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Un guerrero vikingo por Mestalla

Llegó del Puebla. El vasco vino al Valencia a reivindicarse. / juanjo monzó
Llegó del Puebla. El vasco vino al Valencia a reivindicarse. / juanjo monzó

PACO LLORET

Su debut fue el soñado por cualquier futbolista. Autor del gol de la victoria en la recta final de un partido entre dos colosos que se medían en la primera jornada del campeonato. El encuentro estaba sobrado de alicientes. Santi Idígoras no pudo tener mejor estreno en Mestalla. Se alzaba el telón de la temporada 82-83 y el Valencia recibía al Barcelona con Mario Kempes y Diego Maradona en el papel de grandes estrellas invitadas. Se iniciaba la segunda etapa del Matador en Valencia que coincidía con el debut del Pelusa vestido de azulgrana en el fútbol español. Ambos, curiosamente, permanecieron solo dos temporadas más en sus respectivos equipos y, cuando concluyó el siguiente ejercicio, causaron baja. Los dos habían sido compañeros un par de meses antes enrolados con la selección argentina que defendía título en el Mundial de España 82.

Pero nadie podía imaginar en aquella noche de septiembre, con la lluvia intermitente cayendo en un abarrotatado Mestalla, el destino que aguardaba a los dos astros argentinos. El protagonismo se lo terminó llevando un corpulento delantero vasco que había aterrizado a última hora en Valencia después de haber pasado sin pena ni gloria por el fútbol mexicano. Una sola campaña en el Puebla, donde jugó junto a otros ilustres como Pirri o Asensi, antes de incorporarse al Valencia al que llegó con el propósito de reivindicarse. Anteriormente, Idígoras se había labrado una exitosa carrera a lo largo de ocho campañas en la Real Sociedad y participó en la conquista de la Liga de la campaña 80-81, la primera de las dos consecutivas logradas por el equipo que entrenaba Alberto Ormaetxea.

Idigoras recaló en el conjunto valencianista que dirigía Manolo Mestre bajo la tutela de Pasieguito, como una alternativa al austríaco Kurt Welzl, cuyo rendimiento en la campaña anterior había despertado grandes dudas. El valencianismo no terminaba de confiar en el ariete austríaco y pese a la incorporación de Kempes, una garantía realizadora, se buscaba un jugador con oficio y experiencia contrastada. Idígoras llegó al Valencia con 29 años recién cumplidos y el deseo de hacerse hueco en un equipo que se disponía a vivir una temporada agónica. Nada hacía sospechar por entonces el vía crucis que aguardaba a un equipo que se libró del descenso de forma milagrosa en el último partido.

El Valencia le tenía tomada la medida al Barça en aquella época, sobre todo en Mestalla. La historia se repitió con el desenlace habitual. Pese a que Maradona inauguró el marcador en el primer tiempo, los locales no se descompusieron y remontaron en la reanudación con los goles de Miguel Tendillo y Santi Idígoras. El ariete vasco formó en la delantera como titular y disputó el partido completo pese a que había llegado a Valencia tres días antes, con el tiempo justo para realizar un par de entrenamientos y conocer a sus nuevos compañeros. Sin ser un goleador acreditado, sabía desenvolverse con soltura dentro del área. Curiosamente, su gol lo recibió Artola, portero del Barça, que antes había sido compañero suyo en el club donostiarra. Bendecido por este tanto, las dudas que levantaba su fichaje desaparecieron, al menos, momentáneamente. La enorme envergadura física que exhibía junto a una llamativa melena rubia y un poblado bigote le concedían un aspecto de guerrero vikingo. No era un virtuoso con el balón en los pies pero acreditaba una determinación fuera de cualquier duda y entraba al remate sin concesiones.

A Idígoras se le consideraba un jugador de complemento. La afición del Valencia esperaba con impaciencia la recuperación de Frank Arnesen, la pieza clave de aquel equipo. Su grave lesión derivó en crónica y su reaparición resultó imposible. La plantilla ofrecía todas las garantías del mundo en apariencia y mantenía la columna vertebral de tres años antes, cuando se conquistó la Recopa y la Supercopa europeas. De hecho, en el encuentro liguero inaugural, fueron titulares ocho de los once que se impusieron al Arsenal en la final de Bruselas. Sin embargo, los resultados empezaron a torcerse. Al principio de forma poco llamativa, pero después ya se dispararon las alarmas. El duelo que confirmó las vías de agua en aquel barco sin rumbo fue visto por toda España a través de televisión. Los de Mestalla cayeron en el campo del Sevilla por 3-1. El único gol visitante fue obra de Idígoras.

Aquel fue su último partido como titular, era la octava jornada del campeonato y había disputado hasta entonces todos los minutos sin ser sustituido. En esas ocho primeras jornadas el Valencia solo había logrado un triunfo, el del primer partido. Desde aquel día su papel se difuminó y perdió la titularidad en una escuadra sin capacidad de reacción que procedió a cambiar dos veces de entrenador. El delantero guipuzcoano aportó un par de goles más, uno de ellos de gran valor, el segundo ante el Racing de Santander en Mestalla. Aquel día el conjunto valencianista se impuso por 2-1, un triunfo que contribuyó a lograr la salvación y que empujó a los cántabros a segunda. En su segunda temporada quedó inédito, no jugó ni un solo minuto en partido oficial. Idígoras cerró de forma discreta su etapa en Mestalla.