Aguirre, siempre en mi equipo
Valencia
Piensan ciertas almas cándidas que, si se encuentran con alguien que parlotea extasiado desde la pompa y la pedantería con voz intermedia como de barítono ... aficionado, entonces están ante un cráneo privilegiado. No han entendido nada de lo que explican y eso les hace intuir que una verdadera eminencia les derrama un discurso imperial. Pero sospecho que se equivocan, cuando topas contra alguien de esas características, no estás frente a un tipo inteligente, sino frente a un pedante que gasta pompa y vozarrón para impresionarte.
Uno es fan de Javier Aguirre, flamante nuevo entrenador del Valencia Fútbol Lim, porque emplea cuando la ocasión lo merece una saludable ironía que se agradece, y la ironía siempre va de la mano de la inteligencia. Si el fútbol peca de ciertos analistas insufribles que tratan de elevar lo de propinar patadas a un balón hacia esferas de filósofos presocráticos, por suerte también nos brinda formidables personajes. Insuperable fue Di Stéfano, autor de sentencias como «el fútbol de verdad se acabó cuando entró el primer secador de pelo en un vestuario» y «ese no usa la pierna izquierda ni para subirse al autobús». Irrepetible, dentro y fuera de la cancha. Supe que quería a Aguirre en mi equipo cuando le escuché, tras una victoria en el Mundial, afirmar que en ese momento lo que le apetecía era largarse a su habitación para servirse un güisquito, en concreto un Lagavulin (de 16 años, claro). Mmm... Don Javier Aguirre conoce bien los placeres de la vida... Ese güisqui es una maravilla, un verdadero 'elisir' con permiso del Juanito Caminante etiqueta azul. Tras un breve sorbito, su regusto a madera socarrada inunda tu boca durante varios minutos y te traslada hacia la paz universal. Ignora uno si su sabiduría en materia balompédica nos salvará, ojalá sí. Pero que vamos a disfrutar de su fina ironía, seguro.