Cuestión de amigos
Un amigo es una persona ante la cual podemos pensar libremente y en voz alta
EMILIO GARCÍA GÓMEZDOCTOR EN FILOLOGÍA
El universo de la amistad es amplio y desconcertante. Contamos con amigos progresistas (socialistas, comunistas, anarquistas, ateos, laicistas o siniestros bolcheviques, según la jerga conservadora) ... y conservadores (fachas, fundamentalistas católicos, fascistas o franquistas, según la jerga progresista). Ambos círculos parecen incompatibles. No hay forma de salir del arquetipo, aunque no siempre estemos de acuerdo con todos en todo, o con todos estemos en desacuerdo. Y, sin embargo, somos músculo de múltiples fibras; con unos compartimos ciertas cosas y con otros las demás. Hablamos muchas lenguas, tenemos variados acentos.
Nuestro tercer grupo de amigos lo componen personas que han decidido, al menos en nuestro liceo restringido, proscribir el debate político o religioso porque la historia nos enseña que con él estamos expuestos a la pérdida de la libertad de opinión y de acción, al vernos obligados a autorregularnos para evitar el progresivo quebranto de la amistad y la ruptura final.
Samuel Johnson, el gran lexicógrafo inglés de cuya biografía se encargó su amigo Boswell (1709-1784) y a quien debo gran parte de mis conocimientos sobre el lenguaje, dijo algo que me siempre me ha parecido fundamental y que a lo largo de mi vida he procurado poner en práctica: «Si una persona no hace nuevos amigos a medida que avanza en su vida, pronto se hallará expuesto a la soledad. La persona debería mantener sus amistades en constante reparación». A medida que nos hacemos mayores nos volvemos más conservadores, planteándonos si determinadas amistades son más bien lealtades que nos exigen renunciar a nuestras propias convicciones o callar cuando lo que deseamos es hablar. Un buen comunicador ha de ser capaz de hablar hasta con los peñascos. Dondequiera que uno se mueva se va a tropezar con alguien con grandes o pequeñas necesidades comunicativas. Hay que aprender a crear y conservar una amistad que podría durar, si nos fuera concedida la vida eterna, hasta el fin de los siglos. George Washington lo expresó con gran sensatez: «It is better to be alone than in bad company» (Mejor solo que en mala compañía) (manuscrito 'Rules of Civility & Decent Behavior at age fourteen', 1795). Hay que elegir a gente de gran calidad; de otro modo, es mejor caminar solos que mal acompañados. «Mis amigos son mi mayor patrimonio», dijo Emily Dickinson (carta a su amigo Samuel Bowles, 1858). Vale más perder dineros que amigos. William Blake, tan oscuro en algunos de sus versos, dejó muy claro que cada especie tiene sus exigencias: «El pájaro su nido / La araña su tela / El hombre su amigo/» ('Proverbs of Hell', 1789). Un gran americano, Truman Capote, escribió en su novela más famosa, 'Desayuno con diamantes' (1958): «Mi casa está donde están mis amigos». Tan breve expresión puede hacer brotar las lágrimas de los hombres más rudos, robustos y escopeteros. Un buen amigo es, de alguna forma, mi alter ego. Volviendo a los clásicos de la literatura norteamericana, no puedo evitar citar a Henry David Thoreau: «Lo mejor que puede uno hacer por un amigo es ser su amigo sin más. No hay otra riqueza que entregarle. Si sabe que es feliz queriéndolo, no deseará más recompensa. Caminar a oscuras con un amigo es preferible a hacerlo solo a pleno sol». ('Walden', 1854). Podemos anteponer la amistad a las convicciones políticas y religiosas propias o ajenas. Dijo Joan Manuel Serrat acerca de la amistad: «Mis amigos son gente cumplidora/ Que acuden cuando saben que yo espero/ Si les roza la muerte disimulan/ Que pa' ellos la amistad es lo primero». ('Las malas compañías', 1981).
Para quienes creen en la fuerza de los astros en las relaciones personales y la organización social, la amistad o la enemistad brotan de diversos recintos, generando una combinación de gran afinidad emocional o enorme tensión que los hace compatibles o antagónicos. Conocí a un gran narrador y contador de anécdotas de Aoiz, su patria chica, como fue la del filólogo Francisco Yndurain, sin que fuera posible una relación entre ellos. Más que anécdotas eran dramas épico-cómicos, caricaturas y reificaciones esperpénticas dignas de Luis Buñuel, Ramón Gómez de la Serna o Valle-Inclán; son recuerdos de la vida aldeana de un pueblo donde brotan personajes ingeniosos, grotescos, siniestros y brutales, como si la civilización hubiera pasado por allí de largo en el transcurso de los siglos. Sus gentes son como las del resto del país. Pero mi interlocutor había retenido en su prodigiosa memoria las historias más insólitas que uno puede imaginar, la mayoría con un elevado contenido sexual y escatológico. En una de ellas aparecía un joven apocado de quien el resto de los mozalbetes decían que no tenía ojete en el culo. Entre todos le convencieron para apartarse a un rincón a defecar. «Que no, que no, que no tengo ganas...» protestaba aquel desgraciado. «¡Que sí, todos a cagar!». Y ahí estaba el narrador gesticulando, agachándose como hacía aquella tropa, a mirarle por debajo de las nalgas y cerciorarse de que era verdad que no tenía ano.
Un antiguo conocido norteamericano, hombre educado, comedido, ingenioso, bondadoso, me habló de un indio que aparecía en un viejo relato, un ser libre de compromisos y de posesiones. «Yo solo, mi bolsa y mi caballo. ¡Soy un hombre libre!». Le sobraban los contactos superfluos.
Un amigo es una persona ante la cual podemos pensar libremente y en voz alta. El paradigma del mejor amigo es alguien que puede saber todo de ti y, aún así, seguirte queriendo. A Albert Camus se le atribuyen, erróneamente, los siguientes versos sobre la amistad: «/No vayas delante de mí, que tal vez no pueda alcanzarte./ No vayas detrás de mí, que acaso no sepa llevarte./ Camina junto a mí, y sé mi amigo./».