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«¡Que salga Roldán!»

La afición estuvo a punto de asaltar la sede del club por las entradas de la final del 95 | La gestión del entonces presidente del Valencia Paco Roig fue tan convulsa que incluso Lubo Penev y él acabaron a gritos en el despacho

La época de las colas. Los aficionados colapsaron las calles para comprar entradas en taquillas. /Juanjo Monzó
La época de las colas. Los aficionados colapsaron las calles para comprar entradas en taquillas. / Juanjo Monzó
Juan Carlos Valldecabres
JUAN CARLOS VALLDECABRESValencia

Luis Roldán, director General de la Guardia Civil, se hizo tristemente famoso en los noventa por fugarse de España para evitar la cárcel porque se había llevado al bolsillo propio más de 12 millones de euros ente fondos reservados y comisiones. Pues bien, a los aficionados valencianistas no se les ocurrió mejor cántico/insulto que ése («¡que salga Roldán!») para demandar que el por entonces presidente del club, Paco Roig, saliera no sólo a dar la cara sino a ofrecer las explicaciones oportunas porque lo del reparto de las entradas para la final de Copa del Rey contra el Deportivo no había nadie que lo entendiera. Hubo tal follón, oscurantismo y escasa generosidad por parte de los dirigentes, que la afición estalló en cólera y con toda la razón.

Estamos hablando de 1995. Hoy, 24 años después, el Valencia vuelve a generar cierto debate entre los aficionados por la fórmula de reparto empleada para la cita del Villamarín del 25 de mayo.

Es evidente que en estos casos, se haga lo que se haga, siempre generará disgustos y aprobaciones. No se puede contentar a todos y el problema es que no hay un sistema establecido de antemano que desde el comienzo de la temporada deje claro bajo qué criterios se van a fundamentar los posibles repartos. En eso, ninguna directiva ha dado el paso en agosto para que antes de comprar el abono, el socio ya sepa bajo qué condiciones se actuará en una hipotética final.

Megáfono policial. Ana Mora, empleada del club, se dirigió a los aficionados congregados en las oficinas.
Megáfono policial. Ana Mora, empleada del club, se dirigió a los aficionados congregados en las oficinas. / Vte. Martínez

De cualquier manera, se han producido avances y con ello, por qué no decirlo, sensibles mejoras. Aquella final del 95 tuvo desde luego una intrahistoria jugosa. Por tener, tuvo desde un intento de asalto de los aficionados a las oficinas del club -estaban situadas en la esquina de la avenida de Aragón- hasta escenas tan desagradables como la tremenda bronca que protagonizaron Lubo Penev y el propio Paco Roig, que si no llegaron a las manos -lo harían tiempo después- fue por la mediación de directivos y empleados que estaban presentes en la sala. El búlgaro reclamaba, ¡a 48 horas del partido!, un mayor número de entradas para los jugadores. «Nosotros somos los que hacemos que esto sea posible y si los consejeros van al palco es por nosotros», decía Penev.

Una de las sensibles diferencias que se observan desde la 'final del agua' a la de 2019 es la composición de la directiva. El hecho de que el Valencia actual tenga un consejo de ocho miembros de los cuales siete son de Singapur evita ya el 'marrón' de guardar un buen puñado de entradas para ellos. Lim estará en Sevilla y lo lógico es que esté el grupo de Singapur pero es difícil imaginar que, por ejemplo, Chiang Chie Foo tenga muchos amigos interesados en ver en directo el partido, más allá de lo atractivo que puede suponer una escapada turística. Puede que vengan pero no les moverá tanto el interés como a los directivos valencianos que en 1995 llegaron a recoger 150 entradas cada uno.

El club se ha reservado esta vez 3.210 entradas, muy lejos de aquellas siete mil que se guardó la directiva de Roig para sus compromisos. Algún empleado que vivió desde dentro aquellos momentos recordaba hace unos días que «fue escandaloso. Se las llevaban a cajas», apuntaba con ironía. Hasta CIP, que era el patrocinador principal, también aireó públicamente su malestar. Su presidente, Alberto Hernández, decía a LAS PROVINCIAS: «Claro que estamos disgustados, ha sido la puntilla de la gestión del señor Roig. No merecíamos este trato».

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En los noventa no había compra on line ni sorteos ni nada que se le pareciera. Cola pura y dura. Costaban entre 9 y 42 euros y la gente montó los tenderetes en las taquillas para guardar turno. El club ni fue sincero con las cifras ni hábil en las normas. Cada socio podía llevarse 2 entradas y de las 36.000 que dijo la Federación que había dado en un primer momento a cada equipo, a la venta sólo salieron el primer día unas 8.000. Una hora después de abrirse las taquillas ya no quedaba papel. Hay que imaginarse la reacción de los aficionados que después de más de 24 horas a la intemperie se quedaban sin recompensa. Hubo personas que se llevaron 200 localidades por los pases que llevaban.

Las localidades no eran nominativas y apareció, cómo no, la reventa, elevando a un 120% el precio de venta. El ambiente fue calentándose desde el primer día. Las entradas se sacaron al público tan sólo cinco días antes de la final. Hubo aficionados que trataron de asaltar las oficinas, hubo pintadas y amenazas contra Roig y una empleada, Ana Mora, se tuvo que subir a una furgoneta de la policía para, con el megáfono, calmar la tempestad.