Fantasmas de hormigón

Las poblaciones de Varosha (Chipre) y Hashima (Japón) dejaron de latir casi al unísono hace 45 años y se convirtieron en insospechados museos al aire libre

Viejo paraíso. Decenas de grandes hoteles ofrecían la mejor selección de habitaciones a los turistas que sucumbían a los encantos de Varosha. Hoy sólo quedan sus esqueletos. /AFP
Viejo paraíso. Decenas de grandes hoteles ofrecían la mejor selección de habitaciones a los turistas que sucumbían a los encantos de Varosha. Hoy sólo quedan sus esqueletos. / AFP
GERARDO ELORRIAGA

En las playas de Varosha, Abba sigue siendo una banda de rubicundos muchachos que apunta maneras. 'Waterloo' había triunfado tan solo tres meses antes en el festival de Eurovisión y la canción se imponía en las radios de los bañistas, en dura pugna con 'My only fascination' de Demis Roussos, el orondo ídolo local. Pero el verano de 1974 sería diferente en el barrio chic de Famagusta, la ciudad más importante de la costa oriental de Chipre. No habría hits estivales, barbacoas en el jardín de las villas y tampoco los adolescentes ingleses y alemanes pugnarían por una terraza con vistas al mar donde emborracharse sin mesura alguna. En realidad, el estío no iba a tener fin. Ni los residentes ni los turistas podían imaginar que ellos desaparecerían y el tiempo se iba a congelar. Muy lejos de allí, la vida también se detenía, quizás para siempre. Hashima, población japonesa localizada sobre un islote con vistas a la infortunada Nagasaki, dejaba de existir. En este caso, su desenlace fue menos repentino, pero también rápido, y en menos de tres meses, había cesado la bulliciosa actividad que la caracterizaba. Ambas, a 9.000 kilómetros de distancia una de la otra, estaban destinadas a perpetuar el ecuador de aquella década y su cultura, el plexiglás y el vinilo, la música disco y la arquitectura de hormigón, los primeros desastres medioambientales y los violentos conflictos intercomunales, como aquellos que sacudían, entonces, al Ulster y Chipre.

Varosha, Chipre La ciudad arrasada por Atila

El súbito 'shock' que sacudió Varosha llegó del cielo y no se trata del argumento para el piloto cero de una serie distópica de ciencia ficción. El cataclismo lo provocó la Operación Atila, desatada por Turquía para ocupar una buena parte de la isla. El régimen de Ankara decidió la invasión de Chipre como contundente respuesta al golpe de Estado que derrocó al presidente insular, el arzobispo Makarios. La asonada, impulsada por la Junta Militar que gobernaba Atenas, aspiraba a la enosis, la vieja pretensión de unir la isla con Grecia, que los otomanos han combatido denodadamente. El pequeño país está habitado, aún hoy, por gentes de origen heleno y turco con siglos de conflictiva convivencia.

La población huyó precipitadamente tras la primera caída de proyectiles sobre Famagusta, con una mayoría grecochipriota, y la llegada de tropas. El barrio fue tomado por los invasores y cercado con barreras de alambre con púas. La posibilidad de regreso de sus vecinos se fue diluyendo a medida que Chipre se desgarraba en dos sectores políticamente incomunicados. El lugar tampoco se repobló, como había ocurrido en otras áreas, por nuevos residentes turcochipriotas. La ONU aprobó una resolución en 1984 que reconocía los derechos de los desalojados e impedía el asentamiento de extraños. Varosha estaba condenada a permanecer en el limbo, en un permanente verano ajado por la rapiña y la desidia.

La esperanza de recuperar la conocida como la Riviera chipriota aflora cada vez que se anuncian conversaciones entre los dos gobiernos, el de la República del Norte de Chipre, apoyado por Turquía y no reconocido por el resto del planeta, y el de Chipre, el régimen grecochipriota que sufrió el ataque y aún detenta el 60% del territorio. Pero, inevitablemente, el diálogo suele finalizar sin acuerdos y, aún hoy, Varosha y el aeropuerto nacional, también inutilizado, permanecen en tierra de nadie, mientras que Nicosia, la capital, sigue dividida por un costurón vigilado por dos ejércitos, a la manera del viejo Berlín.

VAROSHA

Demolición:
El 90% de sus edificios debería ser demolido y la rehabilitación exige una gran ayuda económica internacional.
33.000
grecochipriotas de Varosha abandonaron sus casas en julio de 1974 ante el avance del ejército turco.

