Turismo de catástrofes
Una cosa es fomentar el antiturismo, que puede ser hasta una alternativa a la congestión de las ciudades, y otra posar ante un barranco de la dana como si lo estuvieras haciendo para el Hola
Valencia
Para descongestionar -destensionar en tertulianés- las ciudades turísticas, que son ya casi todas porque casi todas tienen algo que enseñar, soy firme partidario de fomentar ... el antiturismo. Consistente, básicamente, en viajar por los lugares, pueblos y ciudades más horribles del planeta. No me pidan que dé nombres, al menos no de las proximidades, porque en cuanto diga que la mayoría de los pueblos de la provincia de Valencia, con honrosas excepciones, me parecen un horror, va a saltar mi club de 'haters' a reprocharme mi contumaz antivalencianía y mi proverbial falta de sensibilidad. Y si afirmo que Albacete o Almería me sorprendieron negativamente (siendo blando y generoso), albaceteños y almerienses se ofenderán hasta declararme persona non grata. Así que para no recurrir a ejemplos cercanos y con el fin de que se me entienda, hablo de espacios urbanos, rurales, industriales o comerciales que atesoran elementos que hacen de ellos la némesis del atractivo turístico. Feos, descuidados, ruinosos, decadentes. Pueblos abandonados y medio derruidos, grandes fábricas cerradas, gasolineras que dejaron de prestar servicio y se quedaron en mitad de la nada, complejos de adosados o edificios de viviendas que no llegaron a acabarse, estaciones de tren sin trenes... En España tenemos de todo eso pero en los países de Europa del Este se podría organizar rutas que incluirían la visita a bosques arrasados por la lluvia ácida, así como lagos y ríos contaminados. Gentileza de casi cinco décadas de comunismo, esa ideología que de repente se volvió ecologista. Qué cosas. La monótona y deprimente arquitectura soviética presente en tantas ciudades también merecería participar en esta fiesta del antiturismo, como los llamados barrios obreros de las ciudades españolas o la 'banlieue' de las francesas. Pasen, señoras y señores, pasen y vean esta industria siderúrgica de la Rumanía de Ceaucescu, que dio empleo a 40.000 trabajadores y que desde hace años sirve de cobijo a okupas y maleantes. La actividad podría incluir algún contacto con este submundo en forma de intento de atraco. En cualquier caso, una forma es el antiturismo, que ya digo puede ser una alternativa a la congestión de destinos saturados de visitantes, y otra muy distinta el morboso turismo de catástrofes. El que se acercaba a Campanar para hacerse un selfi ante el edificio incendiado. O el que va un poco más allá y se atreve con los pueblos arrasados por la dana. Que es lo que debió de hacer Zulima Pérez, la alta comisionada del Gobierno, posando ante el barranco de la Saleta como si lo estuviera haciendo para un reportaje a todo color en el Hola.