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Meriton lleva la junta a la «clandestinidad» y la ventila en 3 horas

Aspecto de la entrada. / d. t.
Aspecto de la entrada. / d. t.

El nuevo método que evita las cartas a los accionistas y el puente de la Constitución hacen que la asamblea dé comienzo con 71 socios

C. V. VALENCIA.

En 2013, Jaime Ortí inmortalizó aquel forzado abrazo entre Vicente Andreu y Amadeo Salvo que venía a representar uno de los cambios de ciclo más importantes de la historia de la entidad. Fue en el Alameda Palace, el local de Jesús Barrachina, y ante cientos de accionistas. Se palpaba por entonces una cercanía entre directiva y accionistas que con el paso de los años ha ido menguando hasta el punto de haberse borrado de manera definitiva. Con Meriton, todo ha cambiado. Los consejeros entran por puertas distintas al resto, escoltados, sabedores de que su único vínculo con el pueblo es el pinganillo, y se van con el mismo semblante con el que entraron. Como si nada. El club ha cogido tal velocidad en las formas que ha convertido las asambleas en un trámite de apenas tres horas. La de ayer empezó a las cuatro y media en punto y con parón de veinte minutos para votar, a las 19.40 horas concluía. En ese tiempo fueron muchas las quejas que se escucharon por las formas empleadas por el Valencia para engrasar todavía más el 'rodillo' que aplica Meriton.

Fue, como se dijo, la junta de accionistas más «clandestina» de la historia por varios motivos. Para empezar, el Valencia no envió por correo normal la citación a los accionistas (el secretario explicó que casi el 50% de las cartas se extraviaba), pero luego hubo detalles que no pasaron desapercibidos y que molestaron también a los accionistas. Por ejemplo, el día escogido: un viernes de puente de la Constitución. De hecho, en el comienzo sólo se contabilizaron 71 asistentes (una cifra casi ridícula), aunque luego llegó alguno más.

Con Layhoon en la presidencia, el Valencia adornó los accesos a la Feria donde se celebraba el evento. Puso cartelería indicativa, personal para informar y hasta banderas y una gran lona a la entrada que hacía poco menos que imposible perderse a la hora de encontrar el sitio. Esta vez, los carteles fueron mínimos. Eso sí, hasta tres filtros de seguridad se tuvieron que salvar para acceder a la sala. Ni un expresidente y sólo dos exdirectivos. Sesé y Zorío. La gente entró con las ganas justas de presentar batalla y salió -la mayoría- disgustada por considerar que había perdido la tarde por un club que se maneja sobre todo desde Singapur.

 

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