje institucional de dos reyes es delicadísimo. Pero las buenas relaciones entre ellos hacen que prime el afecto. Además, don Juan Carlos vivió una situación muy difícil con su propio padre, don Juan, que tuvo que renunciar a ser rey para que pudiera serlo él, lo que generó una tensión extrema».

El expresidente del Congreso Jesús Posada conoció la abdicación del rey Juan Carlos de su propia voz, a través de una llamada telefónica, apenas una hora antes de producirse. «Me emocioné, fue un impacto porque yo he sido un gran 'juancarlista'. Hizo una labor impagable para todos los españoles, que sólo él podía hacer.Pero si su sucesor hubiera sido como él no sería su momento. Ha sido una suerte también para todos que sea rey Felipe, cuyas cualidades son las que se necesitan en este tiempo nuevo».

Letizia Una plebeya en palacio

En vísperas de contraer matrimonio con Letizia, Felipe confesaba a Pilar Urbano que, si su padre o las Cortes Generales le hubieran obligado a elegir entre ella y la Corona, como tenían potestad, «habría optado por quedarme soltero, porque para ser rey no hace falta estar casado, aunque sé que sería un gran desgraciado». La anécdota la recoge José Apezarena, que opina que la aclimatación de la primera reina plebeya de España se vio favorecida por dos circunstancias. «Una es que Letizia se casa mayor, no es una niñita que se enamora locamente, no es Lady Di, es una profesional y sabe bien dónde se mete. Y hay otro hecho providencial, que es que antes de casarse buscaron para ella un lugar donde pudiera vivir con la necesaria privacidad y seguridad, y al no encontrarlo se trasladó a la zona de invitados de la Zarzuela. Estuvo seis meses viviendo la vida que le esperaba cuando fuera reina, experimentando sus limitaciones y carencias». En su opinión, ambos conforman un buen equipo.«Ella le ha ayudado a mejorar algunos elementos de comunicación externa. En este momento, Felipe VI habla de pegada:tiene autoridad, mira a la cámara, utiliza pausas convincentes, llega a la gente... En eso le ha ayudado mucho ella».

En España hay división de opiniones sobre la Reina:hay quien admira su perfil y quien critica sus operaciones estéticas y su vestuario. Irene Villa lo tiene claro: «Hacen un tándem buenísimo, se complementan muy bien». Almudena Martínez-Fornés ve luces y sombras:«Su llegada a la Zarzuela tuvo un efecto positivo, fue un chorro de aire fresco. En el aspecto negativo, una persona ajena a la Familia Real no conoce la institución, le cuesta mucho más adaptarse. Cuando hay que coger un micrófono e improvisar, ella lo hace francamente bien, pero en otros terrenos le cuesta más. Al principio se criticó tanto su espontaneidad que se fue al extremo opuesto, lo que transmitía una imagen de alejamiento». Sufre, además, una presión enorme: ha heredado el papel de doña Sofía, «que había dejado el listón altísimo, aunque lo tuvo más facil que Letizia, porque nació en un palacio».

Amigos para siempre «No había tabúes»

Pocas personas conocen a Felipe de Borbón como el regatista gallego Alfredo Vázquez. Con Fernando León a la caña, en 1992 compitieron en los Juegos Olímpicos de Barcelona en la clase Soling de vela. «Al principio impone un poco estar con alguien tan famoso, que atrae tanta atención. Pero esa presión enseguida se va.El deporte acerca a las personas, el contacto es muy estrecho, incluso físico, celebras los triunfos y lloras las derrotas. Con él fue fácil congeniar. Lo difícil era a veces recordar que esa persona con la que navegas no es como tú, retomar en público las distancias que a bordo estás acostumbrado a no tener, dar un paso atrás en ciertas situaciones», recuerda.

Felipe era un buen navegante, con experiencia, muy buena vista, un carácter observador y espíritu competitivo:«Se cabreaba cuando perdíamos y se emocionaba como el que más cuando ganábamos». Quedaron sextos. «No pensábamos llegar tan alto, aunque con la cosecha de oros que obtuvo la vela española en aquellos Juegos nuestro resultado quedó un poco deslucido», admite Vázquez. Tantas horas de entrenamientos y regatas en aquel barquito les hizo grandes amigos. «Era abierto, aunque los temas personales los guardaba para él. Pero hablábamos de todo: del tema vasco, el terrorismo... no había tabúes. Y aceptaba las críticas».

Le vio por última vez el pasado verano. Le notó ilusionado como padre, volcado en la familia: «Se ve que es su primera prioridad a nivel personal. Tenemos esa amistad que cuando te ves, por mucho tiempo que haya pasado, con tres palabras es como si hubiéramos estado el día anterior. Esa cercanía no la pierdes nunca, y él es de los que cuidan a sus amigos».

La monarquía, a examen Los Borbones 'castizos'

En España, a despecho de siglos de historia, es difícil encontrar a alguien que se declare monárquico; en todo caso, dirá ser 'juancarlista' o 'felipista'. «Aquí la Corona no está institucionalizada, es quien la encarna el que le da un valor –expone Almudena Martínez-Fornés–. Por eso el rey tiene que tener los pies en el suelo y estar cerca del pueblo. De ahí que los Borbones sean tan 'castizos'».

Coincide Fernando García de Cortázar. «Nuestra monarquía tiene un sentido utilitario: si nos sirve, bien; si no, no la queremos. No tenemos esa adhesión sentimental que se da en Inglaterra, pero tampoco la tiene la república. Cuando el tatarabuelo de Felipe, Alfonso XII, entra en Madrid, le llama la atención el recibimiento triunfal que le dispensa el pueblo, hasta que su ayuda de cámara, el duque de Sesto, le dice: 'Majestad, esto no es nada comparado con la alegría que mostró al desterrar a su madre'. Los españoles somos exigentes con nuestros reyes».

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