Los mensajes y deseos plasmados en notas de papel, escritos por los antiguos residentes y sus descendientes, proliferan entre la herrumbre que rodea el perímetro de la urbe prohibida. El último intento por resolver el problema tuvo lugar en 2004, cuando Chipre se integró en la Unión Europea. Entonces, los habitantes de las dos zonas fueron convocados a un referéndum para aprobar la definitiva reintegración, pero los de fe cristiana rechazaron la reunificación porque estimaban que ofrecía demasiadas ventajas a los musulmanes septentrionales.

La parálisis política impulsa el deterioro de los flamantes hoteles. El Argo, allí donde bebían y se peleaban Elizabeth Taylor y Richard Burton, se desmorona lentamente, al igual que sucede con el King George, el Asterias o el Florida. Tal y como ocurrió en Benidorm durante la década de los sesenta y primeros años de los setenta, los promotores turísticos erigieron un 'skyline' en torno a la playa de Grossa en el que primaba un uso intensivo del suelo. Aquellas torres orgullosas muestran ahora sin reparo sus sobrios esqueletos, mientras que las residencias de las urbanizaciones de lujo hace tiempo que fueron saqueadas.

La iniciativa Famagusta Ecocity Project intenta revertir el proceso y propone un acuerdo entre las partes. El proyecto planea derribar los rascacielos moribundos y transformar el barrio costero en una ecociudad que asuma todas las innovaciones de la energía verde. Según esta tesis, el acuerdo y la conexión administrativa con Famagusta, dotada de un atractivo casco histórico y un dinámico puerto comercial, lo convertirían en un polo de atracción internacional.

Pero los turcos se oponen a cualquier componenda parcial del conflicto y siguen reclamando un pacto global. Ni las cadenas humanas en torno a las barreras o los buenos propósitos de Obama consiguieron cambiar esta férrea posición.

Todo intento de desbloqueo se estrella contra la cerrazón que impide cualquier cambio del estatus impuesto por Naciones Unidas. Antiguos residentes combaten la añoranza llevando a cabo rutas para los visitantes que quieren contemplar los vestigios de uno de los últimos conflictos bélicos de Europa e imaginar cómo era la cotidianidad hace cuatro décadas y media. Algunas excursiones permiten internarse en el enjambre de edificios heridos y contemplar sus jirones y las heridas de bala que pueblan las fachadas, pero hay que seguir las rutas establecidas porque, entre las ruinas, pueden esconderse bombas sin desactivar.

Los afortunados que penetran en las avenidas JFK o Leonidas pueden imaginar el drama de los que, súbitamente, lo perdieron todo, y asisten impotentes a la degradación de la zona, invadida por la suciedad y la maleza. Una contundente prueba de ese proceso es la firma Dickran Ouzounian & Co, representantes de Toyota, que se fue dejando tras de sí 52 vehículos de los modelos Corolla, Carina y Celica, que se oxidan irremediablemente en el interior del establecimiento.

La naturaleza se ha vengado del hombre y aprovechado la fatalidad. La reputada playa de Grossa, la mejor de su tiempo, es la única del Mediterráneo donde las tortugas marinas desovan sin temor a depredadores. La solución para Varosha, en griego, o Marash, según terminología turca, parece circular al pausado ritmo del galápago hacia un destino desconocido, quizás, un nuevo estatus, tal vez, el colapso definitivo.

Isla sin vida. Hashima pasó de tener la mayor densidad de población del planeta (en los años 50, 5.300 personas vivían en 0,08 kilómetros cuadrados) a cero habitantes en menos de 20 años.
Isla sin vida. Hashima pasó de tener la mayor densidad de población del planeta (en los años 50, 5.300 personas vivían en 0,08 kilómetros cuadrados) a cero habitantes en menos de 20 años. / AFP

Hashima, Japón El acorazado varado

La muerte de Hashima llegó en invierno. Sus habitantes fueron convocados al gimnasio de la localidad el 15 de enero y allí las autoridades de la ciudad les comunicaron el fin de su trabajo, una posibilidad que ya barajaban todos los vecinos ante la caída de la producción. Porque Hashima o Gunkanjima, como también es conocida, no era una población al uso, sino una explotación minera de la empresa Mitsubishi vinculada a una veta submarina de hulla. El carbón, que sentó las bases del Imperio del Sol Naciente, ya no tenía cabida en el Japón moderno. Esa decisión implicaba el desalojo ordenado de los últimos empleados y el abandono de una isla urbanizada hasta la extenuación desde el descubrimiento del filón en 1887.

