Silvia Flor convierte la investigación contra el cáncer en un cuento para niñas
La investigadora valenciana gana con 'El pañuelo rosa de mamá' un premio de literatura infantil que busca despertar vocaciones científicas entre las niñas a través de una historia inspirada en sus propias dificultades para conciliar
Aitana Domenech
Valencia
La escritora e investigadora biomédica valenciana Silvia Flor Arnal ha ganado el Premio Hortensia Roig de Literatura Infantil 2026 con 'El pañuelo rosa de ... mamá', un cuento que acerca a los más pequeños la investigación contra el cáncer y las dificultades de conciliación familiar. La obra cuenta la historia de Julia, una niña que no entiende por qué su madre llega tan tarde a casa hasta que descubre la importancia de su trabajo. Graduada en Bioquímica y Ciencias Biomédicas por la Universitat de Valencia, Flor trabaja en el Instituto de Investigación Sanitaria La Fe, donde participa en un proyecto europeo que utiliza la inteligencia artificial para avanzar en la lucha contra el cáncer. Con este primer cuento infantil, une sus dos grandes pasiones: la ciencia y la escritura.
-¿Qué querías que entendieran los niños a través de esa historia?
-Quería que los niños vivieran el mismo recorrido emocional que hace Julia. Al principio, ella siente que la ciencia aparta a su madre de ella y la ve como una enemiga. Poco a poco, empieza a sentir curiosidad, se hace preguntas, se equivoca y experimenta. Son, precisamente, algunos de los pasos del método científico. Cuando atraviesa todo ese proceso, consigue comprender a su madre. Además, quería explicar su trabajo desde las emociones, sin entrar en cuestiones técnicas sobre el cáncer. Me interesaba que los niños entendieran que su madre se está quitando tiempo para dárselo a otras madres. Y también que ellos mismos pueden cambiar su manera de ver la ciencia, interesarse por ella e incluso llegar a ser científicos y científicas.
-La historia aborda una realidad que conoces de cerca: la dificultad de conciliar la investigación con la vida personal. ¿Cuánto hay de tu propia experiencia en el cuento?
-Mucho. Esa fue la motivación que me llevó a escribirlo. Vi en Instagram el anuncio del concurso, y enseguida pensé que coincidían mis dos grandes pasiones: la literatura y la ciencia. Las bases explicaban que el cuento debía dirigirse a niños a partir de ocho años y servir para incentivar las vocaciones científicas entre las niñas. Pensé que, si yo fuera madre, tendría una niña que me reprocharía continuamente llegar tan tarde a casa. He llegado a trabajar por las mañanas en el Instituto de Investigación Sanitaria La Fe, comerme un bocadillo en el autobús mientras iba al Hospital Quirón por la tarde y seguir trabajando hasta las ocho. No ha sido una situación permanente, pero sí he vivido picos de trabajo muy intensos, jornadas de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Una parte importante de lo que aparece en el cuento nace de esas experiencias.
-¿Qué le dirías a una niña que siente curiosidad por la ciencia, pero que todavía la ve como algo lejano o difícil?
-Intentaría enseñarle que la ciencia y la tecnología no son solamente fórmulas, laboratorios u ordenadores. Son herramientas para comprender el mundo, resolver problemas y cuidar de las personas. En este cuento he querido mostrar la ciencia desde la ternura, el cariño y la sensibilidad. La ciencia también puede ayudar a que una madre pase más tiempo con su familia. En la historia, la protagonista dedica parte de su tiempo a otras madres que tienen cáncer de mama y a las que quiere ayudar para que puedan seguir estando con sus familias. Cuando relacionas la ciencia con historias humanas y con situaciones que los niños conocen, deja de parecer algo distante. Se convierte en una aventura llena de preguntas y posibilidades.
-El cuento está dirigido a niñas y niños, pero también interpela a sus padres. ¿Qué te gustaría que sintieran los adultos al leerlo?
-Quería que los padres y las madres también se vieran reflejados. La conciliación familiar es una cuestión que afecta a muchas personas, independientemente de su profesión, y los trabajadores del ámbito sanitario pueden reconocerse especialmente en esta historia. Además, he querido mostrar una figura paterna que acompaña y apoya a la madre, que respeta su trabajo y asume las tareas del hogar. Mi marido también ha sido una inspiración en ese sentido. Para mí era importante representar a un padre que no se convierte en una carga más para la madre, sino que comparte las responsabilidades con ella. He volcado mucho de mi entorno profesional y personal en el cuento.
