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A las puertas del Centenario

Pasión en la grada. Cánticos, pancartas y colorido de una grada repleta han acompañado al Valencia en los grandes momentos de su historia centenaria. / manuel lloret
Pasión en la grada. Cánticos, pancartas y colorido de una grada repleta han acompañado al Valencia en los grandes momentos de su historia centenaria. / manuel lloret

El Valencia nació con la vitola de equipo grande y carácter representativo, algo no siempre sencillo en una tierra en la que no se le pasa una al de casa

PACO LLORET

Uno de los principales rasgos que ha distinguido al Valencia a lo largo de su centenaria existencia ha sido la contrastada capacidad para salir adelante en los peores momentos y mantenerse a flote cuando todos los indicios presagiaban una travesía peligrosa. Siete vidas y una energía sin límites le han rescatado de coyunturas adversas, algunas de apariencia irreversible. La otra cara de esta personalidad forjada a lo largo de un siglo resulta menos alentadora, la cruz de la moneda de una entidad que con frecuencia suele desaprovechar sus momentos de plenitud para consolidarse y fortalecer proyectos, pese a disponer de los recursos adecuados. El final de esos ciclos gloriosos, que se reparten de forma periódica a lo largo del tiempo, depara una desaparición del escenario principal; es entonces cuando el Valencia se retira del primer plano por una temporada y, a continuación, vuelve de forma inesperada para presentarse entre los mejores como si nada hubiera sucedido y echa por tierra los presagios más escépticos. El Valencia siempre regresa para ofrecer una nueva versión de sí mismo, en ocasiones, muy mejorada para terminar triunfando con autoridad y elegancia. Este rasgo tan acusado desquicia a los observadores y confunde a quienes son incapaces de profundizar en el análisis. La idiosincrasia valencianista resulta tan particular que hasta sus incondicionales se desorientan.

Su singularidad quedó marcada desde un nacimiento tardío, la clarividencia de sus precursores y la asombrosa progresión meteórica protagonizada. La ambición desmedida por triunfar y el afán por competir al máximo nivel llamaron desde muy pronto la atención. Los responsables del club salieron airosos del reto y lograron su objetivo: el Valencia adquirió desde el principio la vitola de equipo grande y gozó del carácter representativo que nadie hasta entonces había logrado por estas latitudes. En una tierra propensa a la crítica y a la discusión, se ha de valorar en su justa medida este hecho, el club se ha elevado con una fuerza inaudita por encima de reparos y miserias, ha conectado con un tejido social de acusada tendencia a la individualidad y ha ejercido un magnetismo irresistible que ha traspasado desde el primer día los límites geográficos de una ciudad que le dio el nombre pero que se le quedó pequeña. El Valencia ha levantado pasiones más allá del Cap i Casal y ese factor ha sido determinante para entender su crecimiento fulgurante en las primeras décadas. Quienes dirigieron al club asumieron como fundamental la premisa de atraer a miles de potenciales seguidores que vieron en el Valencia FC su banderín de enganche para competir con instituciones de mayor rango y solera por entonces. La entidad valencianista no tardó mucho en despegar, ponerse a su altura y hasta adelantarlas. Pensat i fet, la falla se levantó y exhibió unos bríos admirables. No es nada fácil triunfar en Valencia si eres de aquí aunque parezca una contradicción, el club de Mestalla lo ha conseguido con esfuerzo y tenacidad, un logro de enorme valor. Por estos pagos se admira al de fuera y no se le pasa una al de casa. Los prejuicios, las leyendas inventadas y hasta el esnobismo han causado estragos. Algunas voces caen en la exigencia desmedida para justificar una deserción de una militancia que debería ser la suya.

La rica y larga historia del Valencia está repleta de generosas aportaciones de hombres que lo dieron todo y, en ocasiones, sufrieron la incomprensión de los suyos. Probablemente este fenómeno no es exclusivo y se ha dado también en otros lugares por la fuerza pasional que genera el fútbol y por esa locura de amor que provoca la adhesión a unos colores. El exceso de cariño se vuelve en contra de quienes han entregado su vida al servicio de una causa. Afortunadamente el paso del tiempo sirve para disponer de una perspectiva más serena y para valorar la labor de los grandes referentes del valencianismo, aquellos que antepusieron los intereses de la entidad a los suyos propios y no dudaron en sacrificarse pese a la incomprensión del entorno.

Una de las asignaturas pendientes del Valencia ha sido la miopía para cultivar la adhesión a la entidad por encima de reveses y sinsabores, con independencia del momento deportivo. El afán de buscar la notoriedad por la vía rápida y la tendencia a buscar golpes de efectos que llamen la atención y proporcionen un protagonismo aparente se ha demostrado como una fórmula errónea y contraproducente. El éxito pasa por el trabajo constante y la humildad y tampoco su consecución del éxito debería resultar obsesiva. La identificación con el club es un valor prioritario. El orgullo de cualquier valencianista que estime a la entidad. El Valencia debe aprender de su propia historia, en sus páginas está el secreto de una identidad única. El centenario debe servir para fortalecer la memoria colectiva. En ocasiones el valencianismo desconoce episodios fundamentales de su existencia. Por ahí se empieza a labrar el futuro, con el espíritu de los siete fundadores en el Bar Torino hace cien años.