El clásico refugio
Valencia
Hasta el momento de viajar hacia la urna para depositar el voto, faltan muchos días. Demasiados. Conviene adoptar, pues, medidas de autoprotección para no caer ... en la fatiga profunda. La tralla no ha hecho sino demarrar y la bronca crecerá sin prisa pero sin pausa cada día, por lo tanto sólo cabe aislarse de vez en cuando y buscar refugio donde siempre brilla el sol. O sea, en los clásicos que nos libran de la bronca habitual, pespunteada ahora por las amenazas de las hordas que gustan de la fogata y las noches de cristales rotos de tan nefastos recuerdos.
Y así, de pura chiripa, la otra noche choqué contra 'Río Grande', esa película de Ford en blanco y negro con un monumental John Wayne. Y en ese celuloide encontré una escena que me trasladó a las habituales cavilaciones que rondan las seseras acostumbradas a la soledad y la nostalgia. Cuatro reclutas jóvenes de caballería tirando a gamberros, allá en la frontera de Méjico con los apaches merodeando, canturrean bromistas en su tienda de campaña. Entra un mujer. Todos se levantan. Hay un silencio de puro asombro que dura varios segundos, hasta que lo rompe uno de los muchachos: «Chicos, os presento a mi madre». Los otros compinches saludan muy educados y desaparecen silenciosos para dejar que la madre y el hijo hablen en la intimidad. La escena rezuma una sensibilidad exquisita y sutil que atrapa porque ya no estamos acostumbrados a esos alardes. Puedes ser educado sin abrazar el lado panoli de la vida porque, como bien sabemos, los cortés no quita lo valiente. Lo curioso es que conocí estampas similares, tantos años después. Quiero decir que, cuando un adulto irrumpía en nuestros divertimentos, todos nos poníamos serios y respetuosos. ¿Sucede ahora lo mismo? Lo ignoro, pero sé que si la mocedad violenta apreciase las películas de Ford socarraría menos contenedores.