-Tu formación científica y tu vocación literaria conviven desde que eras pequeña. ¿En qué momento decidiste que también querías contar historias?
-Desde pequeña sentí mucha curiosidad por la ciencia, pero mi verdadera pasión siempre ha sido escribir. A los once años gané un premio de narrativa Enric Valor, de los Premis Minishorts de Manises, de donde soy, y a los doce volví a ganar otro. Sin embargo, terminé eligiendo el camino de la ciencia. Después seguí escribiendo, aunque sobre todo para mí. No volví a presentarme a concursos y la escritura se convirtió en un espacio propio. Hasta este año, cuando me animé de nuevo porque encontré una iniciativa que unía mis dos grandes pasiones.
Para mí, escribir siempre ha sido una manera de liberar emociones, compartir nuestro mundo interior, inspirar y conmover. Con este cuento, además, quería intentar cambiar la forma en que los demás miran la ciencia y animar a las niñas a elegir estas carreras sin sentirse intimidadas por lo que implican.
-¿Qué te ha enseñado la ciencia sobre la escritura y qué puede aportar la literatura a la divulgación científica?
-Creo que la literatura y la ciencia van muy de la mano. No están reñidas. La literatura puede ser una de las mejores puertas de entrada a la ciencia, sobre todo cuando no se limita a transmitir conceptos técnicos, sino que despierta preguntas, emociones e imaginación. En 'El pañuelo rosa de mamá', Julia no se interesa por la investigación a través de una explicación complicada, sino cuando comprende el impacto que tiene en la vida de otras personas. Además, el cuento incluye una guía de lectura a la que se accede mediante un código QR, con preguntas y experimentos para que los profesores, los padres y los propios niños puedan seguir explorando.
La relación también funciona en sentido contrario. Acercar la ciencia a los niños de forma interactiva, mediante actividades y experiencias que puedan vivir en primera persona, estimula su imaginación y su creatividad. Todo eso también puede ayudarles a aprender y a expresarse mejor. Creo que ambas disciplinas se retroalimentan.
-¿La falta de financiación y de estabilidad laboral puede acabar expulsando el talento científico joven de España?
-Totalmente. Tengo la suerte de trabajar en un grupo que cuenta con más de 70 proyectos y alrededor de 40 personas. Es uno de los grupos de investigación más grandes del Instituto de Investigación Sanitaria La Fe, en buena medida porque disponemos de numerosos proyectos financiados por la Unión Europea. A escala nacional, creo que la financiación no es comparable con la europea. Para nosotros es una suerte poder optar a esos fondos, especialmente porque trabajamos en un programa europeo dedicado al cáncer, en cuyo marco se ha desarrollado EUCAIM. Esa financiación nos permite seguir avanzando.
-¿Qué pretende cambiar Hortensia Roig con este premio? ¿Siguen siendo necesarias las iniciativas que animan a las niñas a estudiar ciencia y tecnología?
-La intención es cambiar las tornas y conseguir que aumente la presencia de mujeres en las carreras científicas, tecnológicas, de ingeniería y matemáticas. Las niñas no deberían limitarse por cuestiones de género a la hora de elegir qué quieren estudiar. Es verdad que las cosas están cambiando. En mi grupo de investigación somos un 75 % de mujeres, pero creo que estas iniciativas deben mantenerse incluso cuando los porcentajes mejoren.
-¿Crees que los premios y las iniciativas privadas están cubriendo un espacio al que todavía no llega suficientemente el sistema educativo público?
-Creo que son iniciativas totalmente necesarias, además de todo lo que pueda hacer la educación pública. Sirven para dar visibilidad a las disciplinas STEM y conseguir que estos temas tengan repercusión. Este cuento, por ejemplo, puede llegar a muchos niños, pero también a sus padres y madres. Habla de conciliación familiar, de la dificultad de compaginar la vida personal con el trabajo en el ámbito sanitario y de la importancia de la investigación médica.
Me sorprendió descubrir que no había ningún cuento parecido al que yo quería escribir. Al principio pensé que podía resultar un poco tópico abordar el cáncer o contar la historia de una niña enfadada porque su madre no está en casa. Pero, cuando busqué, vi que faltaba una historia que tratara estos temas de esta manera. Y creo que era necesario contarla.