El pequeño islote, adyacente a la mina, había sido sometido a un proceso de edificación acorde a las necesidades logísticas. La enorme demanda de personal provocó la construcción de toda una urbe sobre menos de kilómetro y medio de superficie. La historia de Hashima ejemplifica la voluntad nipona de construir una potencia mundial. Su desarrollo exigió una arquitectura vertical sobre hormigón armado que llegó a erigir 30 rascacielos sobre un territorio diminuto. En 1917, la empresa levantó el Nikkyu, de diez plantas, el más alto del país, para alojar a una población que superaba las 5.000 personas, técnicos y obreros que descendían hasta la mina a través de ascensores.

HASHIMA

Apocalíptico:
Las excursiones organizadas sólo permiten una visita controlada a este escenario de apariencia posnuclear.
480
metros de largo y 150 de ancho medía la miniurbe construida sobre la isla; allí cohabitaron cinco mil personas.

La 'Metrópolis' nipona era un laberinto de escaleras, patios y túneles que comunicaban por debajo todas las construcciones y que acogía hoteles, restaurantes, casinos, un hospital e, incluso, un burdel. El superpoblado espacio carecía de privacidad y todo atisbo de vegetación. Como sucedía en la película de Fritz Lang, los residentes vivían en un microcosmos, relativamente aislado, ya que toda la ínsula fue amurallada para protegerse de los habituales tifones que azotan la costa japonesa. El suministro dependía del exterior y la climatología adversa solía generar escasez de alimentos.

La estratificación también evidenciaba una rígida pirámide social. Tan sólo el director de la firma contaba con una vivienda individual, los ejecutivos gozaban de apartamentos con todo tipo de servicios y los empleados sin cualificación sólo disponían de una habitación de unos diez metros cuadrados con aseo y cocina compartidos.

El devenir de Hashima corre parejo a la ambición del régimen. En 1941, cuando la aviación japonesa se abatió sobre Pearl Harbour, la isla proporcionaba más de 400.000 toneladas de mineral. El esfuerzo no menguó durante la Segunda Guerra Mundial, pero el masivo enrolamiento de los jóvenes dio lugar a la captura de chinos y coreanos para mantener el aparato productivo en las profundidades marinas.

Las condiciones de los trabajadores forzados eran tan penosas que, durante cuatro años, fallecieron más de 1.300 obreros, la mayoría de enfermedad, agotamiento, desnutrición o ahogados cuando trataban, en vano, de huir de aquel infierno y llegar a la costa, a unos 20 kilómetros de distancia. El sobrenombre de la Isla del Acorazado proviene de esa época, cuando la isla semejaba una prisión flotante de la que era imposible escapar. Los caídos eran incinerados en el horno de una isla cercana.

El petróleo sustituyó al carbón en los 60 y la titánica existencia de Hashima dejó de tener razón económica. Mitsubishi cedió su propiedad a la ciudad de Nagasaki y los operadores turísticos reemplazaron a las empresas de transporte que la conectaban con tierra firme. Los visitantes podían descubrir también los hábitos de consumo de mediada la década de los setenta, cuando Japón ya gozaba de su gigantesco milagro económico.

La isla posee un pasado tan glorioso como aterrador. Hace cuatro años la Unesco la incluyó dentro de Patrimonio de la Humanidad como vestigio del proceso industrializador, si bien su destino se halla aún más en entredicho que la malhadada Varosha. La erosión salina y el paso destructivo de los tifones deterioran rápidamente la ciudad barco, provocan constante derrumbes y amenazan la viabilidad de los recorridos. Los técnicos japoneses, siempre pragmáticos, consideran que sería demasiado caro recuperarla y, así, evitar que un testigo de su ambición en el siglo XX desaparezca para siempre.

Otras urbes perdidas

Agdam

La guerra, el saqueo y la vegetación, han causado enormes estragos en Agdam, una ciudad azerí que fue tomada por los armenios durante el conflicto de Nagorno Karabaj de 1993. La población contaba con 30.000 habitantes. Su actual posición en zona de amortiguamiento entre dos ejércitos impide su recuperación. Además, los habitantes del área han acelerado la devastación tras proveerse en sus ruinas de materiales de obra.

Kolmanskop

El hallazgo de diamantes dio lugar a la creación en 1908 de Kolmanskop (arriba), ciudad de estilo centroeuropeo situada al sur de la colonia alemana de Namibia. Tras la I Guerra Mundial, la caída de la producción provocó su declive y definitivo abandono en 1954. Su peculiar arquitectura, invadida por las arenas del desierto del Namib, la semejan más a un poblado del Lejano Oeste.