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Una jornada muy emotiva

La senyera al cielo de Mestalla. Los jugadores del VCF saltaron al campo el 8 de octubre de 1977 portando la senyera hasta el centro del campo. / Emilio Viña
La senyera al cielo de Mestalla. Los jugadores del VCF saltaron al campo el 8 de octubre de 1977 portando la senyera hasta el centro del campo. / Emilio Viña

El Valencia-Salamanca del 8 de octubre de 1977 estuvo precedido de unos prolegómenos reivindicativos en sintonía con el sentir mayoritario de la sociedad

PACO LLORET

El sábado 8 de octubre de 1977 el campo de Mestalla vivió una jornada de fuerte emoción y de acusada exaltación valencianista. Con el horario clásico de esa época, las diez y media de la noche, el Valencia se enfrentó a la UD Salamanca en partido correspondiente a la sexta jornada de aquel campeonato. La temporada 77-78 se había iniciado con la explosión goleadora de Kempes. El argentino, en su segunda campaña, iba camino de pulverizar los registros realizadores. Aquella noche los salmantinos fueron derrotados por 3-1, con dos goles más del Matador que, tras ese encuentro, ya sumaba nueve y se destacaba como el mejor artillero. Kempes revalidó su condición de máximo goleador al final del ejercicio y conquistó su segundo Pichichi. Pese a la aparente claridad del resultado, aquel partido se complicó más de la cuenta y se resolvió a última hora gracias a un oportuno gol de Valdez. Dos minutos después, Kempes puso la guinda con un soberbio lanzamiento de falta y la afición entró en éxtasis. Tres valencianos se alinearon en el once: los defensas Cordero y Cerveró, además del extremo Saura.

Pero aquel duelo entre el Valencia y el Salamanca estuvo precedido de unos prolegómenos reivindicativos en sintonía con el sentir mayoritario de la sociedad en aquel momento. A través de la megafonía de Mestalla se leyó un comunicado en valenciano redactado por el consejo directivo del club que presidía José Ramos Costa. En el texto, la entidad de Mestalla se adhería a los actos previstos para el día siguiente en los que, por primera vez en mucho tiempo, se iba a conmemorar el 9 de octubre de forma multitudinaria. Ese domingo se había convocado una manifestación unitaria que constituyó un éxito por la participación ciudadana y por la ausencia de incidentes. El periodista Jaime Hernández Perpiñá fue el encargado de leer el mensaje. Antes, los jugadores del Valencia habían aparecido sobre el terreno de juego portando la 'senyera' hasta el centro del campo. A continuación, se interpretó el himno regional coreado con entusiasmo por la afición que llenaba Mestalla.

En el sentir general del valencianismo se detectaba una voluntad firme de transmitir la imagen de un club comprometido con su entorno. Aquellos eran los años agitados y, a la vez ilusionantes, de la Transición. En esa época también se expresaban los diferentes anhelos identitarios a través del fútbol, convertido en una plataforma de indudable resonancia que algunos clubes ya habían utilizado para canalizar las reivindicaciones de sus aficiones. No se trataba, en el caso de la valencianista, de postularse políticamente en una ideología concreta, sino más bien la de reclamar su reconocimiento y su presencia diferenciada de los demás. Aquella correa de transmisión entre la grada y la cúpula del club se plasmó apenas un mes después en la elección de los colores de la 'senyera' para lucirlos como segunda indumentaria. En realidad, a finales de los años cincuenta el Valencia ya había los había empleado en algunos desplazamientos y en algún encuentro amistoso en casa, pero en este tiempo adquirían un valor añadido.

Paulatinamente la grada de Mestalla empezó a poblarse con banderas regionales que fueron desplazando a las del club, por entonces totalmente blancas, que habían dominado mayoritariamente el escenario. Salvo excepciones, en las finales coperas de los primeros años setenta o en la invasión de Sarrià, cuando el Valencia conquistó la Liga 70-71, la presencia de la 'senyera' era testimonial entre los aficionados. Todo ello cambió a partir del duelo con el Real Madrid del ejercicio anterior y, sobre todo, a en aquel partido. Desde la cúpula de la entidad se dio un paso al frente en sintonía con las demandas de la sociedad valenciana. El club adoptó la postura adecuada de neutralidad política pero de compromiso con sus incondicionales en un asunto que estaba por encima de partidismos. No todos lo entendieron entonces, pero el paso del tiempo permite ajustar con mayor objetividad el análisis de un período propicio a interpretaciones sesgadas. El Valencia procuró mantener una equidistancia en un ámbito muy complejo a medida que se fue tensando el ambiente y siempre fue respetuoso con las instituciones representativas.

Cinco años después, con la autonomía valenciana ya consolidada y el estatuto recién aprobado, se volvió a jugar en Mestalla otro partido envuelto en un clima festivo pero sin la vibración del anterior precedente. Se trataba igualmente de la sexta jornada aunque en horario diurno. El domingo 10 de octubre de 1982 los jugadores del Valencia volvieron a comparecer ondeando una 'senyera' y, para la ocasión, vistieron también esos colores antes de medirse al Valladolid. No atravesaban los locales por un buen momento deportivo y el equipo de Manolo Mestre hubo de conformarse con el empate a uno. Aquella tarde Mario Kempes volvió a marcar. Se trataba de su primer gol tras regresar a la entidad valencianista de su corta estancia en el fútbol argentino. El chileno 'Pato' Yáñez fue el autor del gol de la igualada. Pese a prolegómenos, con muestras de folclore valenciano, una sensación de preocupación y de perplejidad envolvió la tarde. Se venía un año de graves problemas. La campaña 82-83 derivó en pesadilla.

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