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El túnel del tiempo

El último gol de Waldo

Waldo (a su lado está Ansola) chuta e intenta la parada el valenciano Pepe Martínez. / Bernat Navarro
Waldo (a su lado está Ansola) chuta e intenta la parada el valenciano Pepe Martínez. / Bernat Navarro

PACO LLORET

Aquel fue el último partido de los años sesenta en Mestalla que despidió 1969, el ejercicio de las Bodas de Oro, con un duelo liguero frente a la Real Sociedad, el único de aquella jornada ofrecido por televisión. El domingo 21 de diciembre de 1969 se cerraba la primera vuelta del campeonato y los valencianistas llegaban a la cita en un momento álgido: una sola derrota en las últimas once jornadas. Con las vacaciones escolares de Navidad en marcha, una multitud de niños acudió al encuentro. Al día siguiente no había colegio. Mayor dicha no se podía pedir. En aquella época el fútbol complementaba como entretenimiento extraordinario al cine, la feria-instalada en el paseo de la cercana Alameda- y el circo -ubicado en la plaza de Toros- que constituían las habituales actividades festivas de los más pequeños.

El partido tuvo un arranque vertiginoso. Gol de Poli antes de los cinco minutos, empate de los donostiarras cuando ni siquiera se había cumplido el cuarto de hora y, tres minutos después, el Valencia se volvía a poner de nuevo por delante en el marcador gracias a un nuevo tanto del gran protagonista de la noche: Poli. Aquel frenesí goleador se contuvo tras el descanso y el partido rebajó su elevada intensidad en la segunda parte en la que solo hubo un gol más, el de la tranquilidad, firmado por Waldo, el gran artillero valencianista de la década, 'Pichichi' en la campaña 66-67. El brasileño batió la portería de Esnaola a punto de cumplirse la media hora de juego después de un intento de remate fallido por parte de Ansola. Ninguno de los presentes podía sospechar en ese instante que terminaba de presenciar el último gol del segundo mejor realizador en la historia del Valencia. Después del vasco Mundo aparece Waldo por delante de Kempes en el cuadro de honor como el segundo máximo goleador de todos los tiempos.

Aquella campaña fue la confirmación de su decadencia. Antes de aquel partido había anotado un par de tantos más, el primero en el Lluís Sitjar de Palma, donde el Valencia se impuso por un contundente 0-3. El otro gol lo firmó en La Romareda en un encuentro que finalizó con empate a uno. Así que el tanto ante la Real Sociedad fue el único conseguido en casa. Su despedida anotadora de Mestalla. De hecho, el valenciano Nebot le desplazó de la titularidad en gran parte de la temporada, incluida la Copa, torneo en el que el Valencia alcanzó la final. En el ejercicio anterior su aportación goleadora ya experimentó un acusado descenso al firmar tan solo media docena de goles, una cifra que estaba muy por debajo de sus registros habituales.

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Waldo estaba casado con el gol y lo demostró desde su llegada a Valencia a principio de los años 60 enrolado en el Fluminense para participar en un encuentro homenaje a la memoria de Walter, el delantero brasileño trágicamente fallecido en un accidente de circulación. Waldo convenció a los técnicos siendo el elegido para reemplazar a su compatriota y, desde el primer día, confirmó lo acertado de la elección. A día de hoy sigue siendo el jugador valencianista que más goles ha logrado en torneos europeos. Sin duda, su mejor temporada fue la 66-67, en la que sumó 24 goles en 30 jornadas. En la Copa ratificó su excelente estado de inspiración con ocho goles más, marcando en las cuatro eliminatorias disputadas. Tan solo le faltó anotar en la final, aunque el primer gol al Athletic de Bilbao se originó en un potente remate suyo que Iríbar solo pudo despejar para que un oportunísimo Jara se aprovechara e inaugurara el marcador.

Su destreza en el lanzamiento de faltas combinando potencia y colocación le convirtieron en un especialista temido por los rivales y también admirado, como confesó en más de una ocasión Luis Aragonés que solía fijarse en su método de ejecución para imitarlo. Waldo también lanzaba los penaltis además de dominar el remate con ambas piernas y de cabeza, se traba, en definitiva, de un delantero muy completo que dominaba todas las suertes. La presencia de Ansola como compañero en la vanguardia le permitió rendir mejor al librarse de algunos marcajes extremadamente violentos, sobre todo en los desplazamientos, cuando la presión del público y la permisividad arbitral creaban una atmósfera intimidatoria.

La salida de Waldo del Valencia estaba cantada y se precipitó cuando Alfredo di Stéfano se vinculó con la entidad de Mestalla. El cambio de ciclo estaba cantado. Junto a su inseparable Guillot abandonó la disciplina valencianista al finalizar la temporada 69-70. Un año antes Manolo Mestre había colgado las botas y el siguiente ilustre de aquella generación que iba a salir fue Roberto Gil, que recibió su partido de homenaje a principio de 1971. Esta despedida también estaba prevista para Waldo pero nunca se realizó. Por varias razones no se llegó a hacer realidad. Una pena porque el carioca se hizo acreedor a un último partido en el que se le testimoniara el enorme afecto de la afición. El asunto se enquistó, el tiempo pasó y se olvidó. Sin embargo, los goles de Waldo siguen vivos en el recuerdo y frescos en la memoria.

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